Echo de menos el rugby. El clásico. El amateur. El que empezó a morir
hace no más de cinco años. Echo de menos el rugby en el que
distinguíamos a delanteros y tres cuartos, por la forma de jugar y por
la forma de ser. Echo de menos esos equipos en los que viendo bajar a
los jugadores del autobús ya sabías cómo iban a formar. Y entrenando,
ahí es donde más lo echo de menos. Echo de menos a los medios de meleé
que querían ejercicios de pase, para agachar el culo, rozar la hierba
y con la pierna totalmente recta poner un pase preciso tan lejos como
puedan. Echo de menos al apertura que quiere patear, y que cuando el
ejercicio acaba pone un 'up and ander', por lo que hubiera podido ser.
Echo de menos a esos centros que le hacen un cambio de pie hasta a su
propia sombra, casi hasta cuando el ejercicio es de chocar. Echo de
menos esos alas con velocidad punta que superan al adversario y mientras
el entrenador les grita "al suelo" siguen corriendo hasta el ingoal,
porque aman esprintar. Y echo de menos a ese zaguero que se frota las
manos ante los fallos de sus compañeros para ir a cerrar, aunque sea un 2
vs 1 que sabe que va a acabar en ensayo. Total, es un entrenamiento. Y
los delanteros. Echo de menos esos primeras líneas que le piden al
apertura que les pongan balones altos. Echo de menos esos segunda líneas
que bajaban media hora antes para mejorar el pase. Y echo de menos a
los terceras omnipresentes que quieren salir del ruck para doblar al
zaguero y picarse en explosividad. Ese rugby. ¿Os acordáis? Un
especialista en el pase, un especialista en la patada, un especialista
en el juego de piernas, un velocista, algunos tipos duros... El primera
que entrenando buscaba un cambio de pie y que prometía que antes de
terminar la temporada iba a ensayar redoblando al ala. Echo de menos
esos pequeños grupos dentro del equipo que en función de su condición
física se juntaban para salir a correr. Echo de menos, sobre todo,
cuando en el rugby se valoraba más el corazón y la habilidad jugando que
lucir un cuerpo de gimnasio. Siempre seré más de Pichot que de Chabal.
viernes, 1 de julio de 2016
martes, 28 de junio de 2016
Imbéciles
Una
de las cosas que más gracia me hace de la derecha es que consideren
falta de respeto que desde la izquierda digamos que somos un país de
imbéciles tras el resultado de las últimas elecciones. Y en algo tienen
razón: en España somos 46 millones de habitantes de los que sólo 8
millones han votado al PP, más otros 10 millones han desperdiciado su
oportunidad de acabar con este gobierno corrupto a través de
abstenciones, votos en blanco y votos nulos. Es decir, sólo 18 millones
de los 46 millones de habitantes son responsables de este resultado.
Además, en el caso de los 8 millones de votantes del PP, no puedo
catalogar a todos de imbéciles, pues hay una minoría a la que realmente
le favorece que gobiernen (más allá de que en mi caso, por una cuestión
de principios, ni aun beneficiándome podría votar a un partido homófobo,
xenófobo o sexista como el Partido Popular). Algunos por intereses
empresariales o financieros, dado que para explotar a un trabajador el
respaldo de la reforma laboral de 2012 es una garantía; y otros por
enchufismo. No es que el gobierno nacional les vaya a colocar en los Ayuntamientos o puestos de privilegio, pero bien es preferible que los
que les dan esos magníficos puestos de trabajo estén contentos. Al fin y
al cabo no iba a ser casualidad que se repitan tantos apellidos por el
Ayuntamiento, y que el que no se repita sea primo/cuñado/amigo de.
Rectificando por tanto lo de que somos un país de imbéciles por un más apropiado "en España hay alrededor de 17 millones de imbéciles", sigue haciendome gracia que la derecha considere falta de respeto la catalogación de "imbéciles", algo que no es más que una definición objetiva.
Si llamarles "imbéciles" es una falta de respeto, me pregunto yo: ¿es una falta de respeto al resto de ciudadanos de este país respaldar a un gobierno corrupto? ¿y respaldar a un gobierno que ha recortado en sanidad? ¿y respaldar a un gobierno que está alejando a las clases populares de las Universidades? ¿y respaldar a un gobierno que ha dado la espalda a los niños autistas? ¿y respaldar al gobierno de la amnistía fiscal al servicio de los defraudadores? ¿y respaldar a un gobierno que ha recortado en ayudas a la dependencia? ¿y respaldar a un gobierno que ha permitido que niños indefensos duerman en la calle habiendo viviendas vacías? ¿y respaldar a un gobierno que ha recortado en pensiones? ¿y respaldar a un gobierno que incumplió, día tras día, su programa electoral con el que ganó las elecciones anteriores?
