jueves, 31 de octubre de 2019

Nirmal Purja y las reglas

Todo eso del Project Possible - 14/7 siempre me sonó muy comercial. Algo a lo que no estamos acostumbrados en el mundo del alpinismo. Los anuncios, el desafío... desde el comienzo, algo no sonaba bien. Aún así, sería de necios negar que la gesta de Nirmal Purja es extraordinaria. Lo es porque se sale de lo común. Y pese al oxígeno, las cuerdas fijas, las rutas escogidas o los helicópteros entre campamentos base es algo para lo que el 99,9999% de la población mundial no está capacitada. Evidentemente, Nirmal Purja tiene unas condiciones físicas sobrenaturales. Parte de la explicación se debe a la genética. Nació con ese don, pero desde luego que no es todo. Otra parte fundamental responde al trabajo del nepalí, que ha potenciado sus condiciones físicas hasta convertirse en un auténtico depredador de alturas. Y sumando a las grandes condiciones físicas de las que dispone una enorme capacidad de sacrificio y un esfuerzo tremendo Nirmal Purja holló el 29 de octubre la cima del Shisha Pangma, completando su reto de alcanzar la cumbre de los catorce ochomiles en siete meses. Necesitó únicamente 190 días.

Ahora bien, ¿sería Nirmal Purja el único capaz de hollar la cima de los catorce ochomiles en 190 días? No lo creo. Desde luego, no es un reto al alcance de cualquiera, pero la historia del alpinismo consta de una larga lista de nombres extraordinarios y muchos de ellos tienen potencial de sobra para aproximarse, igualar o rebajar las cifras del nepalí. Sin embargo, la ahora segunda mejor marca, por llamarla de alguna manera, pertenece al coreano Kim Chang-Ho, quien tardó siete años, diez meses y seis días entre 2005 y 2013. Unos números lejísimos de los que ha firmado Nims. ¿La razón? Sencillamente, nadie se plantea algo así. El cronómetro nunca fue un gran amigo del alpinismo, quien siempre se entendió mejor con el día y la noche o con las cuatro estaciones.

 El alpinismo es definido por el diccionario como un deporte. Sin embargo, el propio diccionario da una definición de deporte en la que no encaja el alpinismo, pues para considerarse deporte se exige que esté reglado. Es el eterno debate con mis amigos licenciados en Ciencias de la Actividad física y el Deporte. Desde luego, el alpinismo es un deporte particular. Y eso, lo vuelve más extraordinario si cabe. El alpinismo no tiene un reglamento como tal. He aquí la gran controversia. Existen, en todo caso, un conjunto de normas consuetudinarias por las que se rige. Es lo que se conoce como la «costumbre». Llevándomelo al área del Derecho, el Código Civil español, por ejemplo, establece que «la costumbre sólo regirá en defecto de ley aplicable» (art. 1.3). De una manera algo más enrevesada pero con idéntico significado, el Código Civil argentino regula que «los usos y costumbres no pueden crear derechos sino cuando las leyes se refieran a ellos o en situaciones no regladas legalmente» (art. 17). El alpinismo, como decía, no tiene un reglamento propio como los deportes al uso. Sin embargo, existe una gran cantidad de normas fruto de la costumbre que todos conocemos y que entendemos deben ser respetadas. ¿Puede ser que Nirmal Purja haya quebrantado esa costumbre? Yo creo que sí.   

© Nirmal Purja Project Possible Ltd
  
Debo decir que siempre me he mostrado partidario de que cada uno disfrute de las montañas, o las enfrente, como le plazca. No cuestiono si alguien elige montañas masificadas o desconocidas, el uso de oxígeno artificial, el empleo de cuerdas fijas, las rutas escogidas, las expediciones comerciales y un largo etcétera de condiciones y condicionantes. Todos somos capaces de distinguir los grados de dificultad y al fin y al cabo entiendo que una de esas normas consuetudinarias de la montaña consiste en rendir cuentas a uno mismo. Y qué mejor ejemplo que Denis Urubko saliendo en solitario a intentar la cima del K2 porque consideraba que el invierno terminaba el 28 de febrero. Para él, al margen de reconocimientos, habría logrado la primera ascensión invernal al K2 únicamente de haber hollado su cima antes de que concluyera febrero.

