Martes, 17 de septiembre de 2013. Han pasado 140 días desde la última decepcion europea. Y van 12 consecutivas.
El Real Madrid salta al césped del Türk Telekom Arena donde no ha
ganado nunca, con un 4-2-3-1 que nada tiene que ver con el 4-3-3 que 249
días después presentaría en Lisboa. Es el estreno del Real Madrid en
competición europea bajos las órdenes de Carlo Ancelotti,
y la presentación oficial de Casillas en la temporada. Breve
presentación, pues a los 15 minutos se marcharía lesionado. El Real
Madrid no había ganado nunca al Galatasaray a domicilio, y se impone
contundemente con un 1-6 que parece sólo una goleada más a las que el
club está acostumbrado en los últimos años. Y así, la fase de grupos se
prolongó como un paseo para el Real Madrid. Un festival de exhibiciones
en el que barrió a turcos, daneses e italianos. Cumplido el trámite,
empezaba "la Champions en serio". A vida o muerte. Sin una fase de grupos que hace primar el marketing sobre la tradición eliminatoria de la Copa de Europa.
Y el sorteo fue generoso con un Real Madrid al que emparejó con el Schalke 04. Peligroso en otra época, tal vez. Pero este Real Madrid hacía ya tres años que había aprendido a competir, de la mano de José Mourinho.
Los fantasmas de octavos de final volaron del Bernabéu una noche de
marzo de 2011, cuando un 3-0 sobre el Lyon puso fin a siete años sin
superar una eliminatoria europea. Siete años muy largos que comenzaron
en una trágica noche en el principado monegasco, donde el Mónaco de
Morientes tumbó a un Real Madrid (2004) que ya no se levantaría. Juventus, Arsenal, Bayern, Roma, Liverpool y Olympique de Lyon
se fueron pasando el testigo con el que asestar un golpe mortal al Real
Madrid durante las siguientes seis temporadas. Pero esto había acabado
tres temporadas atrás, y los teóricos segundos de grupo habían dejado de
ser una amenaza para los de Chamartín. Así, un 1-6 en Gelsenkirchen fue
la estelar presentación de Benzema, Bale y Cristiano como
mejor ataque del continente. El Real Madrid liquidó la serie en
Alemania y el 3-1 de la vuelta sólo sirvió para poner fin a la temporada
de Jesé Rodríguez, jugador revelación hasta el momento.
Ya en cuartos de final,
se avecinaba una ronda impresionante con el mayor nivel futbolístico en
esta instancia que yo recuerdo. Los ocho primeros de grupo, todos
equipos potentes, no habían fallado en octavos y nos deparaban cuatro
choques que, perfectamente, cada uno de ellos podía haber sido la final
del torneo. El sorteo quiso de nuevo que la eliminatoria del Real Madrid
tuviera acento alemán, y le concedió la revancha ante el subcampeón de
Europa. El Borussia Dortmund de Klopp que un año atrás
le había privado -por tercer año consecutivo- de jugar la final. Un 4-1
en Dortmund que el Real Madrid se quedó a un gol de remontar en el
Bernabéu; pero si en 2011 desaparecieron los fantasmas de octavos, esa
noche llegó a Madrid el fantasma de semifinales. El Real Madrid
aprovechó la visita de un debilitado Borussia Dortmund que llegó a
Madrid sin varios de sus estandartes y encarriló la serie con un 3-0 que
le acercaba a semifinales. La vuelta debió ser un trámite, pero dos
errores en la primera parte dejaron al Borussia Dortmund a un gol de
empatar la eliminatoria. Al Real Madrid le tocó sufrir y resultó clave
un Casemiro que saltó al Signal Iduna Park vestido de Fernando Redondo para
evitar la tragedia. El Real Madrid no supo competir sin su líder y
pareció quedarle grande el torneo. Pero cuando no sabes competir queda
resistir. Y lo hizo. Con la cuota de suerte que necesita un campeón para
levantar el título. La que años atrás le había sido esquiva.
Las semifinales tenían al Bayern,
vigente campeón, como principal amenaza en el sorteo. Y el azar,
entusiasmado con los rivales teutones, lo emparejó con el Real Madrid.
Se presentaban aquí los fantasmas de semifinales que habían sido
gestados en tres malos partidos de ida durante las últimas temporadas.
Un 0-2 del Barcelona en el Bernabéu, y dos derrotas por 2-1 y 4-1 ante
Bayern y Dortmund respectivamente. Al Real Madrid se le había
atragantado la ronda que decide quién pelea por la gloria y quién
comparte el podio. El poco nivel competitivo del Real Madrid en Dortmund
sumado a que el Bayern era el principal favorito al título auguraba una
complicadísima eliminatoria, poco esperanzadora para el Real Madrid. El
equipo bávaro ya había vencido 4-0 y 0-3 al Barcelona en las
semifinales del año anterior. La ausencia de Bale pudo ser la derrota
casi segura del Real Madrid en el Bernabéu, pero terminó siendo el
inicio de una serie histórica. Y lo fue porque Ancelotti pasó del
asentado 4-3-3 a un 4-4-2 con Isco y Di María
muy implicados en defensa. Dos líneas muy juntas que dieron una total
solidez defensiva al Real Madrid, que supó eclipsar al equipo de
Guardiola para mantener el cero en su portería. Vital. Además, un
contragolpe 'made in Real Madrid' le permitió a los de Carletto viajar a Múnich con una ventaja mínima. Pero ventaja.
