Hay una historia ligada a Berlín que me emociona por demás y lo hace con
la particularidad de combinar ficción y realidad. La parte ficticia cae
a cuenta de "La ladrona de libros", la mejor historia novelada que
jamás he leído, mientras que la realidad corresponde a los Juegos
Olímpicos de Berlín de 1936. Es la vivencia de un personaje de ficción
tremendamente entrañable: Rudy Steiner, un niño gamberro, desobediente,
deportista y súper competitivo de Himmelstrasse -con el que
no puedo no sentirme identificado- que en la Alemania Nazi tenía como
referente a un atleta negro. Se trataba de Jesse Owens, aquel velocista
negro que llegó a este Olympiastadion de Berlín para poner en jaque la
supuesta supremacía de la raza aria y llevarse cuatro medallas de oro en
los Juegos Olímpicos a los que Hitler pretendía dar un uso
propagandístico del Tercer Reich. En este mismo estadio, más de setenta
años después, Usain Bolt detuvo el cronómetro en 9,58 segundos en la
final de 100 metros del Mundial 2009, firmando el actual récord del
mundo de velocidad. Aquello me puso la piel de gallina, pero
personalmente me quedo con el carbón con el que el infante alemán tiñó
de negro su piel, el Hubert Oval haciendo las veces de Olympiastadion y
el demente de Rudy estrechando las manos de los rivales imaginarios de
un Jesse Owens al que encarnaba él mismo antes de batir a todos en una
carrera tan imprudente como emotiva. «Algún día caerás. ¡Ya lo verás,
Liesel!»
| Yo en el Olympiastadion, el templo deportivo en el que se forjó la leyenda que inspiraba a nuestro queridisimo Rudy Steiner |
