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jueves, 31 de octubre de 2019

Nirmal Purja y las reglas

Todo eso del Project Possible - 14/7 siempre me sonó muy comercial. Algo a lo que no estamos acostumbrados en el mundo del alpinismo. Los anuncios, el desafío... desde el comienzo, algo no sonaba bien. Aún así, sería de necios negar que la gesta de Nirmal Purja es extraordinaria. Lo es porque se sale de lo común. Y pese al oxígeno, las cuerdas fijas, las rutas escogidas o los helicópteros entre campamentos base es algo para lo que el 99,9999% de la población mundial no está capacitada. Evidentemente, Nirmal Purja tiene unas condiciones físicas sobrenaturales. Parte de la explicación se debe a la genética. Nació con ese don, pero desde luego que no es todo. Otra parte fundamental responde al trabajo del nepalí, que ha potenciado sus condiciones físicas hasta convertirse en un auténtico depredador de alturas. Y sumando a las grandes condiciones físicas de las que dispone una enorme capacidad de sacrificio y un esfuerzo tremendo Nirmal Purja holló el 29 de octubre la cima del Shisha Pangma, completando su reto de alcanzar la cumbre de los catorce ochomiles en siete meses. Necesitó únicamente 190 días.

Ahora bien, ¿sería Nirmal Purja el único capaz de hollar la cima de los catorce ochomiles en 190 días? No lo creo. Desde luego, no es un reto al alcance de cualquiera, pero la historia del alpinismo consta de una larga lista de nombres extraordinarios y muchos de ellos tienen potencial de sobra para aproximarse, igualar o rebajar las cifras del nepalí. Sin embargo, la ahora segunda mejor marca, por llamarla de alguna manera, pertenece al coreano Kim Chang-Ho, quien tardó siete años, diez meses y seis días entre 2005 y 2013. Unos números lejísimos de los que ha firmado Nims. ¿La razón? Sencillamente, nadie se plantea algo así. El cronómetro nunca fue un gran amigo del alpinismo, quien siempre se entendió mejor con el día y la noche o con las cuatro estaciones.

 El alpinismo es definido por el diccionario como un deporte. Sin embargo, el propio diccionario da una definición de deporte en la que no encaja el alpinismo, pues para considerarse deporte se exige que esté reglado. Es el eterno debate con mis amigos licenciados en Ciencias de la Actividad física y el Deporte. Desde luego, el alpinismo es un deporte particular. Y eso, lo vuelve más extraordinario si cabe. El alpinismo no tiene un reglamento como tal. He aquí la gran controversia. Existen, en todo caso, un conjunto de normas consuetudinarias por las que se rige. Es lo que se conoce como la «costumbre». Llevándomelo al área del Derecho, el Código Civil español, por ejemplo, establece que «la costumbre sólo regirá en defecto de ley aplicable» (art. 1.3). De una manera algo más enrevesada pero con idéntico significado, el Código Civil argentino regula que «los usos y costumbres no pueden crear derechos sino cuando las leyes se refieran a ellos o en situaciones no regladas legalmente» (art. 17). El alpinismo, como decía, no tiene un reglamento propio como los deportes al uso. Sin embargo, existe una gran cantidad de normas fruto de la costumbre que todos conocemos y que entendemos deben ser respetadas. ¿Puede ser que Nirmal Purja haya quebrantado esa costumbre? Yo creo que sí.   

© Nirmal Purja Project Possible Ltd
  
Debo decir que siempre me he mostrado partidario de que cada uno disfrute de las montañas, o las enfrente, como le plazca. No cuestiono si alguien elige montañas masificadas o desconocidas, el uso de oxígeno artificial, el empleo de cuerdas fijas, las rutas escogidas, las expediciones comerciales y un largo etcétera de condiciones y condicionantes. Todos somos capaces de distinguir los grados de dificultad y al fin y al cabo entiendo que una de esas normas consuetudinarias de la montaña consiste en rendir cuentas a uno mismo. Y qué mejor ejemplo que Denis Urubko saliendo en solitario a intentar la cima del K2 porque consideraba que el invierno terminaba el 28 de febrero. Para él, al margen de reconocimientos, habría logrado la primera ascensión invernal al K2 únicamente de haber hollado su cima antes de que concluyera febrero.

