Hoy hace 10 años que Cheste puso en mi camino a algunas de las personas más importantes de mi vida. Pudo haber sido una etapa pasajera, pero no sé qué tiene que a nuestro cuarto de siglo ya superado pensamos casi unánimemente que fue la mejor etapa estudiantil de nuestras vidas.
Madrugamos, estudiamos -quizás copiamos más que estudiamos-, comimos y cenamos en un comedor cinco días a la semana, entrenamos, compartimos alegrías y frustraciones... con 15 o 16 años, casi sin saberlo, nos convertimos en una familia y por eso hoy somos lo que somos.
El instinto de supervivencia nos enseñó a asaltar juntos el cuarto de la merienda o el papel higiénico. Bendito papel higiénico, seco o mojado. A trabar la habitación con una silla. A atrincherarnos. A rebelarnos, con portazos, pirotecnia o lanzando tubos. La guerra es la guerra. Y encubrirnos. Qué bonito fue encubrirnos. Ahí estábamos todos, a las 3am en el hall, sin decir una palabra sobre quién había lanzado ese petardo. Y los interrogatorios. Qué fácil hubiera sido ser chivato. Y ahí íbamos, pasando uno por uno por el despacho del educador. Las madrugadas de estudio. El compañerismo. Es brutal que nos quedáramos hasta las 3am o 4am para explicarnos entre nosotros las dudas de los exámenes. O para reírnos de los que tuvieran examen de Latín, que también vale. Reírnos. Esa fue la clave. Sólo así nos podía gustar levantarnos un lunes a las 6am para subirnos tres horas a un autobús. Sólo así nos podía gustar ir a clase. Pero si era mejor de lunes a viernes que el fin de semana. Por eso daba igual levantarse cada mañana a las 6:45 con la radio a todo volumen y con las luces deslumbrándonos los ojos. Vale, reconozco que eso no daba igual. Por eso cortamos el cable del maldito altavoz y por eso lanzamos 58 tubos por la ventana. Y tantas otras que ya han prescrito.
Menos mal que no había móviles inteligentes. No sé cómo será aquello hoy, pero muy lejos de lo nuestro. Afortunadamente, de lunes a viernes éramos nosotros y nadie más. No había WhatsApp ni Facebook para hablar con los de fuera. Por eso valía la pena el sacrificio de todo el día, por esa hora y media en terrazas o por las reuniones clandestinas desde que se apagaban las luces a las 23:00 hasta altas horas de la madrugada.
Han pasado diez años y cada uno ha tomado un camino. En Cheste encontre el amigo que lo da todo, el que nunca falla. Ese del que hablan en las películas o los libros, pero que rara vez existe. Y no creo que sea casualidad que lo hallara en Cheste hace hoy diez años. Bendita etapa aquella y pobre de los que no han tenido la suerte de pasar por aquello. A veces escucho a gente hablar de la etapa universitaria y me compadezco de ellos pensando que desconocen lo que fue Cheste.
Decían Los Rodríguez "diez años después quién puede volver atrás". Lamento no teneros a mi lado cada día a algunos de vosotros, pero me basta haberlo vivido, recordarlo con tanta claridad y que el mundo se pare cada vez que nos cruzamos.
A ESTUUUUUUUDIO... CLAP, CLAP, CLAP... A E ESTUUUUUUUDIO...