Como cada año en su recta final, la RAE ha vuelto a mover ficha. En 2017
llegaron al diccionario, entre otras, "posverdad", "aporofobia",
"postureo" o "táper". Estas dos últimas fueron dos palabras que de
manera bien distinta cambiaron nuestras vidas. Para mal o para bien. Y
no sé cuál de qué manera. Fue también el año del "buenismo" y en el que
se reconoció "sexo débil" como una expresión despectiva. 2017 fue,
lingüisticamente, un año muy movido. Fue, de hecho, el año del "iros"
que retroactivamente validaba el "Iros todos a tomar por culo" que había
publicado Extremoduro en 1997. El año pasado, mucho más suave,
ingresaron "selfi", "meme", "escrache" o "sororidad", y varió la
acepción de "feminicidio". Y de manera reseñable poca cosa más. Este año
aterrizan en nuestro diccionario los términos "antitaurino", "agendar",
"zasca" o "andropáusico". Además, la RAE ha retirado su condición de
sistema curativo a la homeopatía, asestándole con ello un buen 'knock
out', aunque la Academia rehuye de los anglicismos y prefiere que
digamos "nocaut". Sigue a la espera "heteropatriarcado", que lleva
varios años bregando por hacerse un hueco y ahora deberá aguardar al
menos hasta 2020. Así que ahí se queda, esperando junto a la "cocreta" y
al "hembrismo" de Javier Marías, que ya lleva 23 años de brazos
cruzados. Por cierto, después del caótico 2019 del Real Madrid este año
el diccionario incorpora también la expresión «annus horribilis». Tiene
guasa. Que no "guasap", aunque lo recomiende la RAE antes que
'WhatsApp'.
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