Una extraordinaria cuota de pantalla del 46,5% convirtió la final del
Mundial en el partido más visto de la historia del baloncesto español.
Los protagonistas superaron con creces las expectativas y brindaron un
espectáculo digno de una contienda por gobernar el globo terráqueo
durante el próximo cuatrienio. Y entonces llegaron los que quisieron ser
más protagonistas que los propios intérpretes de la película.
Hace muchos años que el periodismo perdió su esencia en todos sus géneros,
pero ayer, desde mi punto de vista, se superó el mayor de los ridículos
de una profesión venida a menos. Me imagino a Ramón del Valle-Inclán,
creador del esperpento, dando aspecto literario a lo acontecido desde el
momento en que el reloj se pone a cero y certifica que el seleccionado
que dirige Sergio Scariolo es campeón del mundo. ¿Cómo hubiera descrito
el autor de «Luces de Bohemia» el auténtico esperpento que desataron
quienes tenían que narrar el histórico acontecimiento?
La costumbre nos ha llevado a normalizar que los agraciados que deben
relatar 'in situ' un evento deportivo lo hagan con el atavío del
deportista o equipo por el que simpatizan. En otros tiempos, periodistas
apasionados escondían los colores y se comportaban con toda la
neutralidad que su profesionalidad les permitía. Ahora se grita, se
celebra y se ejerce como aficionado mientras se empuña un micrófono. Y
súmese a esto un afán de protagonismo que ni el peor de los borrachos en
la más cutre de las verbenas.
Ayer, José Antonio Luque, el afortunado de poner voz al partido en Cuatro, decía "somos campeones del mundo" en primera persona, con el mayor de los descaros y la menor de las vergüenzas. Contrastaba con las palabras de Jorge Garbajosa, quien ganara el Mundial en 2006 como jugador y repitiera ayer como presidente de la Federación Española de Baloncesto. El que fuera campeón de la ACB con Unicaja renegaba ayer de la condición de campeón justificando que dicho honor correspondía a los jugadores que habían sudado sobre el parqué. A su vez, la Cadena COPE se convertía en una suerte de despedida de soltero en la que la conexión con Pekín hacía protagonistas a los periodistas de la emisora que conectaban con una teatral voz para concluir la jornada con un discurso de agradecimiento más propio de los jugadores campeones.
Siempre me chirriará que un periodista se refiera a un éxito deportivo en primera persona. Como me chirriará también que un titular no se limite a "subrayar lo más fielmente posible el contenido de los hechos y datos", tal y como exige el Código Deontológico. Quién diría que el periodismo estaba destinado a morir en plena era de las comunicaciones. Aunque entonces revisas la retransmisión y escuchas la voz de Antoni Daimiel, aportando sensatez, y te animas a postergar la defunción. Quizá, solo se trate de poner las retransmisiones en manos de periodistas que respeten la profesión.
Ayer, José Antonio Luque, el afortunado de poner voz al partido en Cuatro, decía "somos campeones del mundo" en primera persona, con el mayor de los descaros y la menor de las vergüenzas. Contrastaba con las palabras de Jorge Garbajosa, quien ganara el Mundial en 2006 como jugador y repitiera ayer como presidente de la Federación Española de Baloncesto. El que fuera campeón de la ACB con Unicaja renegaba ayer de la condición de campeón justificando que dicho honor correspondía a los jugadores que habían sudado sobre el parqué. A su vez, la Cadena COPE se convertía en una suerte de despedida de soltero en la que la conexión con Pekín hacía protagonistas a los periodistas de la emisora que conectaban con una teatral voz para concluir la jornada con un discurso de agradecimiento más propio de los jugadores campeones.
Siempre me chirriará que un periodista se refiera a un éxito deportivo en primera persona. Como me chirriará también que un titular no se limite a "subrayar lo más fielmente posible el contenido de los hechos y datos", tal y como exige el Código Deontológico. Quién diría que el periodismo estaba destinado a morir en plena era de las comunicaciones. Aunque entonces revisas la retransmisión y escuchas la voz de Antoni Daimiel, aportando sensatez, y te animas a postergar la defunción. Quizá, solo se trate de poner las retransmisiones en manos de periodistas que respeten la profesión.