El problema de Nirmal Purja desde mi punto de vista no es que haya usado oxígeno artificial o que se haya valido de cuerdas fijas para ascender los ochomiles. ¡Faltaría más! Ni siquiera los desplazamientos entre campos base con helicópteros. La cuestión, en mi opinión, es que considero que ha roto las mencionadas normas consuetudinarias del alpinismo con el objetivo de entrar en la historia. Tras décadas y décadas de respetarse un estilo, o una serie de estilos, el nepalí ha encontrado el "vacío legal" en la forma de ascender. En un deporte tan sumamente extraordinario que relega los números a un segundo plano, ha encontrado en los números una vía para colarse en la historia. En el alpinismo, el fin no justifica los medios. Y menos si el fin es establecer un récord. 

lunes, 28 de octubre de 2019

El gen soñador

Tienen el gen soñador. Por eso, ni el horror personándose en la Casa Rosada pudo con ellos. Tampoco esta vez. Era mal augurio que lo votaran quienes niegan los 30.000 desaparecidos. Los que repiten aquello de los "choriplaneros" y los "vagos". Los que se refieren al "negro" con desprecio y los que nunca entendieron que como personas descienden del primate y, como argentinos, se dividen entre vástagos de indígenas e inmigrantes europeos. En definitiva, todo aquello que desprecian. Y ahí permanece, inamovible e inmutable, el gen de la otra mitad que los hace tan diferentes. El que convierte la distopía en la ilusión de una patria mejor; el que lleva 130 nietos recuperados; y el que hoy los llevó a amanecer creyendo, sabiendo, que Argentina se vuelve a levantar. Hoy he mirado la bandera y el sol brillaba un poco más. 

¡Al gran pueblo argentino salud! 

domingo, 13 de octubre de 2019

Maratón de Berlín | 2:59:18


PARTE 1 - LA PREPARACIÓN

2 de diciembre de 2018. El maratón y yo nos enfrentamos por tercera vez y como en las dos anteriores gana él. 140 días habían pasado entre el primer y el segundo intento y 238 días entre el segundo y el tercero. Ahora llega la espera más larga: 301 días hasta el maratón de Berlín. 

La pista de atletismo de Benidorm ha sido mi casa durante la preparación del maratón.

El plan es desconectar del maratón una temporada. Es evidente que a estas alturas estoy ya obsesionado con bajar de las tres horas. Aunque no quiera, pienso en ello cada día. Después de dos años sin pensar en otra distancia que en los 42,195 km del maratón, oriento el primer semestre del año a ser más rápido en 10.000 metros y medio maratón. El 19 de febrero de 2019 es el primer día de una preparación que, no puedo engañarme, tiene por objetivo bajar de las tres horas en Berlín. Por delante 32 semanas. Así, durante los meses de febrero, marzo, abril, mayo y junio, con los entrenamientos más fuertes que he hecho hasta entonces, bajo el 10.000 de 0:37:10 a 0:36:33 y el medio maratón de 1:23:24 a 1:21:29. Los números son tremendamente esperanzadores, creo que tengo todo controlado, no me cuesta salir a sufrir en cada entrenamiento y la mejora no cesa. Mentalmente siento que soy una roca y estoy convencido de que en Berlín, esta vez sí, el “sub tres horas” será mío.

Semana 14/32. MMP en 10.000 metros.

Contaba con que desde el 13 de julio me tomaría un ‘break’ de 10 días y cambiaría las zapatillas de correr por las botas de alpinismo, para ascender Gran Paradiso primero, en los Alpes italianos y, a continuación, el Mont Blanc por la vertiente francesa. Sin embargo, antes de eso, el 10 de julio estoy haciendo un 12x1000 en la pista de atletismo y quiero parar. Nunca he dejado un entrenamiento, pero esta vez quiero hacerlo. La disputa mental con uno mismo es habitual en este tipo de entrenamientos, pero hasta la fecha nada a lo que no me haya podido sobreponer. Me miento como siempre: “solo una más”. Sin embargo, el noveno “mil” sale sorprendentemente lento y no puedo más. Hoy no quiero sufrir más. Apenas tengo tiempo de dudar y me veo abandonando la pista de atletismo. Solo quiero irme a casa. Y me voy. Es la primera vez que dejo un entrenamiento a la mitad.

