GERMÁN EGUILIOR.-
◖ PARTE 1 - LA ESPERA ◗
Martes, 16 de julio de 2019.
El martes a las 8:43 AM llegamos al refugio de Goûter. Era el final de la cuarta etapa (sábado y domingo habíamos aclimatado en Gran Paradiso), pero nuestra sensación era que ahí comenzaba todo. Por delante, 18 horas a 3.835 metros de altitud antes de tratar de atacar los últimos 975 metros de desnivel que nos separaban de la cumbre del Mont Blanc.
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8:03 AM. David y yo divirtiéndonos en el tramo final de la pared que une Tête Rousse con Goûter.
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La jornada, que había empezado a las 3:28 AM, había concluido su fase de ascenso. Sinceramente, nunca pensamos que entre Tête Rousse y Goûter hubiera nada que pudiera detener nuestro progreso. La lluvia de piedras en la «bolera» comenzó instantes después de que David y yo cruzáramos y no encontramos ninguna complicación significativa en nuestro camino a Goûter. Si bien, como no podía ser de otra manera, la pared que separaba Tête Rousse de Goûter iba acompañada de ciertos peligros, su ascensión no revestía una dificultad técnica especialmente complicada, y la presencia de cuerdas fijas mediante las cuales asegurarse aumentaba exponencialmente las posibilidades de éxito en ese segundo tramo. Una vez en Goûter teníamos por delante 18 horas en las que no sabíamos cómo responderían nuestros cuerpos. El plan estaba claro: comer y beber con frecuencia, dormir tanto como pudiéramos y dar un respiro a las heridas de nuestros pies. Ambos llevábamos dos etapas con los talones en carne viva y necesitábamos que las heridas se airearan hasta las 2 AM, cuando volveríamos a vendarlas para atacar la preciada cima. Pero, por economizar recursos, aguantaríamos todavía un par de horas con los vendajes del lunes. Nada más llegar a Goûter nos sentamos, comimos unos frutos secos y nos fuimos a dormir la primera siesta del día, desde las 11:00 hasta las 12:30. Entonces nos calzamos las botas y los crampones por segunda vez en la jornada y nos asomamos a la pendiente que, 15 horas después, nos pondría a prueba.
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| 8:31 AM. Arista de Goûter, a escasos metros del que sería nuestro hogar durante 18 horas. |
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8:43 AM. Llegada al refugio de Goûter
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La vuelta al refugio sirvió para extender nuestras provisiones sobre la mesa e hincar el diente al queso que portaba David y a las ciruelas pasas y frutos secos que cargaba yo. El día apuntaba a ser largo, pero nada más lejos de la realidad. Ni siquiera hubo que prolongar en el tiempo una charla con la que matar las horas. Apenas terminamos de comer nos fuimos a descansar. Los primeros malestares habían llegado a nuestras cabezas. No era un dolor de cabeza especialmente grave, pero si una extraña sensación, al menos en mi caso, como si algo fluctuara en el interior de mi cráneo. Nada que una buena siesta no pudiera mejorar.
Llegó el momento de desnudar los pies, quitar los vendajes y prepararnos para dormir. Apenas eran las 16h y la alarma no sonaría hasta las 18h, que nos levantaríamos para cenar. Antes de acostarme, desde mi propio teléfono, que era el único medio con el que podía escribir, quise inmortalizar la anécdota de la
avalancha que habíamos presenciado por la mañana. Y entonces sí, una vez registrada en la memoria de mi dispositivo, segunda siesta del día. Tan productiva y del tirón como la primera. Sabía que por la noche me costaría más dormir, pero tenía la sensación de que ya había acumulado al menos el descanso imprescindible para afrontar la etapa decisiva. El descanso nos sentó especialmente bien a ambos, que nos levantamos encontrándonos mejor.
Sin darnos cuenta nos habíamos plantado en la fase final de un día que habíamos temido se hiciera excesivamente largo. Cenamos bien y bebimos lo suficiente. A mí me quedaban algo más de dos litros de los cuatro y medio con los que había llegado a la montaña. Eso, sumado a lo poco que le restaba a David, sería suficiente para las menos de 20 horas que nos quedaban en el macizo.
