Hace escasa media hora he vivido una nefasta experiencia en la Playa de
la Fossa que procedo a relatar: caminando por el paseo entre una
multitud he visto como un chaval de unos 25 años agredía a su pareja. El
primer disgusto ha sido comprobar como la totalidad de las personas que
han presenciado la horrible situación han optado por hacer como que
nada había sucedido. Yo me he acercado a recriminarle a él y a ofrecerle
ayuda a ella. Él me ha dicho que era su mujer y que le hacía
lo que le daba la gana, que yo a mi mujer le hiciera lo que quisiera.
Ella ha insistido en que no le había pegado. Ver para creer. Le he dicho
que no tenía que tolerar eso mientras tecleaba el 016 en mi teléfono y
su respuesta ha sido abrazar al agresor. Le he insistido en ofrecerle mi
ayuda y ella ha hecho lo propio con que no le había golpeado. Ha
rodeado al agresor por la cintura y ella misma es la que ha iniciado la
andadura para marcharse de allí. Me he visto en una situación de
absoluta impotencia y he pensado que si llamaba pidiendo ayuda
seguramente para cuando llegase la ayuda no sabría ni donde estaría esta
pareja de futuro poco esperanzador. En un instante y como consecuencia
de la falta de interés de la víctima he decidido que no serviría de nada
pedir ayuda y he seguido camino yo también. Me toca quedarme con el
sabor de la amargura de no haber podido hacer más por la víctima, o no
haber querido, o no haber sabido hacer lo correcto cuando evidentemente
esa mujer necesita ayuda. No quiero pensar cómo será la vida de esta
mujer pero a la vez no puedo evitar pensarlo. Martes negro, sin más.
Original en mi Facebook.