A esta situación tremendamente crítica solo ha sido posible llegar con el
consentimiento de la ciudadanía. Una sociedad que se ha limitado a
observar impasible como sus derechos eran recortados día tras día
mientras clamaba al cielo por lo que, los que les recortaban sus
derechos en España, les decían que ocurría en Venezuela. Nunca he creído
en España como el “Estado social y democrático de Derecho” que proclama
el artículo 1 de la Constitución. Pero, por una época, llegué a pensar
que estábamos lo suficientemente lejos de la España de posguerra. Cuanto
más tiempo pasa y más indiferentes nos mostramos ante cada puñalada
asestada a nuestros derechos, más nos acercamos a la España a la que, en
teoría, nadie quiere volver. El color de la papeleta hizo que,
increíblemente, los que presumen de demócratas se posicionaran a favor
de encarcelar a los titiriteros por una obra de teatro. Cuando
estudiábamos el Franquismo nos hablaban de la censura palpable en las
letras de Cecilia, Luis Eduardo Aute o Paco Ibáñez. En el Siglo XXI, en
plena era de las comunicaciones, te mete entre rejas un maldito tuit.
¡Qué mal vamos!
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