No puedo seguir creyendo en el cambio. Lamentablemente, vivimos en un
país de imbéciles. Hoy, un trabajador que acaba de perder su trabajo,
que estaba sin contrato y que ni siquiera sabe si va a cobrar lo que le
deben, me ha dicho que va a votar en blanco. Va a votar en blanco porque
el PP lo hizo mal, el PSOE lo hizo mal y Podemos... seguro que también
lo hace mal. No le convence ninguno. Le he preguntado qué sabía de la
última reforma laboral o de la ley mordaza con la que retuitear
puede ser delinquir. Como era de esperar, no sabía nada. Tampoco sabe
nada de la Ley D'Hondt. No sabe nada de las ayudas a la dependencia. En
definitiva, sabe sólo tres cosas: que los que vengan serán como los que
están, que no le gusta Venezuela y que el Coletas no le convence. Así
que no puedo creer más, porque lamentablemente este no es un caso
aislado. No paro de encontrarme situaciones similares. A la ciudadanía
le han inoculado miedo, y aunque no sepa qué pasa en México, Burkina
Faso o Sierra Leona, tiene claro que no quiere ser Venezuela. A la
ciudadanía no le preocupa la sanidad, la educación, las amnistías
fiscales, ni familias enteras que duermen en la calle en un país con más
de tres millones de viviendas vacías. Sí, si en algo estamos a la
cabeza en Europa es que somos el país con más viviendas vacías en todo
el continente. Hay que saber perder y no queda otra que felicitar a la
derecha porque haber adoctrinado a una aplastante mayoría imbécil no
puede ser fácil. Hay un gran trabajo detrás en colegios, institutos, y
medios de comunicación. Y ahora recogen los frutos del trabajo que han
venido haciendo. La derecha de este país maltrata a un pueblo que,
cuando tiene que pronunciarse, de manera expresa o tácita vuelve a
entregarle los mandos. No hay peor ciego que el que no quiere ver, y
ante un pueblo que no abre los ojos la derrota está servida una vez más.
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