Nadie se escandaliza. En las calles la más absoluta normalidad: la
señora en la puerta que mira de reojo la bolsa de la compra del
viandante y el transeúnte que tira al suelo la cajetilla de tabaco al
terminarla. Y en esta categórica normalidad el PP, que gobierna en
España desde 2011, condenado como partido corrupto. Tampoco nos vamos a
sorprender, no es nada que no supiéramos. Igual que no necesitamos que
venga un meteorólogo a decirnos que llueve cuando el agua impregna nuestras
cabezas, las evidencias en los últimos años eran tales que no era
necesario desde un punto de vista moral que un juez nos dijera que el PP
era corrupto. Sí que lo era desde una perspectiva legal, pero nada va a
cambiar.
No espero ninguna repercusión significativa en este país de
impasibles. El poder de los medios de comunicación es a estas alturas
incuestionable y ya sabemos en manos de quiénes están. La ira ciudadana
se orienta hacia el exilio de Valtonyc y el deseo generalizado es que
ese maldito terrorista vuelva a España a cumplir su pena de prisión de
tres años por escribir y cantar canciones; así como a la casa de
Iglesias y Montero y el siempre recurrente asunto de Cataluña. De manera
residual un poco de atención para cuestionar las elecciones de
Venezuela en las que Maduro se ha vuelto a imponer, juzgando desde la
ignorancia en la democrática y transparente España, donde todo
trasciende dentro del marco de legalidad. Han condenado por corrupción
al partido que va a ganar las próximas elecciones. España es un
manicomio.