Me he ido a dormir pasadas las 2 a. m. sin haber tenido tiempo en todo el día para pensar en Diego Armando Maradona. He puesto la radio y ha empezado a sonar la voz de «El Diego». Se me ha hecho un nudo en la garganta y apenas unos segundos después he roto a llorar. Y agradezco la tristeza que siento en estos momentos.
No tuve la suerte de nacer en suelo argentino, pero me he sentido argentino cada día de mi vida. Desde niño y hasta que obtuve la nacionalidad quería ser argentino como dos personas: mi madre y Diego Armando Maradona.
Si de algo me alegro ahora mismo es de que Maradona haya vivido su vida entera importándole un carajo lo que pensáramos los demás. Y en este «los demás» me incluyo a mí mismo, que en algún momento —con la formación que me facilitó crecer en el seno de una familia con recursos suficientes— me atreví a juzgar a un tipo que había crecido en la miseria.
Estas lágrimas son el más sincero homenaje que puedo darle a un tipo de barrio que hizo feliz a mi gente. Y el que crea que Maradona no es ejemplo de nada aún no entendió el valor de la lealtad. Un tipo que, pese a todo, siempre estuvo del lado de los pobres. No soy quién para perdonarte nada, pero si lo fuera, te perdonaría todo.
Hasta siempre, Diego.
| Yo en el estadio de Newell's, antes de un Newell's-Vélez (2010) |
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