martes, 4 de agosto de 2020

Rey a la fuga

Claro que se me escapa una ligera sonrisa cuando los imagino agazapados detrás de su propia ingenuidad. Una ingenuidad que, ni por asomo, es capaz de ocultar un secreto a voces: su imbecilidad, que es mucho más grande. Lo sabían todos menos ellos mismos. Y no es que me sienta ganador, qué va. Nosotros no ganamos nunca ni vamos a hacerlo ahora. Y no pretendo tampoco ahondar en la herida. Sonrío con cierta conmiseración, pues su desdicha de hoy es la de todo un pueblo a lo largo de los, al menos, últimos cincuenta años.

Hace poco menos de diez años que, con la misma escasa credibilidad que hoy, quien en 1969 fuera nombrado por Franco su sucesor a la Jefatura del Estado hacía suyas estas palabras que alguien había escrito para él en el tradicional —a la par que esperpéntico— discurso de Nochebuena:

«Todos, sobre todo las personas con responsabilidades públicas, tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar. Cuando se producen conductas irregulares que no se ajustan a la legalidad o a la ética es natural que la sociedad reaccione. Afortunadamente, vivimos en un estado de derecho y cualquier actuación censurable deberá ser juzgada y sancionada con arreglo a la ley. La justicia es igual para todos».

El rey emérito huye. Y que nadie hable de exilio. Exilio fue, por ejemplo, lo de Antonio Machado cuando los amigos de Borbón se adueñaron del Estado. Juan Carlos de Borbón huye cobardemente, abrazando una miserable fuga con la complicidad de la justicia española, cuando los escándalos de corrupción han asfixiado la reputación que nunca se ganó. Que la justicia no era igual para todos ya lo sabíamos, así que no esperábamos ahora que se le retiraran ni el pasaporte ni la impunidad con la que se paseó por una Transición que todavía no sabemos hacía dónde transita.

No se necesitaba todo este escándalo para desenmascarar a Juan Carlos de Borbón. Bastaba observar el proceso que lo puso al frente de la Jefatura del Estado, su comportamiento público cada vez que se nos permitía y quiénes estaban de su lado. Todo este enredo sirve, como mucho, para que los últimos ingenuos se debatan entre morir negando la evidencia o confesarse imbéciles frente a su gente. La primera opción es ridícula, pero imagino que es la más cómoda. Por otra parte, intuyo que ante la segunda pueden surgirle a uno infinidad de preguntas mientras imagina una diversidad de escenarios donde su estupidez es puesta en evidencia. Supongo que se encuentran en este grupo aquellos que alguna vez dijeron «no soy monárquico, sino juancarlista», otrora mil veces repetida y que hoy sonrojaría a quien osara pronunciarla. Tranquilícense y digieran la situación con normalidad: el resto siempre supo de su imbecilidad suprema. 


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