Mostrando entradas con la etiqueta complejo educativo de cheste. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta complejo educativo de cheste. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de septiembre de 2015

Cheste: diez años después

Hoy hace 10 años que Cheste puso en mi camino a algunas de las personas más importantes de mi vida. Pudo haber sido una etapa pasajera, pero no sé qué tiene que a nuestro cuarto de siglo ya superado pensamos casi unánimemente que fue la mejor etapa estudiantil de nuestras vidas. Madrugamos, estudiamos -quizás copiamos más que estudiamos-, comimos y cenamos en un comedor cinco días a la semana, entrenamos, compartimos alegrías y frustraciones... con 15 o 16 años, casi sin saberlo, nos convertimos en una familia y por eso hoy somos lo que somos.
El instinto de supervivencia nos enseñó a asaltar juntos el cuarto de la merienda o el papel higiénico. Bendito papel higiénico, seco o mojado. A trabar la habitación con una silla. A atrincherarnos. A rebelarnos, con portazos, pirotecnia o lanzando tubos. La guerra es la guerra. Y encubrirnos. Qué bonito fue encubrirnos. Ahí estábamos todos, a las 3am en el hall, sin decir una palabra sobre quién había lanzado ese petardo. Y los interrogatorios. Qué fácil hubiera sido ser chivato. Y ahí íbamos, pasando uno por uno por el despacho del educador. Las madrugadas de estudio. El compañerismo. Es brutal que nos quedáramos hasta las 3am o 4am para explicarnos entre nosotros las dudas de los exámenes. O para reírnos de los que tuvieran examen de Latín, que también vale. Reírnos. Esa fue la clave. Sólo así nos podía gustar levantarnos un lunes a las 6am para subirnos tres horas a un autobús. Sólo así nos podía gustar ir a clase. Pero si era mejor de lunes a viernes que el fin de semana. Por eso daba igual levantarse cada mañana a las 6:45 con la radio a todo volumen y con las luces deslumbrándonos los ojos. Vale, reconozco que eso no daba igual. Por eso cortamos el cable del maldito altavoz y por eso lanzamos 58 tubos por la ventana. Y tantas otras que ya han prescrito.
Menos mal que no había móviles inteligentes. No sé cómo será aquello hoy, pero muy lejos de lo nuestro. Afortunadamente, de lunes a viernes éramos nosotros y nadie más. No había WhatsApp ni Facebook para hablar con los de fuera. Por eso valía la pena el sacrificio de todo el día, por esa hora y media en terrazas o por las reuniones clandestinas desde que se apagaban las luces a las 23:00 hasta altas horas de la madrugada. Han pasado diez años y cada uno ha tomado un camino. En Cheste encontre el amigo que lo da todo, el que nunca falla. Ese del que hablan en las películas o los libros, pero que rara vez existe. Y no creo que sea casualidad que lo hallara en Cheste hace hoy diez años. Bendita etapa aquella y pobre de los que no han tenido la suerte de pasar por aquello. A veces escucho a gente hablar de la etapa universitaria y me compadezco de ellos pensando que desconocen lo que fue Cheste. Decían Los Rodríguez "diez años después quién puede volver atrás". Lamento no teneros a mi lado cada día a algunos de vosotros, pero me basta haberlo vivido, recordarlo con tanta claridad y que el mundo se pare cada vez que nos cruzamos. 
A ESTUUUUUUUDIO... CLAP, CLAP, CLAP... A E ESTUUUUUUUDIO...