Me cuesta asumir que en plena era de las comunicaciones y teniendo
cualquier suceso al alcance de un clic de ratón, el primer partido
político de la historia imputado (ahora investigado) por corrupción siga
siendo el más votado elección tras elección. Ya no es que la separación
de poderes de la que Rajoy presume no exista y que el Poder Judicial se
encuentre sometido casi en su totalidad al ejecutivo -lo que permite a
esta cuadrilla de corruptos campar a sus anchas-, es que el pueblo se
debate entre lo ignorante y lo pasivo. Aquí nos indignamos si Amaia no
gana Operación Triunfo o si Piqué dice que el Espanyol está desarraigado
de Barcelona, pero nos da igual que Rosa muera en un incendio en su
vivienda como consecuencia de que le hayan cortado la luz. Nos hemos
acostumbrado a eso, a que la gente no tenga casa, a que no tenga
trabajo, a que no tenga futuro y a que desde el Congreso se gobierne
contra el pueblo. Maldita Ley Orgánica 4/2015. No nos importa que
condenen a una persona por subir a Instagram una imagen de Cristo en la
que cambia el rostro del hijo de la paloma por la suya propia, que
condenen a una estudiante de Historia por hacer chistes sobre Carrero
Blanco o que haya artistas condenados a prisión por denunciar en sus
canciones la corrupción y las injusticias sociales que nos ocupan en
estos tiempos. No nos importa, siquiera, que el nombre del presidente
del Gobierno aparezca en los papeles de Bárcenas. Tristemente, toda esta
información a la que tan fácil acceso tenemos ha servido solo para que
normalicemos la corrupción.
La España del presente celebra la aplicación
del artículo 155 CE mientras agita la bandera. Aunque no se agitaron
banderas al unísono para que se aplicara el artículo 14 CE cuando Pablo
Hasel o Valtonyc se sentaban en la Audiencia Nacional, o para que se
aplicara el artículo 47 CE cuando desahuciaban a Lidia y Santiago, y a
sus cuatro hijos. Nos maravillábamos cuando nos vendían la democracia
del ’78 viendo como Luis Eduardo Aute esquivaba la censura durante el
Franquismo, y sin embargo hoy hemos normalizado que una canción te lleve
a prisión. No nos movilizamos. No lo hacemos porque no nos importa. Si
total, no estaremos tan mal cuando con un sueldo podemos pagar el último
iPhone, y además encendemos la televisión y podemos ser iluminados por
Pablo Motos, Risto Mejide o Bertín Osborne. Y en YouTube Álvaro Ojeda,
referente cibernético.
¿Qué más da que los chavales de Altsasu lleven
451 días en la cárcel si ni siquiera sabemos qué pasó en Altsasu? ¿Qué
más da que hayan pasado ya 1912 días desde la última huelga general en
España? ¿Acaso en estos más de cinco años ha habido alguna razón para
convocar otra? Y viva España, que es año de Mundial.
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