Son más de 700 victorias y 150 derrotas en el circuito. Ya conoce todas
las sensaciones, pero algunas hace tiempo que han quedado atrás. Un
incombustible Nadal patina sobre la tierra batida del Foro Itálico para
desquiciar a un Guillermo Coria que no encuentra lugar al que no pueda
llegar para devolverle la pelota una vez más. Un atrevido joven de 22
años recién cumplidos desafía a Roger Federer en la Centre Court de
Wimbledon para, ahora sí, quitarle el cetro al maestro de maestros.
Hemos visto una y otra vez una derecha abierta que cae como un tomahawk
bautizando ángulos desconocidos. Ese 'banana shot' made in Manacor
capaz de hundir la moral del mismísimo Novak Djokovic. Y el puño
apretado acompañado de una rodilla que sube a la altura del rostro del
único tenista que junto a Andre Agassi puede presumir de haber ganado el
Golden Slam. Atrás quedaron esas sensaciones de imbatibilidad forjadas a
partir de 81 victorias consecutivas sobre una misma superficie para dar
paso a un mundo desconocido. La impotencia, la inseguridad de qué
pasará cada vez que saltaba a la pista son los recuerdos más recientes.
Un revés cortado que se queda a mediapista en forma de harakiri. Un
servicio indolente que hacía mirar con nostalgia la videoteca de los US
Open 2010 o 2013. Unas piernas lentas incapaces de hacer de la línea de
fondo un fortín. El imbatible Rey de la tierra hinca la rodilla ahora
una y otra vez sobre el polvo de ladrillo. Pero no se rindió. Y tocó
sufrir. Nadie sabe sufrir como el Rey de la tierra batida. Un paso
adelante para restar y más peso en la raqueta para golpear más agresivo.
Si el segundo saque era seña de identidad, Nadal se presenta en
Australia con un primer saque para dominar los juegos al servicio. Y ahí
vimos al combativo de Nadal de siempre, porque eso nunca lo perdió, con
armas para salir a matar. Cayó Zverev, cayó Monfils y ha caído Raonic.
Nadie podría volver del abismo si no se llama Rafael Nadal Parera. Una
capacidad de sacrificio jamás antes vista y una cabeza robusta como una
roca es el cóctel perfecto para no morir jamás. El mejor competidor de
la historia de este deporte está en semifinales de un Grand Slam después
de 965 días. Ganar es secundario. Sólo hay una cosa mejor que ver ganar
a Rafael Nadal y es verle competir. Faltan nueve horas para que salte a
la pista buscando una final en la que espera Federer. La vida se lo
debe al tenis. Vamos, Rafael.