Solo 11 semanas separaban el maratón de Valencia, donde nos habíamos empleado a fondo, del maratón de Sevilla, lugar en el que haríamos nuestro debut como liebres, guiando a los corredores que tenían como objetivo bajar de las tres horas y media. Santi viajó desde Praga y yo desde Calpe para encontrarnos el jueves en Granada. El viernes temprano hicimos nuestro último rodaje antes de poner rumbo a Sevilla. No es necesario decir que, después del intenso entrenamiento al que nos habíamos sometido para Valencia, ambos veníamos con una carga de kilómetros muy baja. Menos de la mitad del volumen semanal de kilómetros de Valencia.
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| Vistas a la Alhambra desde el mirador de San Nicolás (Granada). |
Antes de la carrera teníamos todo un fin de semana por delante. Paseamos en profundidad por la bellísima capital hispalense, aprovechamos para reencontrarnos con amigos y familiares (¡cuántos en Sevilla!), recogimos los dorsales y, en síntesis, todo lo que se puede hacer en la previa de un maratón en el que no vas a emplearte a fondo.
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| En Sevilla, excepcionalmente, sería a partir del muro donde comenzaríamos a disfrutar nosotros. |
En definitiva, tras exprimir al máximo el jueves, viernes y sábado, ya estábamos listo para aquello a lo que habíamos ido a Sevilla. A correr nuestro cuarto maratón -segundo juntos-, a sumar una experiencia en los 42 km a un ritmo por debajo del nuestro, y a echar una mano a todos aquellos que tenían como objetivo detener el cronómetro antes de las tres horas y media.
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| La Torre del Oro, sita al margen del río Guadalquivir, aparecería en la medalla del maratón. |
Sonó la alarma a las 6am, desayuno propio de un día de maratón y pusimos rumbo al Paseo de las Delicias, desde el que a las 8:30 am el pistoletazo de salida daría inicio al XXXV maratón de Sevilla. Un frío impropio de la capital andaluza y que nada tendría que ver con la temperatura en carrera nos haría pasar un mal rato en tirantes junto al resto de las liebres, mientras ultimábamos detalles para tomar posiciones en la salida.
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| Christian, Germán y Santi. Foto tomada a las 8:20 am, apenas diez minutos antes de la salida. |
Ahora sí, empieza la carrera y Santi y yo salimos juntos. Nuestro otro compañero, Juampa, está un poco más atrás. Cruzamos el arco de salida y le esperamos para ir juntos. Hay miles de personas y, como en cada maratón, la salida se hace lenta. Poco a poco nos vamos acomodando y sabemos que empieza la parte más aburrida del maratón. Hay que mantener el ritmo y acumular kilómetros. Santi y yo cogemos varias botellas de agua en cada avituallamiento para facilitarle la hidratación a aquellos que hoy forman equipo con nosotros. La poca estabilidad de los globos y el momento en el que los globos de Santi y el mío se enredan son lo más emocionante que nos dejan los primeros 15 kilómetros. Sufrimos lo nuestro para separarlos y decidimos correr con al menos diez metros de distancia entre nosotros, para que no vuelva a ocurrir.
Sin nada especialmente reseñable alcanzamos el kilómetro 25 cuando mi reloj marca 2:03:11, y entonces notamos que algo empieza a cambiar. Ya no hay bromas, ya no hay comentarios. El ruido que se oye es el del silencio, entorpecido solo por la respiración incómoda de algunos corredores que ya no están tan cómodos. Queda todavía casi una hora y media de carrera y el maratón es ahora cuando empieza. Ahora sí, manos a la obra.
