GERMÁN EGUILIOR.-
«Te entiendo, pero no mucho». «Lo siento, pero no tanto». «Me duele, pero poco tiempo». Y así, cada conjunción adversativa viste de insensibilidad a una especie que rehúye al dolor, sabiéndose incapaz de lidiar con él. En un mundo achacoso se suceden las tragedias y el ser humano se acoraza una y otra vez, temiendo quién sabe qué, y mostrando ante cada una de ellas su pobreza moral. Únicamente en ocasiones muy concretas un hecho puntual, por alguna razón, se adhiere a nuestras retinas y nos impregna de dolor, aunque sea momentáneo.
«Te entiendo, pero no mucho». «Lo siento, pero no tanto». «Me duele, pero poco tiempo». Y así, cada conjunción adversativa viste de insensibilidad a una especie que rehúye al dolor, sabiéndose incapaz de lidiar con él. En un mundo achacoso se suceden las tragedias y el ser humano se acoraza una y otra vez, temiendo quién sabe qué, y mostrando ante cada una de ellas su pobreza moral. Únicamente en ocasiones muy concretas un hecho puntual, por alguna razón, se adhiere a nuestras retinas y nos impregna de dolor, aunque sea momentáneo.
Ha sido el caso de la terrible imagen de Valeria y Óscar, cuyos cuerpos yacían inertes en el Río Bravo. Porque, mientras unos esquivamos el dolor, otros huyen de la miseria. La imagen irremediablemente nos recuerda a la de Aylan, el niño sirio que unos años atrás golpeó nuestra conciencia desde la costa de Turquía y que también, de manera fugaz, caló en lo más profundo de nuestras miserias. ¿Qué cambió entonces? ¿Y qué cambiará ahora?
Observamos el hecho, respiramos profundo, nos duele fugazmente y seguimos camino. Estamos tan habituados a transitar entre la desgracia ajena que casi nos hemos inmunizado por completo. Casi nada duele. Casi nada cala. Casi nada llega. La evolución nos ha puesto en un punto en el que la empatía tiene más tintes de defecto que de virtud. Empatizar se ha tornado signo de debilidad para una especia a la que nada importa más allá del «yo».
Quizá el dolor por la tragedia de Valeria y Óscar debiera hacernos pensar antes de abandonarnos una vez más, pero me temo que, definitivamente, el ser humano ha perdido. No hay resquicios para la humanidad. No cambió nada entonces y nada cambiará ahora.
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| Imagen: @rodriguezmonos |