Después de esto viajo a los Alpes y desconecto del maratón. No pienso apenas en el entrenamiento que abandoné y me sumerjo en una experiencia increíble en la alta montaña que, además, termina de la mejor manera. Me siento absolutamente pleno, lo cual no es nada fácil, y estoy hecho a la idea de que quedan dos meses de sufrir para hacer un gran papel en el maratón de Berlín. Sin embargo, regreso de la montaña y las buenas sensaciones se han quedado en el techo de los Alpes. Me niego a salir a correr. No quiero. No puedo. Empiezo a contar las semanas que quedan para la carrera y sé que puedo perder todo el gran trabajo que he hecho desde febrero hasta julio. Salgo a rodar, pero me da pánico volver a la pista de atletismo, que es donde uno se mide de verdad, y comprobar que no soy tan rápido como unas semanas atrás. Así que de ir dos o tres veces por semana a la pista de atletismo paso a no ir y posponerlo hasta la próxima semana una y otra vez. Detrás de cada día que no salgo a correr hay una gran sensación de tristeza, pero no es tan grande como el miedo a ir al tartán y verme lento. Finalmente en agosto no soporto más la situación y tiro la toalla. Me veo mentalmente superado y decido renunciar a Berlín y posponer el intento de las tres horas. Es también la primera vez que me bajo de un objetivo deportivo, pero siento que no tengo otra opción. Cuando me vea con fuerzas, retomaré los entrenamientos. 

Sin trampa ni cartón, apenas 190 km en todo el mes de agosto.

 Los dorsales del maratón de Valencia están agotados desde hace meses, pero tengo la opción de competir en el CADU y por tanto tener un dorsal el 1 de diciembre. Así que decido volver a los entrenamientos el primer lunes de septiembre. Si logro la regularidad del primer semestre del año, puedo aprovechar la base con la que cuento y en 13 semanas prepararme para bajar de las tres horas en Valencia. De este modo, el lunes 2 de septiembre activo otra vez el ‘modo maratón’ y empiezo con los kilómetros de calidad. Tengo claro que voy a estar más lento, pero pienso que tengo tiempo e intento ser optimista. El viernes 6 de septiembre, después de trabajar, vuelvo a la pista de atletismo después de dos meses. Llueve, pero ya he perdonado muchas semanas. Estoy solo en el tartán y hago 8x1000 (recuperación: 180”) a 3:34,28 de media. Después de dos meses temiendo volver a la pista de atletismo veo que la situación está lejos de ser lo dramática que había dibujado en mi cabeza. No he perdido mucho y estaría a buen nivel para ir a Berlín, pero llevo dos meses sin pisar el gimnasio, sin entrenar en la pista de atletismo, y sin hacer ningún rodaje largo (21 km el rodaje más largo). Los 38 km/semana que promedio en agosto convertirían en ridícula la idea de ir a la capital alemana a competir. Ha sido una inmejorable manera de volver, pero toca seguir entrenando. Termino la semana con 75 km acumulados de muy buena calidad, pero un rodaje de 30 km me pone en evidencia. Tras 20 kilómetros a 4:30 min/km soy incapaz de mantener el ritmo y voy perdiendo velocidad de manera considerable.

La segunda semana de septiembre supero los 90 kilómetros y me encuentro físicamente muy bien. Lamento no haber ido al gimnasio y no haber hecho rodajes largos, porque creo que de haberlo hecho tendría muchas opciones de bajar de tres horas en Berlín. Me paso la semana dándole vueltas. Quedan dos semanas para el maratón y siento que todavía hay una remota posibilidad de salvarlo. Tomo la decisión de hacer el habitual ‘tapering’ durante las dos próximas semanas, entrenar muy suave e ir a Berlín. Me doy un 5% de posibilidades de bajar de las tres horas, precisamente por la ausencia de gimnasio y rodajes largos que son dos pilares fundamentales para preparar el maratón. Pero es que pese al caos que han sido los meses de julio y agosto, el trabajo previo me mantiene en septiembre en un muy buen estado de forma. Hago el ‘tapering’ más suave de los que he hecho hasta la fecha y pongo rumbo a Berlín sin tomar la decisión todavía: arriesgar todo a las tres horas o tratar de bajar los 3:05:26 que en este momento es mi MMP. Pero me conozco, y algo dentro de mi sabe que acabaré yendo a por las tres horas.


