jueves, 8 de marzo de 2018

Androcentrismo en el lenguaje

GERMÁN EGUILIOR.-

Llega el DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER apenas unas semanas después del revuelo generado por la temeraria mención a las «portavozas» por parte de Irene Montero, la cual requirió incluso de la intervención de la RAE para proteger al idioma de las osadas intromisiones del feminismo. 


El vocablo usado por la vocera, término que recientemente incomodó sobremanera al académico Pérez-Reverte, era el pistoletazo de salida para un intenso debate que se iba a prolongar durante varios días y que bien pudo servir para reflexionar sobre un lenguaje que en materia de sexismo evoluciona muy lentamente. Mucho más, desde luego, de lo que lo hace para reconocer o admitir vocablos como «asín», «iros» o «almóndiga».


Es necesario tener conciencia sobre algo tan obvio como la existencia de la discriminación en el lenguaje; la cual, además, tiene presencia en multitud de formas. En primer lugar, si acudimos al diccionario para ver las referencias al género humano encontramos que «hombre» es «ser animado racional, varón o mujer». Es decir, usamos hombre tanto para referirnos a las personas en general como para los varones en particular. ¿Y «mujer»? Para referirnos al sexo femenino, y gracias. Sí, y gracias. Porque el mismo diccionario de la RAE recoge «hombre público» como «hombre que tiene presencia e influjo en la vida social», y «mujer pública» como «prostituta». Mejor, por tanto, limitarnos a usar mujer en referencia al sexo femenino; sin connotaciones de ningún tipo. ¿Podría alguien ser tan ingenuo de creer que el empleo del vocablo «hombre» para referirnos a la especia humana es casualidad? En una herramienta de poder como es el lenguaje no existen las casualidades y esto no es más que otra consecuencia del androcentrismo al que también está sometido el lenguaje. Algo similar ocurre al nombrar a «América», que puede bien estar aludiendo al continente en general o a Estados Unidos en particular; pero nunca a Argentina, Costa Rica o México individualmente. Esto es fruto de una dominación histórica que, por el mismo camino, llevó al varón a adueñarse del diccionario y a Estados Unidos del continente. 


Sin embargo, hay una tendencia generalizada a infravalorar este asunto del lenguaje, minimizando un problema que algunos no quieren o no saben ver. No sé cuál de las dos es más preocupante. Es habitual en estos tiempos donde Internet es fuente esencial de la comunicación, leer a modo de burla a gente convirtiendo a femenino incluso palabras epicenas como «persona» (persono). ¿Ha reparado esta gente acaso en que una de las principales características del diccionario es ordenar alfabéticamente las palabras, y sin embargo recoge términos como «carpintero-ra», «presidente-ta» o «enfermero-ra»? Es decir, pese a aplicar estrictamente el orden alfabético desde la primera palabra hasta la última, en las acepciones con ambos géneros altera el orden alfabético y antepone al género masculino. Resulta harto complicado justificar esto sin negar el machismo que predomina en la RAE desde su fundación.


A la corriente «yo no soy machista ni feminista», que se puede sintetizar más brevemente como la corriente «machista», le indigna el lenguaje inclusivo. Pérez-Reverte, con sillón en la RAE desde 2003, defendía hace 18 años el uso del género neutro e ironizaba con el uso de «clienta», admitido por la RAE, y ridiculizaba términos como «tenienta», «sargenta», «jefa» o «abogada». Por cierto: «teniente» es según la Real Academia Española el «que tiene o posee algo» y el «oficial de graduación inmediatamente superior al alférez e inferior al capitán». Por el contrario, tenienta es de igual modo la «que tiene o posee algo», pero deja de ser el oficial de graduación superior al alférez para ser la «mujer del teniente». Entre todos los términos que indignaban al académico la no utilización del género neutro nada se supo de «sirvienta» o «dependienta», sobre los cuales nunca se pronunció. Más atrás en el tiempo, Fernando Lázaro Carreter, en aquel entonces presidente de la RAE, luchaba para eliminar el vocablo «jueza». No lo consiguió, afortunadamente. Aunque para mí el académico más brillante, al menos todavía, es Javier Marías. Con silla en la RAE desde 2008, más de una década antes de su ingreso en la Academia hablaba de «hembrismo», palabra que sigue sin estar reconocido por el Diccionario de la RAE. Sin embargo, el académico no tardó en salir a la palestra a ironizar sobre las dichosas «portavozas». Malditas contradicciones.


En definitiva, debe hacerse hincapié en estas actitudes tan poco partidarias de un lenguaje inclusivo que proceden de la Real Academia porque parece que se les ha otorgado algo tan sumamente grande como un idioma, para que decidan aquello que es válido y lo que no lo es. Y resulta excesivamente arriesgado en plena lucha por acabar con la discriminación de la mujer, teniendo en cuenta que la misoginia siempre estuvo presente en la RAE. A día de hoy ni siquiera una quinta parte de los sillones están ocupados por mujeres, y es todo un logro. En esta institución, que actualmente sigue sin haber sido jamás dirigida por una mujer, apenas once féminas se han sentado en sus codiciados sillones a lo largo de tres siglos.  Y en este lapso de tiempo un enorme historial de brillantes mujeres lingüistas rechazadas con pésimos argumentos, pues hasta hace no mucho ni siquiera se esforzaban en disimular el machismo. Ha sido mucho más recientemente, con el acoso y las incómodas reivindicaciones feministas, cuando la parte de la sociedad que ha decidido no combatir la desigualdad se ha visto obligada al menos a disimular su discriminación hacia la mujer. Y esto es consecuencia de un movimiento feminista que en estos últimos años avanza a pasos agigantados, si bien tiene por delante un enorme y rocoso camino por recorrer. 


Contra la violencia de género, la discriminación lingüística, la brecha salarial y todo aquello que significa una losa para el 50% de la población, FELIZ DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER a aquellas que luchan por un mundo mejor.