Dejamos todo listo para el día siguiente y nos acostamos en torno a las 21h, aunque a mí me costaría más dormirme. Calculo que lo hice cerca de las 23h. La última vez que abrí los ojos pasaban unos minutos de las 22h y aún entraba luz natural, aunque ya muy tenue. El gran día estaba a punto de llegar.
◖ PARTE 2 - LA CUMBRE ◗
Miércoles, 17 de julio de 2019.
A la 1:30 AM sonó la alarma al ritmo de “
Camals mullats”, de La Gossa Sorda. Costó tan poco levantarse como los días anteriores, aunque los nervios se respiraban en el ambiente. No hubo tiempo para un protocolario “buenos días” cuando ya estábamos preguntándonos cómo nos encontrábamos. Ambos estábamos bien, descansados y sin dolor ni molestia alguna en nuestras cabezas. Tomamos el desayuno como parte de la ascensión. Muy serios, como no acostumbrábamos, y por mi parte bastante ligero, para sentirme ágil y por cierto temor a que al cuerpo no le sentase bien cuando superáramos los 4.300 o 4.500 metros de altitud.
Sobre las 2:30 AM llegó uno de los momentos más importantes del día. Nuestros pies destrozados, con los talones en carne viva, debían ser mimados para ese último esfuerzo. David cubrió sus talones antes de introducir los pies en las botas y se ocupó también de los míos. Con absoluto éxito, debo reconocer. La noche anterior apenas podíamos caminar y teníamos auténtico miedo de que las heridas comprometieran la ascensión. Habíamos desayunado ya con el arnés puesto, así que nos pusimos las botas, los crampones, los guantes, el casco y nos encordamos. Antes de comenzar a andar David me dijo algo. Sinceramente, no recuerdo qué. Seguramente porque lo importante no eran las palabras sino el abrazo que las acompañaba. Eran las 2:52 AM y comenzaba nuestro asalto a la cima del Mont Blanc.
Recordamos las dos máximas que nos habían llevado hasta ahí: beber a cada hora en punto y avanzar a un ritmo cómodo. La primera parte de la ascensión no revestía mayor dificultad que el desgaste de una pendiente bastante vertical. Había huella abierta y bastaba limitarse a progresar a través de ella. Pese a tratar de ir a un ritmo cómodo con el que cuidar nuestras energías, nuestro ritmo de progresión estaba bastante por encima de la media, con lo que constantemente debíamos abandonar la huella para adelantar. A modo de anécdota debo decir que en un momento adelantamos a una sucesión de cordadas que se habían juntado. En ese momento estaba yo de primero de cordada, y David me sugirió que los adelantáramos. Al ser mucha gente no fue un adelantamiento fácil, y cuando lo terminamos yo estaba exhausto. David me sugirió que suavizara el paso para recuperar energías y yo no pude hacer otra cosa que reírme dado que no tenía fuerzas para nada que no fuera casi detenerme. Una vez nuestro ritmo cardiaco volvió a la normalidad seguimos ascendiendo por la pendiente hasta dejar a la izquierda el Dôme de Goûter y llegar al Col du Dôme (4.237 metros). Rebasando al ecuador del desnivel a alcanzar en la jornada, las sensaciones eran muy buenas, pero la euforia escasa. Todo iba muy bien y contábamos con que la altura en cualquier momento podría golpear. Llegar al refugio de Vallot (4.362 metros) significaba que menos de 500 metros nos separaban de la cima del Mont Blanc. A partir de aquí la empresa se iría complicando. Como toda la ruta al Mont Blanc por Goûter, técnicamente no era difícil. Pero si bien la concentración debía ser absoluta a lo largo de toda la ruta, de ahora en adelante haría falta un plus para minimizar riesgos. Al asomar a la arista oeste se respiraba la alta montaña en su más pura esencia. La belleza de un extraordinario sol rojizo que empezaba a asomar fue una de los contados comentarios que nos hicimos y que no iban referidos a la ascensión a cumbre. De cualquier manera, observar mínimamente ese bello amanecer fue un pequeño y fugaz lujo que nos dimos antes de seguir avanzando. Para ese entonces, un error mío ascendiendo el glaciar que me había llevado a salirme de la huella nos había llevado a cambiar el orden, habiendo pasado David a ser primero de cordada y conduciéndonos ya él hasta la cima. Con David al frente alcanzamos los 4.480 metros, momento en el que le dije que apenas nos quedaba un Peñón de Ifach para alcanzar la cima. De este modo y rebasados los 4.500 metros, pequeños síntomas de la altitud alcanzada comenzaron a manifestarse en el interior de mi cabeza. Progresé por la arista sin levantar la vista de la nieve, siguiendo el ritmo cómodo que imprimía David. Cada vez que la cuerda se tensaba yo avanzaba con el piolet y pie izquierdo primero, y con el bastón y pie derecho posteriormente; dejando que la cuerda volviera a destensarse y esperando un nuevo paso de David para repetir exactamente los mismos cuatro movimientos.
