En las últimas elecciones solo la división del voto de la derecha
tradicional brindó a la izquierda y al PSOE la opción de formar un
Gobierno que, por otra parte, dudo que tuviera opción alguna de
llevarnos a buen puerto. Tal vez, alguna mejora con cuentagotas como la
subida del SMI, que sigue distando sobremanera de las condiciones
laborales de un país que quiere ser primer mundo. En definitiva,
destellos aislados de la sociedad que alguna vez anheláramos ser.
Mientras la derecha
ha afrontado por sistema los comicios desde el pragmatismo, la
izquierda ha solido pecar de un idealismo que junto a la Ley d'Hondt ha
sentado las bases de su derrota en el juego de las urnas. Parece mentira
y en cierto punto goza de cierta ironía que la derecha sea capaz de
aunar fuerzas en pos del interés de su clase mientras la izquierda
avanza -o retrocede- de la mano de la continua escisión.
No sé quién ha empujado a Íñigo Errejón a presentarse a las Elecciones
Generales, pero el correctivo de Vistalegre II es un trauma que, a la
vista está, no ha superado todavía y que ahora azotará a la izquierda.
No tengo dudas de que la derecha aprenderá de sus errores y aglutinará
sus votos en el partido que fundó el ministro franquista al que hace
siete años se despedía con honores. Mientras tanto, la pataleta de un
Íñigo Errejón que estaba para grandes cosas y termina aceptando el rol
de títere fragmentará más si cabe el voto de la izquierda. El inminente
fracaso de la izquierda ni siquiera se cuestiona. "Divide y vencerás" se
aplican una y otra vez. La pregunta es, ¿quién mueve los hilos del
pequeño imberbe?
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