El problema de Nirmal Purja desde mi punto de vista no es que haya usado oxígeno artificial o que se haya valido de cuerdas fijas para ascender los ochomiles. ¡Faltaría más! Ni siquiera los desplazamientos entre campos base con helicópteros. La cuestión, en mi opinión, es que considero que ha roto las mencionadas normas consuetudinarias del alpinismo con el objetivo de entrar en la historia. Tras décadas y décadas de respetarse un estilo, o una serie de estilos, el nepalí ha encontrado el "vacío legal" en la forma de ascender. En un deporte tan sumamente extraordinario que relega los números a un segundo plano, ha encontrado en los números una vía para colarse en la historia. En el alpinismo, el fin no justifica los medios. Y menos si el fin es establecer un récord. 

miércoles, 31 de julio de 2019

[Crónica] Ascensión al Mont Blanc

GERMÁN EGUILIOR.-

◖ PARTE 1 - LA ESPERA ◗

Martes, 16 de julio de 2019.

El martes a las 8:43 AM llegamos al refugio de Goûter. Era el final de la cuarta etapa (sábado y domingo habíamos aclimatado en Gran Paradiso), pero nuestra sensación era que ahí comenzaba todo. Por delante, 18 horas a 3.835 metros de altitud antes de tratar de atacar los últimos 975 metros de desnivel que nos separaban de la cumbre del Mont Blanc.

8:03 AM. David y yo divirtiéndonos en el tramo final de la pared que une Tête Rousse con Goûter.

 La jornada, que había empezado a las 3:28 AM, había concluido su fase de ascenso. Sinceramente, nunca pensamos que entre Tête Rousse y Goûter hubiera nada que pudiera detener nuestro progreso. La lluvia de piedras en la «bolera» comenzó instantes después de que David y yo cruzáramos y no encontramos ninguna complicación significativa en nuestro camino a Goûter. Si bien, como no podía ser de otra manera, la pared que separaba Tête Rousse de Goûter iba acompañada de ciertos peligros, su ascensión no revestía una dificultad técnica especialmente complicada, y la presencia de cuerdas fijas mediante las cuales asegurarse aumentaba exponencialmente las posibilidades de éxito en ese segundo tramo. Una vez en Goûter teníamos por delante 18 horas en las que no sabíamos cómo responderían nuestros cuerpos. El plan estaba claro: comer y beber con frecuencia, dormir tanto como pudiéramos y dar un respiro a las heridas de nuestros pies. Ambos llevábamos dos etapas con los talones en carne viva y necesitábamos que las heridas se airearan hasta las 2 AM, cuando volveríamos a vendarlas para atacar la preciada cima. Pero, por economizar recursos, aguantaríamos todavía un par de horas con los vendajes del lunes. Nada más llegar a Goûter nos sentamos, comimos unos frutos secos y nos fuimos a dormir la primera siesta del día, desde las 11:00 hasta las 12:30. Entonces nos calzamos las botas y los crampones por segunda vez en la jornada y nos asomamos a la pendiente que, 15 horas después, nos pondría a prueba.

8:31 AM. Arista de Goûter, a escasos metros del que sería nuestro hogar durante 18 horas.

8:43 AM. Llegada al refugio de Goûter

 La vuelta al refugio sirvió para extender nuestras provisiones sobre la mesa e hincar el diente al queso que portaba David y a las ciruelas pasas y frutos secos que cargaba yo. El día apuntaba a ser largo, pero nada más lejos de la realidad. Ni siquiera hubo que prolongar en el tiempo una charla con la que matar las horas. Apenas terminamos de comer nos fuimos a descansar. Los primeros malestares habían llegado a nuestras cabezas. No era un dolor de cabeza especialmente grave, pero si una extraña sensación, al menos en mi caso, como si algo fluctuara en el interior de mi cráneo. Nada que una buena siesta no pudiera mejorar.