Sé que nuestros principios nos sitúan, afortunadamente, en extremos opuestos. Y afortunadamente, a mi lo que me parece una auténtica falta de respeto y motivo para la indignación es el haber respaldado a un gobierno responsable, entre otras cosas, de todo lo mencionado en el párrafo anterior.
Rectificando por tanto lo de que somos un país de imbéciles por un más apropiado "en España hay alrededor de 17 millones de imbéciles", sigue haciendome gracia que la derecha considere falta de respeto la catalogación de "imbéciles", algo que no es más que una definición objetiva.
Si llamarles "imbéciles" es una falta de respeto, me pregunto yo: ¿es una falta de respeto al resto de ciudadanos de este país respaldar a un gobierno corrupto? ¿y respaldar a un gobierno que ha recortado en sanidad? ¿y respaldar a un gobierno que está alejando a las clases populares de las Universidades? ¿y respaldar a un gobierno que ha dado la espalda a los niños autistas? ¿y respaldar al gobierno de la amnistía fiscal al servicio de los defraudadores? ¿y respaldar a un gobierno que ha recortado en ayudas a la dependencia? ¿y respaldar a un gobierno que ha permitido que niños indefensos duerman en la calle habiendo viviendas vacías? ¿y respaldar a un gobierno que ha recortado en pensiones? ¿y respaldar a un gobierno que incumplió, día tras día, su programa electoral con el que ganó las elecciones anteriores?
Sé que nuestros principios nos sitúan, afortunadamente, en extremos opuestos. Y afortunadamente, a mi lo que me parece una auténtica falta de respeto y motivo para la indignación es el haber respaldado a un gobierno responsable, entre otras cosas, de todo lo mencionado en el párrafo anterior.
lunes, 27 de junio de 2016
Ya no creo
No puedo seguir creyendo en el cambio. Lamentablemente, vivimos en un
país de imbéciles. Hoy, un trabajador que acaba de perder su trabajo,
que estaba sin contrato y que ni siquiera sabe si va a cobrar lo que le
deben, me ha dicho que va a votar en blanco. Va a votar en blanco porque
el PP lo hizo mal, el PSOE lo hizo mal y Podemos... seguro que también
lo hace mal. No le convence ninguno. Le he preguntado qué sabía de la
última reforma laboral o de la ley mordaza con la que retuitear
puede ser delinquir. Como era de esperar, no sabía nada. Tampoco sabe
nada de la Ley D'Hondt. No sabe nada de las ayudas a la dependencia. En
definitiva, sabe sólo tres cosas: que los que vengan serán como los que
están, que no le gusta Venezuela y que el Coletas no le convence. Así
que no puedo creer más, porque lamentablemente este no es un caso
aislado. No paro de encontrarme situaciones similares. A la ciudadanía
le han inoculado miedo, y aunque no sepa qué pasa en México, Burkina
Faso o Sierra Leona, tiene claro que no quiere ser Venezuela. A la
ciudadanía no le preocupa la sanidad, la educación, las amnistías
fiscales, ni familias enteras que duermen en la calle en un país con más
de tres millones de viviendas vacías. Sí, si en algo estamos a la
cabeza en Europa es que somos el país con más viviendas vacías en todo
el continente. Hay que saber perder y no queda otra que felicitar a la
derecha porque haber adoctrinado a una aplastante mayoría imbécil no
puede ser fácil. Hay un gran trabajo detrás en colegios, institutos, y
medios de comunicación. Y ahora recogen los frutos del trabajo que han
venido haciendo. La derecha de este país maltrata a un pueblo que,
cuando tiene que pronunciarse, de manera expresa o tácita vuelve a
entregarle los mandos. No hay peor ciego que el que no quiere ver, y
ante un pueblo que no abre los ojos la derrota está servida una vez más.
miércoles, 22 de junio de 2016
Empate a necio
Veo
que ahora la derecha se indigna ante la posibilidad de que con 16 años
se tenga derecho a voto. Siempre he creido que la mayoría llegaba a los
18 sin el conocimiento mínimo para decidir en unas elecciones. Con el
paso de los años me he dado cuenta que la mayoría no sólo llega a los 18
sin ese conocimiento mínimo, sino también a los 30, a los 40, a los
50... si no sería imposible que un partido que legisla contra los
trabajadores, que oprime al pueblo y que protagoniza semanalmente un
nuevo escandalo de corrupción sea el más votado elección tras elección.
