martes, 24 de octubre de 2017

La leyenda de Jesse Owens

Hay una historia ligada a Berlín que me emociona por demás y lo hace con la particularidad de combinar ficción y realidad. La parte ficticia cae a cuenta de "La ladrona de libros", la mejor historia novelada que jamás he leído, mientras que la realidad corresponde a los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Es la vivencia de un personaje de ficción tremendamente entrañable: Rudy Steiner, un niño gamberro, desobediente, deportista y súper competitivo de Himmelstrasse -con el que no puedo no sentirme identificado- que en la Alemania Nazi tenía como referente a un atleta negro. Se trataba de Jesse Owens, aquel velocista negro que llegó a este Olympiastadion de Berlín para poner en jaque la supuesta supremacía de la raza aria y llevarse cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos a los que Hitler pretendía dar un uso propagandístico del Tercer Reich. En este mismo estadio, más de setenta años después, Usain Bolt detuvo el cronómetro en 9,58 segundos en la final de 100 metros del Mundial 2009, firmando el actual récord del mundo de velocidad. Aquello me puso la piel de gallina, pero personalmente me quedo con el carbón con el que el infante alemán tiñó de negro su piel, el Hubert Oval haciendo las veces de Olympiastadion y el demente de Rudy estrechando las manos de los rivales imaginarios de un Jesse Owens al que encarnaba él mismo antes de batir a todos en una carrera tan imprudente como emotiva. «Algún día caerás. ¡Ya lo verás, Liesel!»

Yo en el Olympiastadion, el templo deportivo en el que se forjó la leyenda que inspiraba a nuestro queridisimo Rudy Steiner

jueves, 12 de octubre de 2017

12 de octubre

Se me hace difícil creer que alguien pueda encontrar motivo alguno de celebración en una fecha como la de hoy. Entiendo que cuando uno conmemora un acontecimiento, con dolor u orgullo, lo hace cuanto menos consciente de aquello que representa; y no se limita a enarbolar un pañuelo con el riesgo de hallarse rindiendo tributo a un proceso histórico colonizador plagado de sufrimiento y muerte de personas inocentes. En consecuencia y por una razón de humanidad, quiero creer que solo una osada cuestión de desinformación lanza a algunos desafortunados a hacer alarde de "hispanidad" en un día como hoy.

Trazo mi vida con absoluta fidelidad a unos principios que son absolutamente incompatibles con el regodearse en el saqueo de los pueblos aborígenes o en la imposición cultural. Será por eso que en mi opinión resulta impactante ver como choca la Ley 18/1987 que declara festivo el 12 de octubre con el artículo 578 del Código Penal que regula el enaltecimiento del terrorismo y que recoge una serie de conductas que parecen coincidir con aquello que se conmemora en esta fecha. Claro que no aspiro a ver a la Fiscalía del Estado ni a la Audiencia Nacional tomando hoy nota del desfile de las Fuerzas Armadas. Y todo esto dejando de lado aquello de sentirse orgulloso de ser español. Tan incongruente, por otra parte, como despreciar a alguien por el mero hecho de ser español. Sentir orgullo de ostentar una nacionalidad es tan absurdo como estar orgulloso de tener el pelo oscuro o cuatro extremidades. Ni estoy orgulloso ni me avergüenzo de ser español y argentino. Lo soy y punto. ¿Cómo estar orgullosos de aquello que nos ha venido dado o que ha sido fruto del azar?

El 12 de octubre es una fecha que desde una perspectiva histórica no ofrece motivo alguno de celebración. Y no por ello España deja de ser un lugar maravilloso. Lo sabe todo aquel que haya contemplado su fascinante geografía, gozado de su inmejorable clima o tratado con su gente (salvo episodios desafortunados como al que le pueda haber tocado lidiar conmigo). Pero se me hace difícil agitar una bandera que simbolice un Estado sin una independencia real del Poder Judicial, un país con millones de viviendas vacías y a su vez miles de familias con niños durmiendo en las calles (¿art. 47 CE?) porque se prefiere rescatar bancos a personas, un sistema educativo que margina al estudiante con dificultades familiares y que se empeña en alejar a las clases bajas de la Universidad, un país anclado en otra época que contempla y admira una Corona cuyo único mérito conocido es haber sido nombrado por Franco como sucesor a título de rey, un sistema sanitario que se desmorona como consecuencia de una política gubernamental que prioriza invertir en Defensa antes que en sanidad.

¿Alguien en su sano juicio puede estar orgulloso de todo eso? No os conforméis con agitar una bandera.