A lo largo del día de hoy he leído de todo para referirse a él, pero
no sé si se ha inventado ya el adjetivo que califica con precisión a un
impresentable como Mauro Zárate. Un tipo que eligió quién sabe qué en
lugar del cariño de una hinchada incondicional que le abrió los brazos
cada vez que volvía a casa tras fracasar en sus periplos por el mundo. Y
en Vélez, al César lo que es del César, su rendimiento siempre fue
bueno; pero eso solo era un agregado a la hora de devolver el cariño a aquel que había jurado amor eterno a la institución que siempre le había dado todo.
Aquel recibimiento a Mauro en Ezeiza, antes de iniciar su tercera etapa
en Vélez, me sigue emocionando a día de hoy y sigo estando
tremendamente orgulloso de aquello. No por él, por nosotros, o más
propiamente dicho, por vosotros. Cuando aparece el desagradecido
entonando el «Todos los momentos que viví...» se me dibuja una sonrisa
de decepción, fruto de la pena que me genera que, después de toda una
vida, no haya sido capaz de entender qué significa esta institución.
Muchas veces traté de encontrar una explicación a su paso a Boca entendiendo que, si las razones eran económicas, podía haberlo hecho mucho antes. Y que, con 31 años bien entrados, tenía que haber una verdadera razón de peso para faltar a la fidelidad del más sincero de los amores. He sentido cierta suerte de vergüenza ajena al ver las imágenes de Zárate celebrando con euforia un tanto en una tanda de penaltis, o metiendo con calzador un "pasó el equipo grande" cuando nadie le preguntó; desafiando a los que estuvieron siempre y queriéndose ganar ahora a una hinchada que ha disfrutado de los jugadores más ganadores de América Latina. El hincha de Boca no necesita que le digan que su equipo es grande, al hincha de Vélez no le puede ofender lo que diga este ingrato y Mauro Zárate sigue igual de perdido que cuando ponía morritos frente al espejo o cuando hacía el saludo nazi junto a los 'tifosi' de la Lazio.
Muchas veces traté de encontrar una explicación a su paso a Boca entendiendo que, si las razones eran económicas, podía haberlo hecho mucho antes. Y que, con 31 años bien entrados, tenía que haber una verdadera razón de peso para faltar a la fidelidad del más sincero de los amores. He sentido cierta suerte de vergüenza ajena al ver las imágenes de Zárate celebrando con euforia un tanto en una tanda de penaltis, o metiendo con calzador un "pasó el equipo grande" cuando nadie le preguntó; desafiando a los que estuvieron siempre y queriéndose ganar ahora a una hinchada que ha disfrutado de los jugadores más ganadores de América Latina. El hincha de Boca no necesita que le digan que su equipo es grande, al hincha de Vélez no le puede ofender lo que diga este ingrato y Mauro Zárate sigue igual de perdido que cuando ponía morritos frente al espejo o cuando hacía el saludo nazi junto a los 'tifosi' de la Lazio.
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| Foto: Goal.com |

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