Vigilando mucho el reloj para no castigar a los corredores poniéndolos a ritmos por encima del pretendido, vamos tirando de ellos y empezamos a jugar con el público. Los corredores ya están sufriendo y hay mucha gente viendo pero poco ruido. Santi y yo casi empezamos a interactuar con ellos a modo de juego. De hecho, alguna broma al respecto habíamos hecho entre nosotros en los días previos. Sin embargo, notamos que cada vez que nos dirigimos al público este responde, y si a nosotros nos levantan nos imaginamos lo que debe ser para aquellos que están yendo a su límite. Y nos lo podemos imaginar porque hace apenas 11 semanas éramos nosotros los que estábamos ahí. Así que desde aquí hasta el final incesablemente le pedimos al público ese empujón que necesitan los corredores. Seguimos marcando el ritmo a 4:58 min/km y animando a todos aquellos que siguen con nosotros.
Yo, obseso de los números, juego mucho con ellos. Fijo pequeñas metas. Entramos en el muro y hay que llegar al km 32 para salir de él. Ya nos queda un 10.000 a 5:00 min/km para lograr el objetivo, tarea fácil para todos los que están con nosotros (si no fuera porque han sometido a sus piernas ya a 32 kilometros). Alguno está sufriendo mucho. No pienses más allá del km 33, vamos kilómetro a kilómetro que cuando queramos darnos cuenta estamos en meta. No paramos de distraerles y cruzamos el 34. Los kilómetros pasan muy rápido. En 2:52:43 atravesamos el kilómetro 35. ¡Lo tenemos súper cerca! Les digo que en el km 36 se termina el maratón. Supone haber superado 6/7 del mismo. Cuando lo pasamos, les hablo del 2+2. Vamos a hacer primero hasta el km 38 y luego hasta el km 40. Dos pequeños parciales de menos de diez minutos y prácticamente todo habrá terminado. Además de hablar en alto para todos, buscamos a los que más están sufriendo. No queremos perder a nadie por el camino. A veces son ellos los que nos buscan y corren junto a nosotros. Yo les prohibo hablar, les digo que voy a hablar yo y que solo les dejo responderme con el pulgar hacia arriba o hacia abajo. Les pregunto si es el primer maratón, si alguna vez han bajado de las tres horas y media… puedo intuir por donde van a ir todas sus respuestas, y les hago saber lo cerca que tienen algo que, con un poco de sufrimiento, quedará en sus memorias para siempre. Cuando llegamos al km 38 recuerdo que les había hablado del 2+2, así que les digo que quedan los dos últimos kilómetros del maratón, porque en el km 40 no se va a caer nadie. Al llegar al kilómetro 39 vuelvo a dividir el maratón, esta vez en 14 etapas de tres kilómetros. 14 etapas de las que ya han superado 13. ¿Cómo se les va a escapar? Imposible que eso suceda. Últimos 1000 metros para llegar al km 40, que terminamos alcanzándolo también.
Cambio el discurso y ya no hablo de otra cosa más que de disfrutar. Llevan 3 horas y 18 minutos corriendo y se han ganado el derecho a disfrutar de los dos últimos kilómetros. Llevan meses trabajando para ello. Busco a Santi, que está currando incansablemente como yo, y le digo que no se aleje. Quiero cruzar la meta junto a él. Enfilamos los últimos 500 metros y alguien se nos empieza a quedar. Intuimos que los calambres quieren ganar la batalla, así que volvemos unos pasos para atrás para combatirlos juntos. Mira ahí delante, esto ha terminado. Entramos en meta. Santi y yo nos abrazamos, sabemos que hemos hecho un gran trabajo, y yo me giro mirando a meta. Empieza a entrar la que durante las últimas tres horas y media ha sido nuestra gente.
