En 2015 Rafa Nadal firmó el peor año de su carrera. Tenía 29 años y la sensación era que, del mismo modo que había tenido un éxito prematuro, tendría una temprana retirada. Después de firmar el récord histórico al haber ganado al menos un Grand Slam durante diez temporadas consecutivas (2005-2014), en 2015 no pasó de cuartos de final en ninguno de los cuatro 'majors'. No pudo tampoco morder ninguno de los nueve Masters 1000 por primera vez en su carrera, lo que hacía de 2015 un año nefasto y se caía del Top 4 por primera vez en diez años.
Fue entonces cuando no quedó más remedio que cambiar el chip: el fin era inminente tras una brillante trayectoria. Recuerdo que le preguntaron si no contemplaba la opción de retirarse y dijo que no, que era feliz jugando a tenis y que mientras pudiera iba a seguir haciéndolo. Rafa iba a seguir y me prometí, únicamente, disfrutar de cada vez que Rafa saltara a pista a jugar a tenis.
Y así comenzaba el 2016, con un -otro- fracaso en Australia, cayendo en primera ronda contra Fernando Verdasco. Sin embargo, entre fracaso y fracaso, llegaba la gira de tierra y Nadal iba a abrir un paréntesis en Montecarlo para devolvernos el preciado sabor de la gloria grande. Disfruté ese Masters como si fuera el 15º Grand Slam. Recuerdo que me dije que no podía pedirle ya nada más a Nadal. Eso había sido tremendamente grande.
Nadal, que no había empezado mal Roland Garros, abandonaba por lesión su torneo sin saltar a pista en tercera ronda, cuando no había cedido ni un solo set y apenas había entregado nueve juegos en los dos partidos disputados. Dolía, especialmente, porque iba a ser el abanderado de la expedición española en 'Río 2016'. Algo que a mi, sinceramente, me importaba bastante poco. Pero sabía lo que significaba para él. Cuestión de empatía.
Finalmente, Rafa llegó a los Juegos Olímpicos. En una ciudad donde predomina el tenis sobre tierra batida, sorprendemente se instaló una superficie dura que en nada beneficiaba al 'King of Clay'. Expectativa ninguna, como podéis imaginar. Sin embargo Nadal mostró una de sus mejores versiones y, cuando ni siquiera teníamos claro si la lesión le permitiría competir, fue avanzando rondas tanto en la modalidad de dobles como en individuales. Contra todo pronóstico acabaría mordiendo su segundo oro olímpico, compartiendo foto con su amigo Marc López. ¡Oro olímpico un tío al que yo mismo había retirado!
Desde aquí la historia es sabida. El país volvió a prenderse al nadalismo. En Australia 2017 Nadal volvió a jugar una final (¡qué final!) de Grand Slam después de casi tres años. En Roland Garros 2017 Nadal volvió a ganar un Grand Slam poniendo fin a una sequía de tres años. En agosto de 2017 Nadal recuperaba el número 1 del mundo más de tres años después. En el US Open 2017 Nadal volvía a ganar otro Grand Slam. El 16. Y suponía su segundo 'major' del curso, algo que no lograba desde aquel maravilloso 2013. Rafa cerraba el curso en lo más alto del ranking por cuarta temporada de su, ahora sí, dilatada carrera.
Ya estamos en 2018 y Nadal juega por todo. Campeón en Montecarlo por undécima vez y en Roma por octava, hoy saltará a la Philipe Chatrier a jugar su décimo primera final de Roland Garros. Ganó las diez anteriores. Hoy, por primera vez, lo hará frente a Dominic Thiem. Para muchos el heredero. No tengo ni idea de qué va a pasar, pero me he jurado que voy a cumplir aquella promesa que hice en 2016: voy a disfrutar de verle, una vez más, saltar a la pista a jugar a tenis.

No hay comentarios:
Publicar un comentario