Llegó el momento de desnudar los pies, quitar los vendajes y prepararnos para dormir. Apenas eran las 16h y la alarma no sonaría hasta las 18h, que nos levantaríamos para cenar. Antes de acostarme, desde mi propio teléfono, que era el único medio con el que podía escribir, quise inmortalizar la anécdota de la avalancha que habíamos presenciado por la mañana. Y entonces sí, una vez registrada en la memoria de mi dispositivo, segunda siesta del día. Tan productiva y del tirón como la primera. Sabía que por la noche me costaría más dormir, pero tenía la sensación de que ya había acumulado al menos el descanso imprescindible para afrontar la etapa decisiva. El descanso nos sentó especialmente bien a ambos, que nos levantamos encontrándonos mejor.

Sin darnos cuenta nos habíamos plantado en la fase final de un día que habíamos temido se hiciera excesivamente largo. Cenamos bien y bebimos lo suficiente. A mí me quedaban algo más de dos litros de los cuatro y medio con los que había llegado a la montaña. Eso, sumado a lo poco que le restaba a David, sería suficiente para las menos de 20 horas que nos quedaban en el macizo.


Dejamos todo listo para el día siguiente y nos acostamos en torno a las 21h, aunque a mí me costaría más dormirme. Calculo que lo hice cerca de las 23h. La última vez que abrí los ojos pasaban unos minutos de las 22h y aún entraba luz natural, aunque ya muy tenue. El gran día estaba a punto de llegar.


PARTE 2 - LA CUMBRE ◗

 Miércoles, 17 de julio de 2019.

A la 1:30 AM sonó la alarma al ritmo de “Camals mullats”, de La Gossa Sorda. Costó tan poco levantarse como los días anteriores, aunque los nervios se respiraban en el ambiente. No hubo tiempo para un protocolario “buenos días” cuando ya estábamos preguntándonos cómo nos encontrábamos. Ambos estábamos bien, descansados y sin dolor ni molestia alguna en nuestras cabezas. Tomamos el desayuno como parte de la ascensión. Muy serios, como no acostumbrábamos, y por mi parte bastante ligero, para sentirme ágil y por cierto temor a que al cuerpo no le sentase bien cuando superáramos los 4.300 o 4.500 metros de altitud.

Sobre las 2:30 AM llegó uno de los momentos más importantes del día. Nuestros pies destrozados, con los talones en carne viva, debían ser mimados para ese último esfuerzo. David cubrió sus talones antes de introducir los pies en las botas y se ocupó también de los míos. Con absoluto éxito, debo reconocer. La noche anterior apenas podíamos caminar y teníamos auténtico miedo de que las heridas comprometieran la ascensión. Habíamos desayunado ya con el arnés puesto, así que nos pusimos las botas, los crampones, los guantes, el casco y nos encordamos. Antes de comenzar a andar David me dijo algo. Sinceramente, no recuerdo qué. Seguramente porque lo importante no eran las palabras sino el abrazo que las acompañaba. Eran las 2:52 AM y comenzaba nuestro asalto a la cima del Mont Blanc.