Yo, obseso de los números, juego mucho con ellos. Fijo pequeñas metas. Entramos en el muro y hay que llegar al km 32 para salir de él. Ya nos queda un 10.000 a 5:00 min/km para lograr el objetivo, tarea fácil para todos los que están con nosotros (si no fuera porque han sometido a sus piernas ya a 32 kilometros). Alguno está sufriendo mucho. No pienses más allá del km 33, vamos kilómetro a kilómetro que cuando queramos darnos cuenta estamos en meta. No paramos de distraerles y cruzamos el 34. Los kilómetros pasan muy rápido. En 2:52:43 atravesamos el kilómetro 35. ¡Lo tenemos súper cerca! Les digo que en el km 36 se termina el maratón. Supone haber superado 6/7 del mismo. Cuando lo pasamos, les hablo del 2+2. Vamos a hacer primero hasta el km 38 y luego hasta el km 40. Dos pequeños parciales de menos de diez minutos y prácticamente todo habrá terminado. Además de hablar en alto para todos, buscamos a los que más están sufriendo. No queremos perder a nadie por el camino. A veces son ellos los que nos buscan y corren junto a nosotros. Yo les prohibo hablar, les digo que voy a hablar yo y que solo les dejo responderme con el pulgar hacia arriba o hacia abajo. Les pregunto si es el primer maratón, si alguna vez han bajado de las tres horas y media… puedo intuir por donde van a ir todas sus respuestas, y les hago saber lo cerca que tienen algo que, con un poco de sufrimiento, quedará en sus memorias para siempre. Cuando llegamos al km 38 recuerdo que les había hablado del 2+2, así que les digo que quedan los dos últimos kilómetros del maratón, porque en el km 40 no se va a caer nadie. Al llegar al kilómetro 39 vuelvo a dividir el maratón, esta vez en 14 etapas de tres kilómetros. 14 etapas de las que ya han superado 13. ¿Cómo se les va a escapar? Imposible que eso suceda. Últimos 1000 metros para llegar al km 40, que terminamos alcanzándolo también.
Cambio el discurso y ya no hablo de otra cosa más que de disfrutar. Llevan 3 horas y 18 minutos corriendo y se han ganado el derecho a disfrutar de los dos últimos kilómetros. Llevan meses trabajando para ello. Busco a Santi, que está currando incansablemente como yo, y le digo que no se aleje. Quiero cruzar la meta junto a él. Enfilamos los últimos 500 metros y alguien se nos empieza a quedar. Intuimos que los calambres quieren ganar la batalla, así que volvemos unos pasos para atrás para combatirlos juntos. Mira ahí delante, esto ha terminado. Entramos en meta. Santi y yo nos abrazamos, sabemos que hemos hecho un gran trabajo, y yo me giro mirando a meta. Empieza a entrar la que durante las últimas tres horas y media ha sido nuestra gente.
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| La medalla rinde homenaje al Mundial conquistado en Sevilla por Abel Antón en 1999. |
Les felicitamos uno por uno, pero no tenemos que buscarles. Vienen a nosotros. Nos abrazan, nos dan las gracias y no dejan de repetir que sin nosotros no lo hubieran conseguido. Son varios los que nos dicen que somos las mejores liebres que han visto nunca en un maratón. No me lo esperaba, era la primera vez que lo hacía y tampoco sé qué hacen las otras liebres. Dicen que nuestros ánimos incansables les han empujado a creer en ellos y que correr con liebres así facilita la tarea. Diría que no me lo creo, pero no necesito mucho para venirme arriba. Estoy súper contento. No considero al ser humano especialmente agradecido y esta gente me está llenando de elogios y reconocimiento. Algunos quieren incluso fotografiarse con nosotros en meta.
Si en algún momento de la carrera fuimos escépticos ante la opción de querer repetir la experiencia, hemos despejado cualquier tipo de duda. La experiencia ha sido maravillosa y, al menos hablando por mi, este es ya uno de los días más bonitos de mi vida. El maratón es maravilloso de por sí y ayudar a otra gente suele ser muy gratificante. Imaginad entonces lo que supone juntar ambas cosas.
¡Sevilla 2019, has sido perfecta!
¡Sevilla 2019, has sido perfecta!
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| Misión cumplida. Nuestro cuarto maratón acaba de ser completado. |





