jueves, 26 de septiembre de 2019

¿Quién mueve los hilos?

En las últimas elecciones solo la división del voto de la derecha tradicional brindó a la izquierda y al PSOE la opción de formar un Gobierno que, por otra parte, dudo que tuviera opción alguna de llevarnos a buen puerto. Tal vez, alguna mejora con cuentagotas como la subida del SMI, que sigue distando sobremanera de las condiciones laborales de un país que quiere ser primer mundo. En definitiva, destellos aislados de la sociedad que alguna vez anheláramos ser.

Mientras la derecha ha afrontado por sistema los comicios desde el pragmatismo, la izquierda ha solido pecar de un idealismo que junto a la Ley d'Hondt ha sentado las bases de su derrota en el juego de las urnas. Parece mentira y en cierto punto goza de cierta ironía que la derecha sea capaz de aunar fuerzas en pos del interés de su clase mientras la izquierda avanza -o retrocede- de la mano de la continua escisión.

No sé quién ha empujado a Íñigo Errejón a presentarse a las Elecciones Generales, pero el correctivo de Vistalegre II es un trauma que, a la vista está, no ha superado todavía y que ahora azotará a la izquierda. No tengo dudas de que la derecha aprenderá de sus errores y aglutinará sus votos en el partido que fundó el ministro franquista al que hace siete años se despedía con honores. Mientras tanto, la pataleta de un Íñigo Errejón que estaba para grandes cosas y termina aceptando el rol de títere fragmentará más si cabe el voto de la izquierda. El inminente fracaso de la izquierda ni siquiera se cuestiona. "Divide y vencerás" se aplican una y otra vez. La pregunta es, ¿quién mueve los hilos del pequeño imberbe?

martes, 17 de septiembre de 2019

Esperpento

Una extraordinaria cuota de pantalla del 46,5% convirtió la final del Mundial en el partido más visto de la historia del baloncesto español. Los protagonistas superaron con creces las expectativas y brindaron un espectáculo digno de una contienda por gobernar el globo terráqueo durante el próximo cuatrienio. Y entonces llegaron los que quisieron ser más protagonistas que los propios intérpretes de la película.

Hace muchos años que el periodismo perdió su esencia en todos sus géneros, pero ayer, desde mi punto de vista, se superó el mayor de los ridículos de una profesión venida a menos. Me imagino a Ramón del Valle-Inclán, creador del esperpento, dando aspecto literario a lo acontecido desde el momento en que el reloj se pone a cero y certifica que el seleccionado que dirige Sergio Scariolo es campeón del mundo. ¿Cómo hubiera descrito el autor de «Luces de Bohemia» el auténtico esperpento que desataron quienes tenían que narrar el histórico acontecimiento?

La costumbre nos ha llevado a normalizar que los agraciados que deben relatar 'in situ' un evento deportivo lo hagan con el atavío del deportista o equipo por el que simpatizan. En otros tiempos, periodistas apasionados escondían los colores y se comportaban con toda la neutralidad que su profesionalidad les permitía. Ahora se grita, se celebra y se ejerce como aficionado mientras se empuña un micrófono. Y súmese a esto un afán de protagonismo que ni el peor de los borrachos en la más cutre de las verbenas.

Ayer, José Antonio Luque, el afortunado de poner voz al partido en Cuatro, decía "somos campeones del mundo" en primera persona, con el mayor de los descaros y la menor de las vergüenzas. Contrastaba con las palabras de Jorge Garbajosa, quien ganara el Mundial en 2006 como jugador y repitiera ayer como presidente de la Federación Española de Baloncesto. El que fuera campeón de la ACB con Unicaja renegaba ayer de la condición de campeón justificando que dicho honor correspondía a los jugadores que habían sudado sobre el parqué. A su vez, la Cadena COPE se convertía en una suerte de despedida de soltero en la que la conexión con Pekín hacía protagonistas a los periodistas de la emisora que conectaban con una teatral voz para concluir la jornada con un discurso de agradecimiento más propio de los jugadores campeones.

Siempre me chirriará que un periodista se refiera a un éxito deportivo en primera persona. Como me chirriará también que un titular no se limite a "subrayar lo más fielmente posible el contenido de los hechos y datos", tal y como exige el Código Deontológico. Quién diría que el periodismo estaba destinado a morir en plena era de las comunicaciones. Aunque entonces revisas la retransmisión y escuchas la voz de Antoni Daimiel, aportando sensatez, y te animas a postergar la defunción. Quizá, solo se trate de poner las retransmisiones en manos de periodistas que respeten la profesión.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Tormenta neoyorquina

Un huracán pone en jaque la ciudad de Nueva York y desata la locura. El vendaval, que viene desde Rusia, había advertido de su potencial durante el estío. Nadie se lo tomó tan en serio como merecía, excepto él. Al fin y al cabo, septiembre es época de tempestades donde se rinde pleitesía a las barras y estrellas. La tormenta aterriza en Flushing Meadows dispuesta a poner patas arriba el recinto tenístico más grande del planeta. Y, cuando en los interiores de la Arthur Ashe se acondiciona el fin de fiesta, el huracán abre sus alas y abraza el caos. No hay nada que hacer. Daniil Medvédev encarna ese vendaval que se manifiesta haciendo rebotar cada bola en la mitad de la pista que defiende el balear, y acumula una sucesión de voleas poco estéticas que multiplican el casillero de ‘winners’ del flamante líder de la Next-Gen. Enfrente, el hasta entonces campeón de 18 Grand Slams empieza su particular batalla. La que, desde hace unos años, es su favorita. El que antaño hiciera de sus incansables zancas su más poderosa arma tiene ahora menos piernas, pero una mente prodigiosa. Por eso Rafa se muestra tranquilo y ni el ‘warning time’ que condena su servicio logra apenas frustrar su expresión. Sumergido en el ciclón, Nadal sabe que solo una adecuada gestión de las emociones podrá sacarle con vida de esa tormenta. Por eso, donde tantos especialistas hubieran sucumbido a la vorágine, el líder de la ‘Race’ administra la vida que le queda y celebra cada síntoma que augura el fin de la tempestad como el que encuentra agua en el desierto. Desde un ‘winner’ propio hasta un ‘unforced’ de su rival. Sin soberbia, sin desafíos y sin retar a su oponente; pero sin privarse de darse a sí mismo el mensaje de que va a vivir. Y se lo cree. Y por eso vive. El reloj corre por encima de las cuatro horas y cincuenta minutos cuando Rafa mira a la tormenta por última vez y trata de dominar sus últimos coletazos. La esfera amarilla que durante las dos últimas horas ha herido como una jabalina cae ahora fuera de la pista. Nadal se desploma. La tormenta se va. El resto es historia.

Nadal cae al suelo tras ganar su décimo noveno Grand Slam