Recordamos las dos máximas que nos habían llevado hasta ahí: beber a cada hora en punto y avanzar a un ritmo cómodo. La primera parte de la ascensión no revestía mayor dificultad que el desgaste de una pendiente bastante vertical. Había huella abierta y bastaba limitarse a progresar a través de ella. Pese a tratar de ir a un ritmo cómodo con el que cuidar nuestras energías, nuestro ritmo de progresión estaba bastante por encima de la media, con lo que constantemente debíamos abandonar la huella para adelantar. A modo de anécdota debo decir que en un momento adelantamos a una sucesión de cordadas que se habían juntado. En ese momento estaba yo de primero de cordada, y David me sugirió que los adelantáramos. Al ser mucha gente no fue un adelantamiento fácil, y cuando lo terminamos yo estaba exhausto. David me sugirió que suavizara el paso para recuperar energías y yo no pude hacer otra cosa que reírme dado que no tenía fuerzas para nada que no fuera casi detenerme. Una vez nuestro ritmo cardiaco volvió a la normalidad seguimos ascendiendo por la pendiente hasta dejar a la izquierda el Dôme de Goûter y llegar al Col du Dôme (4.237 metros). Rebasando al ecuador del desnivel a alcanzar en la jornada, las sensaciones eran muy buenas, pero la euforia escasa. Todo iba muy bien y contábamos con que la altura en cualquier momento podría golpear. Llegar al refugio de Vallot (4.362 metros) significaba que menos de 500 metros nos separaban de la cima del Mont Blanc. A partir de aquí la empresa se iría complicando. Como toda la ruta al Mont Blanc por Goûter, técnicamente no era difícil. Pero si bien la concentración debía ser absoluta a lo largo de toda la ruta, de ahora en adelante haría falta un plus para minimizar riesgos. Al asomar a la arista oeste se respiraba la alta montaña en su más pura esencia. La belleza de un extraordinario sol rojizo que empezaba a asomar fue una de los contados comentarios que nos hicimos y que no iban referidos a la ascensión a cumbre. De cualquier manera, observar mínimamente ese bello amanecer fue un pequeño y fugaz lujo que nos dimos antes de seguir avanzando. Para ese entonces, un error mío ascendiendo el glaciar que me había llevado a salirme de la huella nos había llevado a cambiar el orden, habiendo pasado David a ser primero de cordada y conduciéndonos ya él hasta la cima. Con David al frente alcanzamos los 4.480 metros, momento en el que le dije que apenas nos quedaba un Peñón de Ifach para alcanzar la cima. De este modo y rebasados los 4.500 metros, pequeños síntomas de la altitud alcanzada comenzaron a manifestarse en el interior de mi cabeza. Progresé por la arista sin levantar la vista de la nieve, siguiendo el ritmo cómodo que imprimía David. Cada vez que la cuerda se tensaba yo avanzaba con el piolet y pie izquierdo primero, y con el bastón y pie derecho posteriormente; dejando que la cuerda volviera a destensarse y esperando un nuevo paso de David para repetir exactamente los mismos cuatro movimientos.

David en la arista que conduce al Mont Blanc. Foto tomada a las 6:25 AM, descendiendo tras coronar.

 Eran muy pocas las cordadas que llevábamos por delante, y en todas ellas reconocíamos a algún guía con el que habíamos coincidido el día anterior en el refugio. David observó –yo no llegué a darme cuenta- que en muchos casos los guías tiraban de la propia cuerda para ayudar a clientes que estaban exhaustos. David y yo ascendíamos sin guía, por lo que recaía en nosotros toda la toma de decisiones -la aclimatación, la ruta, la estrategia, la longitud de la cuerda en cada tramo, el equipo y un largo etcétera- y las responsabilidades.

Físicamente seguíamos frescos y seguimos adelantando cordadas hasta que a las 6:05 AM enfilamos la explanada que tiene el Mont Blanc por cima. Recuerdo la piel absolutamente de gallina y una emoción que ahora, al escribirlo, me invade una vez más, aunque en mucha menor medida. David caminaba delante mía y éramos las únicas personas en la cima. Yo esperaba que en algún momento David se detuviera y se diera la vuelta, pero seguía avanzando, hasta que en un momento se giró y con una sonrisa me dijo “¿sabes dónde estamos, no?”. Nos fundimos en un abrazo una vez más, 3 horas y 13 minutos después de habernos abrazado al principio de la jornada. Habíamos alcanzado la cima y durante un par de minutos fue nuestra, hasta que dos cordadas se juntaron con nosotros ahí arriba.