Pero ahí están y no hay Púnica, Gürtel, financiación ilegal, ni tarjeta
Black que los pueda detener.
Son mayores de 18 los que no votan a Unidos Podemos porque "no quieren ser Venezuela" mientras no les preocupa ser México. Son mayores de 18 los que ven colas en Caracas como consecuencia de un desabastecimiento provocado mientras a unos kilómetros de aquí no tienen constancia de las huelgas generales de nuestros vecinos franceses. Tienen más de 18 años y votan recortes en educación y en sanidad, y una reforma laboral que les condena. Tienen más de 18 años los que votan en contra de su propia libertad con la Ley Mordaza y votan en contra del derecho a decidir de las mujeres sobre su propio cuerpo. Tienen más de 18 años y echan la culpa de la situación actual a inmigrantes ilegales y legales, y hasta a la posibilidad de acoger refugiados. Tienen más de 18 años y no cuestionan el dinero en paraísos fiscales, las puertas giratorias, las pensiones vitalicias, los sueldos desorbitados ni la amnistía fiscal a la que se acogió hasta la Familia Real (que, por cierto, ni mayores de 18 ni menores hemos votado).
¿En serio debe preocuparnos que voten los jóvenes de 16 años? Por más mal que lo hicieran sólo podrían empataros.
Son mayores de 18 los que no votan a Unidos Podemos porque "no quieren ser Venezuela" mientras no les preocupa ser México. Son mayores de 18 los que ven colas en Caracas como consecuencia de un desabastecimiento provocado mientras a unos kilómetros de aquí no tienen constancia de las huelgas generales de nuestros vecinos franceses. Tienen más de 18 años y votan recortes en educación y en sanidad, y una reforma laboral que les condena. Tienen más de 18 años los que votan en contra de su propia libertad con la Ley Mordaza y votan en contra del derecho a decidir de las mujeres sobre su propio cuerpo. Tienen más de 18 años y echan la culpa de la situación actual a inmigrantes ilegales y legales, y hasta a la posibilidad de acoger refugiados. Tienen más de 18 años y no cuestionan el dinero en paraísos fiscales, las puertas giratorias, las pensiones vitalicias, los sueldos desorbitados ni la amnistía fiscal a la que se acogió hasta la Familia Real (que, por cierto, ni mayores de 18 ni menores hemos votado).
¿En serio debe preocuparnos que voten los jóvenes de 16 años? Por más mal que lo hicieran sólo podrían empataros.
viernes, 25 de marzo de 2016
El legado de Cruyff
No voy a hablar de finales de Copa de Europa aunque haya ganado tres. No voy a hablar de Balones de Oro por más que tenga otros tres. No
voy a hablar de Mundiales por más que haya sido la figura más importante
de dos: en uno por haber sido el mejor, en otro por haberse negado a
jugar. No voy a hablar de camisetas aunque vistieras alguna de las más
importantes del mundo.
No hay una fecha concreta. Es una tarde cualquiera de un día
cualquiera, en Ámsterdam. Década de los '60, o de los '70. De piernas
delgadas, un joven predestinado a convertirse en fumador compulsivo
conduce una pelota en un partido cualquiera. Impone un cambio de ritmo
que impresiona, una velocidad de vértigo y un regate que, medio siglo
después, está en peligro de extinción. Su visión de juego no es un
detalle menor. No hace justicia con Cruyff hablar de aquella gran noche.
Aquel campeonato. El legado de Johan Cruyff va mucho más lejos.
Revolucionó el fútbol, abrió las puertas del fútbol moderno y le
aportó el "fútbol total". Para siempre. Lo conoció sobre el terreno de
juego bajo la batuta de Rinus Michels y lo perfeccionó desde el
banquillo. Obsesión por la tenencia del esférico, presión alta sobre el
adversario y triangulaciones para romper las líneas rivales. Fue el
primer futbolista, y a día de su muerte el único, en haber sido leyenda
primero como jugador, y alcanzar el grado de leyenda también como
entrenador. No hay una tarde para resumir a Cruyff. Hay toda una vida.
Un hombre de fútbol.
Hasta siempre, Johan.
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