Echo de menos el rugby. El clásico. El amateur. El que empezó a morir
hace no más de cinco años. Echo de menos el rugby en el que
distinguíamos a delanteros y tres cuartos, por la forma de jugar y por
la forma de ser. Echo de menos esos equipos en los que viendo bajar a
los jugadores del autobús ya sabías cómo iban a formar. Y entrenando,
ahí es donde más lo echo de menos. Echo de menos a los medios de meleé
que querían ejercicios de pase, para agachar el culo, rozar la hierba
y con la pierna totalmente recta poner un pase preciso tan lejos como
puedan. Echo de menos al apertura que quiere patear, y que cuando el
ejercicio acaba pone un 'up and ander', por lo que hubiera podido ser.
Echo de menos a esos centros que le hacen un cambio de pie hasta a su
propia sombra, casi hasta cuando el ejercicio es de chocar. Echo de
menos esos alas con velocidad punta que superan al adversario y mientras
el entrenador les grita "al suelo" siguen corriendo hasta el ingoal,
porque aman esprintar. Y echo de menos a ese zaguero que se frota las
manos ante los fallos de sus compañeros para ir a cerrar, aunque sea un 2
vs 1 que sabe que va a acabar en ensayo. Total, es un entrenamiento. Y
los delanteros. Echo de menos esos primeras líneas que le piden al
apertura que les pongan balones altos. Echo de menos esos segunda líneas
que bajaban media hora antes para mejorar el pase. Y echo de menos a
los terceras omnipresentes que quieren salir del ruck para doblar al
zaguero y picarse en explosividad. Ese rugby. ¿Os acordáis? Un
especialista en el pase, un especialista en la patada, un especialista
en el juego de piernas, un velocista, algunos tipos duros... El primera
que entrenando buscaba un cambio de pie y que prometía que antes de
terminar la temporada iba a ensayar redoblando al ala. Echo de menos
esos pequeños grupos dentro del equipo que en función de su condición
física se juntaban para salir a correr. Echo de menos, sobre todo,
cuando en el rugby se valoraba más el corazón y la habilidad jugando que
lucir un cuerpo de gimnasio. Siempre seré más de Pichot que de Chabal.