jueves, 19 de diciembre de 2019

El juego de los saludos

Esta mañana yendo en el coche a trabajar me he cruzado a varias clases de un colegio que iban de excursión. La chavalería iba emparejada de la mano, honrando una vieja tradición española. Lo primero que he pensado ha sido «pobrecillos, que todavía tienen toda la vida por delante». Y entonces una niña me ha saludado, devolviéndole yo el saludo. Creo que hasta he sonreído. Sorprendentemente, se ha alegrado un montón (intuyo que para ella habrá supuesto 'ganar' en el juego de los saludos) y han empezado a saludarme varios más. He sentido el deber moral de hacer ganadores a todos ellos, así que he ido saludando a todos, cual Rey de España el 12 de Octubre. Ellos se han ido saludados a disfrutar de su jornada de excursión y a mí, lo reconozco, me han alegrado el día.

martes, 17 de diciembre de 2019

¿Y tú de qué vives?

Es verdad que no necesito mucho para enervarme, pero creo que esta vez tenía motivos. Hay una frase que cada vez que la escucho aumenta un par de grados mi temperatura corporal y, siempre, me retuerce las tripas un poco más que la vez anterior. No vas a vivir de esto. La he escuchado por vez última en el gimnasio, cuando alguien aquejado de una dolencia física dudaba si podría seguir con su actividad física en un futuro y lo asumía con total sosiego. ¿Cómo se puede tener tan poca sangre para resignarse con semejante calma? ¿Qué clase de alivio es dejar aquello que haces porque te gusta? ¿Cómo podría alguien ser consolado con semejante ofensa?

Ahora que el adoctrinamiento se ha convertido en un tema de absoluta actualidad, se me hace a mí que no lo hay peor que hacer creer a alguien que vive de su trabajo. Lo hemos normalizado, pero no. Del trabajo no se vive, del trabajo se sobrevive. El trabajo es solo un medio de subsistencia, pero vivir es otra cosa. ¿Así que cómo que no voy a vivir de esto? Si vivo de esto, precisamente. De hacer lo que me gusta e imaginar qué puedo hacer. De las pequeñas ilusiones y de los grandes sueños. De una pachanga con amigos, de la cena del sábado o de imaginarme en la maldita cima del K2. Nunca he sido capaz de reprimir una respuesta descortés cuando alguien me ha dicho la dichosa frase. Haya sido una profesora, un médico o un amigo. Son esas cosas, justamente, las que mantienen a uno vivo.