viernes, 27 de enero de 2017

Caer y levantarse

Son más de 700 victorias y 150 derrotas en el circuito. Ya conoce todas las sensaciones, pero algunas hace tiempo que han quedado atrás. Un incombustible Nadal patina sobre la tierra batida del Foro Itálico para desquiciar a un Guillermo Coria que no encuentra lugar al que no pueda llegar para devolverle la pelota una vez más. Un atrevido joven de 22 años recién cumplidos desafía a Roger Federer en la Centre Court de Wimbledon para, ahora sí, quitarle el cetro al maestro de maestros. Hemos visto una y otra vez una derecha abierta que cae como un tomahawk bautizando ángulos desconocidos. Ese 'banana shot' made in Manacor capaz de hundir la moral del mismísimo Novak Djokovic. Y el puño apretado acompañado de una rodilla que sube a la altura del rostro del único tenista que junto a Andre Agassi puede presumir de haber ganado el Golden Slam. Atrás quedaron esas sensaciones de imbatibilidad forjadas a partir de 81 victorias consecutivas sobre una misma superficie para dar paso a un mundo desconocido. La impotencia, la inseguridad de qué pasará cada vez que saltaba a la pista son los recuerdos más recientes. Un revés cortado que se queda a mediapista en forma de harakiri. Un servicio indolente que hacía mirar con nostalgia la videoteca de los US Open 2010 o 2013. Unas piernas lentas incapaces de hacer de la línea de fondo un fortín. El imbatible Rey de la tierra hinca la rodilla ahora una y otra vez sobre el polvo de ladrillo. Pero no se rindió. Y tocó sufrir. Nadie sabe sufrir como el Rey de la tierra batida. Un paso adelante para restar y más peso en la raqueta para golpear más agresivo. Si el segundo saque era seña de identidad, Nadal se presenta en Australia con un primer saque para dominar los juegos al servicio. Y ahí vimos al combativo de Nadal de siempre, porque eso nunca lo perdió, con armas para salir a matar. Cayó Zverev, cayó Monfils y ha caído Raonic. Nadie podría volver del abismo si no se llama Rafael Nadal Parera. Una capacidad de sacrificio jamás antes vista y una cabeza robusta como una roca es el cóctel perfecto para no morir jamás. El mejor competidor de la historia de este deporte está en semifinales de un Grand Slam después de 965 días. Ganar es secundario. Sólo hay una cosa mejor que ver ganar a Rafael Nadal y es verle competir. Faltan nueve horas para que salte a la pista buscando una final en la que espera Federer. La vida se lo debe al tenis. Vamos, Rafael.

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