PARTE 2 – LA CARRERA

En Berlín estoy mucho más tranquilo que en la previa de los otros maratones. Me cuido para no caminar muchos kilómetros el sábado, pero tampoco estoy especialmente preocupado. En mi cabeza he asumido el que va a ser mi cuarto fracaso en la distancia de Filípides y solo quiero que llegue el domingo y termine la carrera. La noche antes del maratón me acuesto pronto y antes de las 23h estoy dormido. Nunca me había dormido tan pronto en la previa de un maratón.

El domingo a las 5 AM ya me he despertado y tras dar vueltas en la cama me levanto cuando pasan unos minutos de las 6 AM. Noto que estoy nervioso y me alegro. Es como si de repente he entrado en la carrera a nivel mental. Cumplo el protocolo con el desayuno que llevo conmigo desde España, aunque el estómago se cierra en un momento dado y no puedo comer nada más. La sensación no es agradable, pero es otro indicio de que estoy dentro. 

De camino a la carrera le doy muchas vueltas a qué debo hacer tras el pistoletazo de salida, y le hago un comentario en broma a mi amigo Santi: “soy tan ateo que tal vez Dios hoy me regale un 2:59 para hacerme dudar de su existencia”.

8:37 AM. No, no es un posado Instagrammer. Es el famoso "robado" real.

Ya en la línea de salida estoy listo para enfrentarme a los 42,195 km y no hay tiempo para posponer la decisión. Voy a salir a por las tres horas. Soy consciente de que se me puede venir la noche en cualquier momento a partir de la segunda mitad de carrera, y que como suceda antes del kilómetro 30 va a ser enormemente insoportable, pero si hay alguna opción de conseguirlo debo arriesgar. En la muñeca izquierda el reloj con GPS con una pantalla fija, que, como en cada maratón, no cambiaré en toda la carrera. La distancia de vuelta, el ritmo actual, el ritmo medio de vuelta, y el tiempo de vuelta es lo que voy a ir viendo en mi muñeca izquierda. Y cada vez que cubra un kilómetro, se reseteará y se pondrá todo a cero. Esa será mi referencia durante toda la carrera, tratando de aproximar cada kilómetro al máximo a 4 minutos y 15 segundos. En el reloj derecho, un cronómetro al uso que me marque el tiempo total de carrera con el que comprobaré cada cinco kilómetros que paso en los tiempos pretendidos.

La pantalla que visualizo durante toda la carrera con laps de 1 km

Si son ya varias las cosas en este relato que han pasado por primera vez, también lo será el pegarme a la liebre de tres horas desde la salida. En realidad, salgo unos 30 metros por detrás. La sigo, pero no tengo prisa por cazarla. Calculo que lo hago entre los kilómetros 3 y 4, que es cuando ya me pego a ella para no soltarla durante más de 20 kilómetros. Mi experiencia en el maratón me dice que los primeros kilómetros son muy llevaderos y que el cuerpo te pide correr más, pero hay que saber que esto es largo y se deben cuidar las energías al máximo. 4:15 min/km es un buen ritmo. De hecho, creo que es un ritmo más alto del que voy a ser capaz de mantener durante toda la carrera. Sin embargo, tengo claro que los problemas los afrontaré cuando lleguen, y de momento debo limitarme a pasar los kilómetros en 255 segundos. 

Salida junto al pelotón que busca las tres horas. Pelotón que se irá reduciendo conforme avance la carrera.

 De este modo, sin problema alguno mantengo el ritmo constante durante la primera mitad de la carrera y hago el paso por el medio maratón en 1:29:27 según el reloj que llevo en mi muñeca derecha. Es decir, voy 1,6 segundos/km más rápido del ritmo objetivo. Un margen lo suficientemente pequeño como para estar satisfecho. Aunque no quiero pensarlo, mi cabeza no puede evitar comenzar a hacerse la idea de que más pronto que tarde van a llegar los problemas físicos. Sabe que en el muro he sufrido siempre y que hoy no va a ser la excepción. Pero sí, hoy terminará siendo la excepción.

