sábado, 9 de noviembre de 2019

Muro de Protección Antifascista


Cantaba Litto Nebbia que «si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia: la verdadera historia». A 30 años de la caída de un Muro de Berlín que ya es más el tiempo que lleva derribado que el que estuvo levantado, existe una verdad socialmente aceptada sobre el referido muro. Y que esa verdad coincida con lo que realmente aconteció en el Berlín de los ’80 hace tiempo que pasó a un segundo plano. Del mismo modo que ningún ludópata reconocería de buenas a primeras que es víctima de una patología o un alcohólico que tiene un problema con el consumo de alcohol, resultaría insólito encontrar a alguien que dudara de su propia verdad respecto de la historia tal y como ella o él la entiende. Ahora bien, ¿coinciden la verdad y tu verdad?

Previo al diagnóstico de una patología existe una coincidencia de síntomas entre la enfermedad en cuestión y el paciente, la cual lleva a profundizar en el diagnóstico para determinar la anomalía. Aquel que compró el discurso de que los vencedores de la caída del muro quisieron vender presenta por norma general un desconocimiento sobre la ubicación real del muro y el territorio que este dividía. Por tanto, leyendo estas líneas, puede ser buen momento para detenerse un instante y preguntarse uno mismo si realmente conoce qué dividía el muro. Resulta difícil, en primer lugar, asimilar la existencia de un muro que divida en dos un país como Alemania. Porque, aunque siempre se haya hablado del Muro de Berlín, nos han dicho que separaba la Alemania Democrática de la Federal. ¿Entonces? ¿Un muro a lo largo de un territorio que deja de un lado a la RDA y del otro a la Alemania Federal? Si así lo has creído hasta ahora, debo decirte que presentas el primero de los síntomas. Pero para tu alivio, he de reconocerte también que las dos veces que he estado en Berlín he podido comprobar que casi la totalidad de los visitantes de la capital alemana que me crucé lo creían así también. 


División de Alemania tras la Conferencia de Potsdam

 Pero entonces, ¿qué ocurría en Berlín si siempre nos han contado historias de ciudadanos que trataban de huir de la RDA y se topaban con el muro? Primero retrocedamos muy fugazmente a la Conferencia de Potsdam, en 1945, que entre otras cosas dividía el territorio alemán entre las grandes potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, se exigió que Berlín, al tratarse de la capital, tuviera una división particular. En definitiva, aunque estuviera en territorio ocupado por la Unión Soviética, el Bloque Capitalista no estaba dispuesto a renunciar a la capital germana. Entonces, dividida Alemania en cuatro cuartos, dentro del área soviética encontramos un territorio ocupado por el Bloque Capitalista. Por tanto, la URSS conserva Berlín Este, pero lo que posteriormente sería la RFA se adueña de Berlín Oeste. Y no es hasta 1961 cuando, en plena Guerra Fría, se construye el «Muro de Protección Antifascista», que con 155 kilómetros de perímetro rodea el área de la que la RFA dispone dentro del territorio de la RDA. En consecuencia, es errónea la creencia popular de que los ciudadanos de la RDA estaban encerrados y no podían escapar de Alemania Oriental. Únicamente, no podían ingresar en el territorio de la RFA dentro de Berlín. Creer que los ciudadanos de la RDA estaban encerrados sería tan absurdo como creer que un muro que rodeara Albacete aislaría a la ciudadanía de Cuenca o Alicante.

En rojo, los 155 km del Muro de Berlín que rodeaban el territorio de la RFA dentro del área de la RDA

La caída del «Muro de Protección Antifascista» abrió las puertas del capitalismo a la Alemania del Este. Y con ello, las de la pobreza, el desempleo o la criminalidad. La Reunificación alemana hizo libres, cuentan los ganadores, a todos los alemanes. Sin embargo, paradójicamente no fue hasta entonces cuando en la Alemania del Este cesó la situación de “desempleo cero” y cuando las calles fueron convirtiéndose en el hogar de las desamparadas víctimas del capitalismo. Aunque, pensándolo bien, no hace falta remontar la mirada a la Alemania de los noventa para apreciar las miserias del capitalismo.

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