Mi cabeza no pensó en nada en el momento de hollar la cima. Nada, al menos, ajeno al momento único e irrepetible que estaba viviendo. Tal vez algún día vuelva al Mont Blanc, pero no habrá otra primera vez en el emblemático pico de los Alpes. Alegría y felicidad son dos conceptos diferentes que tienden a ser confundidos. Entiendo la alegría como una sensación efímera, un estado de euforia que nos produce bienestar. La felicidad, sin embargo, no requiere estallar de júbilo. En la felicidad no hay euforia como tal, sino la sensación de hallarse en paz con uno mismo. Es, en resumidas cuentas, todo lo necesario para sentirse perfectamente bien. Y por eso es, generalmente, tan difícil ser feliz. Ahí arriba, a 4.810 metros sobre el nivel del mar, saboreé la felicidad. Mi cabeza no pensó nada más que saberse feliz, y lo hizo compartiendo un momento único con un amigo al que me une una amistad, se dice pronto, desde el siglo XX. El momento era inmejorable.

Por vez primera en la jornada sacamos la cámara e inmortalizamos un momento que, en esta ocasión, la cámara ha sido incapaz de reflejar. Las instantáneas en la cima tienen un significado muy especial para mí y atestiguan nuestra pequeña conquista, pero son otras muchas fotos de nuestra ascensión las que más logran aproximarse a la paz, tranquilidad, alegría o felicidad que nos fueron ocupando. En el techo de Europa occidental, reconozco, quizás no exprimí al máximo el mirador en que nos hallábamos. Y tampoco lo lamento. No deleitarme al 100% con las vistas que se posaban ante mis ojos es consecuencia directa de ese estado de felicidad que te llena al punto de no necesitar nada más.

David y yo en la cumbre del Mont Blanc.


sábado, 27 de julio de 2019

[Reseña] Nanga | Simone Moro

GERMÁN EGUILIOR.-

 Debo decir que no soy un habitual de la literatura deportiva. Ya no. Lo fui en su día, donde hasta los 'veintitantos' me empapé de libros de deporte en general y de fútbol en particular. De cualquier manera, la literatura sobre alpinismo es diferente. Son, como norma general, relatos sobre historias reales que bien podrían confundirse con novelas. El último libro que había leído sobre alpinismo había sido «K2. El nudo infinito», de Kurt Diemberger, en septiembre de 2018.

El libro «Nanga» lo tenía en carpeta desde hacía un par de años. De hecho, pretendía leerlo antes que aquel de Kurt Diemberger sobre la tragedia del K2 de 1986, pero el visionado de un espectacular documental (link) sobre la catástrofe del K2 en 2008 durante el verano pasado me hizo revolver en la historia del K2 y desear leer el relato sobre la otra gran desgracia del 'Chogori'.

Antes de hablar sobre el libro quiero decir que, si has llegado a estas líneas, además de que lo agradezco, no esperes una reseña libre de 'spoilers'. No me imagino a nadie leyendo este relato sin conocer, en líneas generales, qué ocurrió en el Nanga Parbat durante la temporada invernal de 2016. Asimismo, me gustaría destacar las razones que me llevaron a querer leer este libro. Una de las historias de montaña que más me fascinan fue la ascensión invernal al Nanga Parbat lograda por la expedición que conformaban Álex Txikon, Ali Sadpara, Tamara Lunger y el propio Simone Moro en febrero de 2016. En el momento de lograrlo, 12 de los 14 ochomiles ya habían sido ascendidos en la temporada invernal, restando solo el K2 y el Nanga Parbat, ambas en la cordillera del Karakórum. El alpinista italiano que relata y protagoniza esta historia era ya todo un experto en primeras ascensiones invernales, habiendo protagonizados las primeras ascensiones en la temporada más fría las cimas del Shisha Pangma (2005), Makalu (2009) y Gasherbrum II (2011). Mucha culpa tuvo de que me enamorara de la historia el exfutbolista Michael Robinson, quien presenta uno de los programas deportivos más interesantes de la televisión, y en Informe Robinson relató con maestría aquella primera ascensión invernal al Nanga Parbat (link). El protagonista de aquel documental fue Álex Txikon, aunque también participaron Simone Moro y Tamara Lunger. He visto el reportaje en innumerables ocasiones y desde entonces nunca he dejado de leer artículos y entrevistas publicados tanto durante la expedición como posteriormente. Por tanto, un libro sobre aquella histórica conquista contado por uno de sus protagonistas no había manera de que no deseara leerlo.
 