Los
precedentes en Múnich eran desesperanzadores para el Real Madrid. Nueve
visitas con ocho victorias y un empate. El Bayern había anotado en 22
de sus últimos 23 partidos de Champions League en el Allianz Arena,
y sólo se había quedado sin convertir en la vuelta de la eliminatoria
con el Arsenal, donde los goles de la ida le bastaban para pasar de
ronda. El gol de los alemanes se daba por hecho y el Real Madrid, que no
iba a oler el balón, tendría que marcar para estar en la final. Eso o
ver su sueño frustrado por cuarto año consecutivo mientras los fantasmas
de semifinales bailaban en el vestuario blanco. 15 minutos duró la
tortura bávara. Los que necesitó Sergio Ramos para conectar un cabezazo al servicio de Luka Modric
que obligaba a los alemanes a anotar tres. Un segundo cabezazo del
sevillano liquidaría la serie, que ya sólo seguiría para convertirse en
un partido histórico: la mayor goleada del Bayern en Europa (0-4), la
primera victoria del Madrid sobre el Bayern como visitante, la primera
vez que el Real Madrid encadenaba tres victorias seguidas sobre el
Bayern; y el récord de Cristiano Ronaldo, que anotó dos
goles con los que llegaba a 16 en el torneo, batiendo la anterior marca
que compartían Messi y Altafini (14). El Real Madrid volvía a una final
12 años después, y lo hacía otra vez tumbando al campeón, que igual que 12 años atrás era el conjunto bávaro.
25 eternos días de espera para, a un partido, decidir qué equipo gobernará Europa durante los próximos 12 meses, y la capital española durante la eternidad.
Por primera vez dos equipos de la misma ciudad cara a cara en una final
de Copa de Europa. 25 días para vengar 11 temporadas hincando la
rodilla en Europa y las lágrimas derramadas en los tres últimos años,
que es cuando más cerca estuvo. Especialmente tras los penaltis frente
al Bayern y el amago de remontada contra el Borussia Dortmund. 25 días
para que jugadores que se lo habían ganado por derecho propio,
inscribieran su nombre en la leyenda del mejor club de la historia. La
ausencia de Xabi Alonso -clase magistral suya en la ida de cuartos de final-, que debía cumplir ciclo de tarjetas, condicionaba al Real Madrid. Pepe,
lesionado, tampoco sería de la partida. Sí lo serían Benzema y
Cristiano, aunque con unas molestias que no les permitiría rayar a su
mejor nivel. Y empezó una final que se iba a poner cuesta arriba tras el
gol de Godín, como consecuencia de un error garrafal de Casillas. Isco y Marcelo tuvieron
que entrar al partido para cambiar el aspecto de un Real Madrid
maniatado por la medular rojiblanca. Y con Isco y Marcelo llegó la
mejoría pero no los goles. En tiempo de descuento y mientras la mitad
colchonera cantaba "que se enteren los vikingos quién manda en la capital" se repitió lo de Múnich. Córner por la derecha que botó Luka Modric para que Sergio Ramos le diera una vida más al Real Madrid en esta Copa de Europa. No fue el gol del año, sino el paracaídas de Baumgartner. El elemento que determina si haces historia o mueres en el intento. Habían pasado 92 minutos y 48 segundos
del pitido inicial, y el equipo que nunca muere estaba más vivo que
nunca. Prórroga. 30 minutos que el Real Madrid no desaprovecharía. Una
galopada de Di María, el jugador con mejor eslalon de la plantilla, provocó un rechace con el que a Bale le bastaba usar su poderío físico para desequilibrar el marcador a favor del Real Madrid. Marcelo aprovechó un pasillo que abrió la zaga rojiblanca para sentenciar el título y Cristiano remató la goleada desde los 11 metros, con un histórico gol que dejaba el récord de tantos en una edición en 17;
y que servía para que el mejor jugador del mundo rompiera las redes de
los siete rivales a los que se midió el Real Madrid en esta Liga de
Campeones.
Y llegó la Décima. La ansiada
Décima. La tan deseada Copa de Europa que le dio la espalda al Real
Madrid durante 12 años, siendo la segunda que más paciencia requirió,
tras los 32 años que se hizo esperar la Séptima. Así, con 4-1, se
acababa un partido que devolvía la corona al Real Madrid, que en 1956
había sido el primer club en ganar una final entre dos clubes de distinto país, en el 2000 había sido el primer club en ganar una final entre dos clubes del mismo país, y en 2014 se acababa de convertir en el primer club en ganar una final entre dos clubes de la misma ciudad.
El
pitido final abrió un pasillo blanco, sin paredes ni puertas, pero que
sólo quien tuviera la llave de la eternidad podría atravesarlo. Y hacia
él se encaminó Cristiano Ronaldo. Cinco Copas de Europa a cada lado
marcaban la dirección, y al fondo se vislumbraba la figura de un anciano
y dos hombres, algo mayores que él. Alfredo Di Stéfano, Raúl González y Zinedine Zidane
ocupaban tres de las cuatro sillas e invitaban al astro portugués a
sentarse en una mesa reservada para los mejores jugadores de la historia
del club.