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David en la arista que conduce al Mont Blanc. Foto tomada a las 6:25 AM, descendiendo tras coronar.
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Eran muy pocas las cordadas que llevábamos por delante, y en todas ellas reconocíamos a algún guía con el que habíamos coincidido el día anterior en el refugio. David observó –yo no llegué a darme cuenta- que en muchos casos los guías tiraban de la propia cuerda para ayudar a clientes que estaban exhaustos. David y yo ascendíamos sin guía, por lo que recaía en nosotros toda la toma de decisiones -la aclimatación, la ruta, la estrategia, la longitud de la cuerda en cada tramo, el equipo y un largo etcétera- y las responsabilidades.
Físicamente seguíamos frescos y seguimos adelantando cordadas hasta que a las 6:05 AM enfilamos la explanada que tiene el Mont Blanc por cima. Recuerdo la piel absolutamente de gallina y una emoción que ahora, al escribirlo, me invade una vez más, aunque en mucha menor medida. David caminaba delante mía y éramos las únicas personas en la cima. Yo esperaba que en algún momento David se detuviera y se diera la vuelta, pero seguía avanzando, hasta que en un momento se giró y con una sonrisa me dijo “¿sabes dónde estamos, no?”. Nos fundimos en un abrazo una vez más, 3 horas y 13 minutos después de habernos abrazado al principio de la jornada. Habíamos alcanzado la cima y durante un par de minutos fue nuestra, hasta que dos cordadas se juntaron con nosotros ahí arriba.

Mi cabeza no pensó en nada en el momento de hollar la cima. Nada, al menos, ajeno al momento único e irrepetible que estaba viviendo. Tal vez algún día vuelva al Mont Blanc, pero no habrá otra primera vez en el emblemático pico de los Alpes. Alegría y felicidad son dos conceptos diferentes que tienden a ser confundidos. Entiendo la alegría como una sensación efímera, un estado de euforia que nos produce bienestar. La felicidad, sin embargo, no requiere estallar de júbilo. En la felicidad no hay euforia como tal, sino la sensación de hallarse en paz con uno mismo. Es, en resumidas cuentas, todo lo necesario para sentirse perfectamente bien. Y por eso es, generalmente, tan difícil ser feliz. Ahí arriba, a 4.810 metros sobre el nivel del mar, saboreé la felicidad. Mi cabeza no pensó nada más que saberse feliz, y lo hizo compartiendo un momento único con un amigo al que me une una amistad, se dice pronto, desde el siglo XX. El momento era inmejorable.
Por vez primera en la jornada sacamos la cámara e inmortalizamos un momento que, en esta ocasión, la cámara ha sido incapaz de reflejar. Las instantáneas en la cima tienen un significado muy especial para mí y atestiguan nuestra pequeña conquista, pero son otras muchas fotos de nuestra ascensión las que más logran aproximarse a la paz, tranquilidad, alegría o felicidad que nos fueron ocupando. En el techo de Europa occidental, reconozco, quizás no exprimí al máximo el mirador en que nos hallábamos. Y tampoco lo lamento. No deleitarme al 100% con las vistas que se posaban ante mis ojos es consecuencia directa de ese estado de felicidad que te llena al punto de no necesitar nada más.
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| David y yo en la cumbre del Mont Blanc. |