El libro está estructurado en capítulos muy cortos (86) de no más de dos o tres páginas por norma general, que hacen su lectura muy amena. Y, sobre todo, que facilita a posteriori el repaso a lo que, anuncio ya, me ha parecido un libro fantástico. El alpinista de Bérgamo introduce el libro contando cómo despertó su pasión por la «montaña asesina» y dejando claro que su estilo no se deja llevar por el "qué" sino por el "cómo". Algo que quien ha seguido mínimamente al italiano no puede dudar. Una vez introducido el lector a la montaña, Simone divide su libro en tres partes bien diferenciadas: el primer intento, el segundo y el tercero y definitivo. Como no podía ser de otra manera, los dos primeros intentos no dejan de conformar una especie de prólogo sobre el triunfo que compartieron Ali, Alex, Simone y Tamara en 2016. Y es que, después de leer el libro, me resulta imposible no incluir a Tamara Lunger en este cuarteto de triunfadores.

Simone Moro introduce magistralmente al lector entre las laderas del Nanga Parbat, haciéndole sentir incluso las gélidas temperaturas de la «montaña desnuda». La primera parte versa sobre el intento que acometieron Denis Urubko y Simone Moro, quienes juntos lograron las primeras ascensiones invernales al Makalu y Gasherbrum II. En el Nanga Parbat el tiempo no acompañó tal y como había vaticinado Karl Gabl, en quien el lector tendrá una sensación de confianza plena tras leer las hojas escritas por el alpinista italiano. Aquella vez, en 2012, no hubo más remedio que retirarse habiendo alcanzado una cota de 6600 metros. El segundo intento narra la acometida de Simone Moro junto a David Göttler, que tenía lugar un año después de los ataques terroristas que en el campo base del Nanga Parbat costaron la vida a 11 alpinistas en 2013.

La parte más interesante es, a mi criterio, aquello relacionado con el tercer intento. Y supongo que lo mismo pensará el autor, habida cuenta que ese intento con cumbre incluida es la auténtica razón por la que existe este libro. Es en la página 103 del libro publicado por Ediciones Desnivel cuando por fin aparece el nombre de Tamara Lunger y piensas "ahora empieza lo bueno". Fue la espectacular ascensión sin oxígeno de la sudtirolesa al K2, en el año 2014, lo que llamó la atención del reconocido ochomilista, quien contactó con Tamara para aunar fuerzas. Desde mi punto de vista, como lector, ha sido especialmente interesante conocer toda la intrahistoria entre los dos alpinistas italianos ya que, hasta la fecha, había conocido esta expedición con el foco puesto sobre Álex Txikon y, por tanto, no es hasta el final de la aventura en la «montaña asesina» cuando se unen ambas cordadas. De esta manera, me resultó especialmente interesante conocer en voz de su protagonista el intento por la vía Messner, que no se dejaría vulnerar, y que obligaría a la cordada italiana a cambiar de estrategia. La invitación de Txikon para unirse a la acometida por la Kinshofer configura la cordada que hollaría posteriormente la cima y que todos conocemos.

Tras la desgraciada muerte de Daniele Nardi este año, precisamente en el Nanga Parbat, cuando hacía un intento invernal por el espolón Mummery, se vuelve un poco extraña y triste toda la parte referida a los desencuentros de Nardi con Txikon y Moro, y da un poco de luz del asunto teniendo en cuenta siempre que son palabras de Simone Moro, uno de los involucrados. No vale la pena que yo profundice sobre esto, pues de nada sirve mi interpretación de unos hechos que ya he leído condicionado por la opinión de uno de los protagonistas.