Hago el paso por el kilómetro 25 en 1:45:52, lo que supone haber corrido este parcial de 5 km ligeramente más rápido que los cuatro anteriores. De hecho, he tenido que moderarme un par de veces para no dejar a la liebre atrás. He volteado la cabeza más de lo que me gustaría y en el kilómetro 25 me siento fuerte. Creo que la liebre está ligeramente en apuros, y es demasiado pronto, así que tomo la decisión de seguir solo. Por primera vez en la mañana de hoy soy yo mismo quien debe controlar el ritmo. Sé que correr por encima de mi capacidad puede anular mi carrera, así que no dejo de mirar el reloj. Aun así, hago el parcial de 5 kilómetros en 20:54, y este parcial del km 25 al km 30 se convierte en el más rápido de mi carrera. A estas alturas soy plenamente consciente de que nunca había hecho este parcial tan rápido en ningún maratón. Pese a llegar a Berlín sin rodajes largos a mis espaldas y sin haber pisado el gimnasio, no hay indicios de calambres, me encuentro bien de piernas y empiezo a creer que estoy fuerte. Por eso, cuando estoy llegando al muro, creo que mantener el ritmo es la mejor opción. Este nuevo parcial de 5 kilómetros lo hago en 20:52, prácticamente calcando los tiempos del parcial anterior, y hago el paso por el kilómetro 35 en 2:27:38. El parcial de los kilómetros 30 a 35, donde hasta la fecha he acostumbrado a flojear, es hoy mi parcial más rápido del maratón, aunque sea solo dos segundos más rápido que el sector anterior.

Kilómetro 38.

 Tengo 32 minutos y 21 segundos para recorrer los últimos 7,195 km, pero estoy lejos de sentir que lo tengo hecho. Por eso no aflojo lo más mínimo y de hecho el kilómetro 36 será el más rápido de todo el maratón. Lo recorro en 4:01, pero me trae el primer pinchazo en el gemelo derecho. Ahora sí, los fantasmas se han presentado y hay que lidiar con ellos. No me asusto, y sé que es momento de mantener la cabeza fría. He cometido un error al haber corrido 14 segundos más rápido que el ritmo objetivo. Si soy capaz de correr a 4:15 min/km de ahora en adelante, lo tengo hecho. Seis, tal vez, sean muchos kilómetros, pero si cubro en 17 minutos los próximos cuatro kilómetros lo tendré hecho. Así que bajo el ritmo y calco el kilómetro 37 en 4:15. De vez en cuando algún ligero pinchazo me avisa que los gemelos comienzan a estar bajo mínimos, y los dos siguientes kilómetros los recorro en 4:26 y 4:27. He empezado a perder 11 o 12 segundos por kilómetro. Llevaba un margen de unos 90 segundos, por lo que todavía estoy dentro, pero hace falta un último esfuerzo. Voy ahora con un minuto de margen y apenas quedan tres kilómetros. Tengo claro que, salvo calambre grave, debo conseguirlo. Y lo confirma el kilómetro 40 que recorro en 4:13, otra vez dentro del ritmo objetivo, y cuyo paso realizo en 2:49:41. Tengo algo más de 10 minutos para recorrer los últimos 2,195 km.

Kilómetro 40. Obsesionado con que no se escapen las tres horas.

 En el kilómetro 41 comienzan a ser más frecuentes los pequeños calambres en los gemelos (que es el único músculo que se ha visto afectado por la carrera) y ya hay una carrera sobre mis piernas y otra dentro de mi cabeza. No dejo de hablar conmigo mismo y de convencerme de que quiero sufrir. He soñado durante años con estar vivo para el sub tres horas en los dos últimos kilómetros de un maratón y hoy, aunque con dolores, lo estoy. Así que me empujo a seguir, que diez minutos en una carrera de casi tres horas son insignificantes. El último parcial de 2,195 km lo hago protegiendo las piernas y tardo 4:23 min/km. Cruzo la puerta de Brandemburgo y veo la meta a 200 metros. Sé que tras fracasar en Valencia 2017, París 2018 y Valencia 2018, Berlín me va a cumplir un sueño. Un sueño en el que sobre todo en 2018 y 2019 he pensado absolutamente cada día. Cruzo la meta en 2 horas, 59 minutos y 18 segundos. 

Parciales de 5 km durante el maratón de Berlín



Bajo la lluvia de Berlín, para recordar el deseado 'sub tres'.