En todo caso, y aunque la unión estuvo a punto de no producirse, el bergamasco y la sudtirolesa se unieron a la expedición que lideraba Álex Txikon. Ellos tres y Ali Sadpara configurarían el equipo de cuatro alpinistas, habiéndose marchado Daniele Nardi, que intentaría hollar la cima del Nanga Parbat en invierno. El relato del trabajo en equipo emociona y las noticias de Karl Gabl sobre la ventana de buen tiempo dibujo una sonrisa esperanzadora al lector, que se convence de lo que ya sabe: se puede llegar a cima. El mal estado físico de Tamara Lunger en el día de cumbre, que se encontraba afectada por el comienzo del ciclo menstrual, impidió que se convirtiera en la primera mujer con una primera ascensión invernal a un ochomil. Quizá sea eso el toque amargo que embellece la historia hasta convertirla en casi perfecta. Ese dolor que te deja que la sudtirolesa no hollara la cima. De cualquier manera, después de leer el libro se hace difícil dejar a Tamara fuera del exitoso equipo que hizo historia, pues se entiende que su aporte fue absolutamente determinante para que la empresa llegara a buen puerto.

Simone Moro decidió no solo poner su nombre sino escribir él mismo su libro, lo cual me parece la única opción válida para alguien que firma un escrito. Lo hace además con un estilo muy agradable para el lector, el cual se ve inmerso en el Nanga Parbat desde el primer momento. A todo aquel que alguna vez haya empuñado un piolet y caminado con crampones le recomiendo su lectura. Al que no esté tan próximo al mundo de la montaña no se lo recomiendo, pues probablemente le aburriría y no se acercaría al precioso mundo de las arrugas de la tierra. A ellos les invitaría a que vieran el documental de Informe Robinson, «Invierno en el Nanga Parbat», que habla sobre la misma historia que el libro de Simone Moro.


PD: Si alguien va a comprar el libro, le sugiriría que no lo hiciera en ninguna gran web que al día siguiente te lo entrega en casa. Que se acerque a una librería de su pueblo o ciudad y se lo encargue a la quiosquera o quiosquero. Quizás tarde unos días en recibirlo, y si tiene mala suerte una semana, pero estará contribuyendo a una economía más sostenible y ayudando a una trabajadora o trabajador que seguramente lo necesita mucho más.

miércoles, 17 de julio de 2019

Avalancha

GERMÁN EGUILIOR.-

 Mont Blanc. Martes, 16 de julio de 2019.

3:28 a.m. Llevo ya un rato dando vueltas y David abre los ojos. Me pregunta si es hora de levantarnos. Aún quedan dos minutos, pero técnicamente sí. Nos preparamos, desayunamos y salimos de Tête Rousse. A lo lejos se ve el Refugio de Goûter, pero la conocida «Bolera» del Mont Blanc y una vertiente de rocas se interponen en el camino. El mal agudo de montaña es siempre una amenaza, por lo que fijamos una norma: cada hora en punto paramos a beber. Sí o sí. Así llegan las 6 a.m. cuando nos detenemos a reponer líquido. De repente oímos un estruendo espectacular. Yo sugiero que puede ser un helicóptero que está llevando a cabo un rescate. David cree que es el glaciar que hemos dejado atrás, que está fragmentándose y dando lugar a una de las peores amenazas: las grietas. Entonces nos giramos y vemos que no hemos acertado ninguno de los dos. Detrás nuestra, a lo lejos, afortunadamente, la nieve y las rocas se precipitan, levantándose una nube de nieve que va ocultando la propia ladera. El ruido verdaderamente asusta. Uno no quisiera estar cerca de ahí. Es difícil pensar en algo tan bello a la par que aterrador como una avalancha. Goûter nos espera. Guardamos el agua y seguimos camino.

Foto tomada por David en la pared desde la que contemplamos la avalancha