domingo, 13 de octubre de 2019

Maratón de Berlín | 2:59:18


PARTE 1 - LA PREPARACIÓN

2 de diciembre de 2018. El maratón y yo nos enfrentamos por tercera vez y como en las dos anteriores gana él. 140 días habían pasado entre el primer y el segundo intento y 238 días entre el segundo y el tercero. Ahora llega la espera más larga: 301 días hasta el maratón de Berlín. 

La pista de atletismo de Benidorm ha sido mi casa durante la preparación del maratón.

El plan es desconectar del maratón una temporada. Es evidente que a estas alturas estoy ya obsesionado con bajar de las tres horas. Aunque no quiera, pienso en ello cada día. Después de dos años sin pensar en otra distancia que en los 42,195 km del maratón, oriento el primer semestre del año a ser más rápido en 10.000 metros y medio maratón. El 19 de febrero de 2019 es el primer día de una preparación que, no puedo engañarme, tiene por objetivo bajar de las tres horas en Berlín. Por delante 32 semanas. Así, durante los meses de febrero, marzo, abril, mayo y junio, con los entrenamientos más fuertes que he hecho hasta entonces, bajo el 10.000 de 0:37:10 a 0:36:33 y el medio maratón de 1:23:24 a 1:21:29. Los números son tremendamente esperanzadores, creo que tengo todo controlado, no me cuesta salir a sufrir en cada entrenamiento y la mejora no cesa. Mentalmente siento que soy una roca y estoy convencido de que en Berlín, esta vez sí, el “sub tres horas” será mío.

Semana 14/32. MMP en 10.000 metros.

Contaba con que desde el 13 de julio me tomaría un ‘break’ de 10 días y cambiaría las zapatillas de correr por las botas de alpinismo, para ascender Gran Paradiso primero, en los Alpes italianos y, a continuación, el Mont Blanc por la vertiente francesa. Sin embargo, antes de eso, el 10 de julio estoy haciendo un 12x1000 en la pista de atletismo y quiero parar. Nunca he dejado un entrenamiento, pero esta vez quiero hacerlo. La disputa mental con uno mismo es habitual en este tipo de entrenamientos, pero hasta la fecha nada a lo que no me haya podido sobreponer. Me miento como siempre: “solo una más”. Sin embargo, el noveno “mil” sale sorprendentemente lento y no puedo más. Hoy no quiero sufrir más. Apenas tengo tiempo de dudar y me veo abandonando la pista de atletismo. Solo quiero irme a casa. Y me voy. Es la primera vez que dejo un entrenamiento a la mitad.

Después de esto viajo a los Alpes y desconecto del maratón. No pienso apenas en el entrenamiento que abandoné y me sumerjo en una experiencia increíble en la alta montaña que, además, termina de la mejor manera. Me siento absolutamente pleno, lo cual no es nada fácil, y estoy hecho a la idea de que quedan dos meses de sufrir para hacer un gran papel en el maratón de Berlín. Sin embargo, regreso de la montaña y las buenas sensaciones se han quedado en el techo de los Alpes. Me niego a salir a correr. No quiero. No puedo. Empiezo a contar las semanas que quedan para la carrera y sé que puedo perder todo el gran trabajo que he hecho desde febrero hasta julio. Salgo a rodar, pero me da pánico volver a la pista de atletismo, que es donde uno se mide de verdad, y comprobar que no soy tan rápido como unas semanas atrás. Así que de ir dos o tres veces por semana a la pista de atletismo paso a no ir y posponerlo hasta la próxima semana una y otra vez. Detrás de cada día que no salgo a correr hay una gran sensación de tristeza, pero no es tan grande como el miedo a ir al tartán y verme lento. Finalmente en agosto no soporto más la situación y tiro la toalla. Me veo mentalmente superado y decido renunciar a Berlín y posponer el intento de las tres horas. Es también la primera vez que me bajo de un objetivo deportivo, pero siento que no tengo otra opción. Cuando me vea con fuerzas, retomaré los entrenamientos. 

Sin trampa ni cartón, apenas 190 km en todo el mes de agosto.

 Los dorsales del maratón de Valencia están agotados desde hace meses, pero tengo la opción de competir en el CADU y por tanto tener un dorsal el 1 de diciembre. Así que decido volver a los entrenamientos el primer lunes de septiembre. Si logro la regularidad del primer semestre del año, puedo aprovechar la base con la que cuento y en 13 semanas prepararme para bajar de las tres horas en Valencia. De este modo, el lunes 2 de septiembre activo otra vez el ‘modo maratón’ y empiezo con los kilómetros de calidad. Tengo claro que voy a estar más lento, pero pienso que tengo tiempo e intento ser optimista. El viernes 6 de septiembre, después de trabajar, vuelvo a la pista de atletismo después de dos meses. Llueve, pero ya he perdonado muchas semanas. Estoy solo en el tartán y hago 8x1000 (recuperación: 180”) a 3:34,28 de media. Después de dos meses temiendo volver a la pista de atletismo veo que la situación está lejos de ser lo dramática que había dibujado en mi cabeza. No he perdido mucho y estaría a buen nivel para ir a Berlín, pero llevo dos meses sin pisar el gimnasio, sin entrenar en la pista de atletismo, y sin hacer ningún rodaje largo (21 km el rodaje más largo). Los 38 km/semana que promedio en agosto convertirían en ridícula la idea de ir a la capital alemana a competir. Ha sido una inmejorable manera de volver, pero toca seguir entrenando. Termino la semana con 75 km acumulados de muy buena calidad, pero un rodaje de 30 km me pone en evidencia. Tras 20 kilómetros a 4:30 min/km soy incapaz de mantener el ritmo y voy perdiendo velocidad de manera considerable.

La segunda semana de septiembre supero los 90 kilómetros y me encuentro físicamente muy bien. Lamento no haber ido al gimnasio y no haber hecho rodajes largos, porque creo que de haberlo hecho tendría muchas opciones de bajar de tres horas en Berlín. Me paso la semana dándole vueltas. Quedan dos semanas para el maratón y siento que todavía hay una remota posibilidad de salvarlo. Tomo la decisión de hacer el habitual ‘tapering’ durante las dos próximas semanas, entrenar muy suave e ir a Berlín. Me doy un 5% de posibilidades de bajar de las tres horas, precisamente por la ausencia de gimnasio y rodajes largos que son dos pilares fundamentales para preparar el maratón. Pero es que pese al caos que han sido los meses de julio y agosto, el trabajo previo me mantiene en septiembre en un muy buen estado de forma. Hago el ‘tapering’ más suave de los que he hecho hasta la fecha y pongo rumbo a Berlín sin tomar la decisión todavía: arriesgar todo a las tres horas o tratar de bajar los 3:05:26 que en este momento es mi MMP. Pero me conozco, y algo dentro de mi sabe que acabaré yendo a por las tres horas.


PARTE 2 – LA CARRERA

En Berlín estoy mucho más tranquilo que en la previa de los otros maratones. Me cuido para no caminar muchos kilómetros el sábado, pero tampoco estoy especialmente preocupado. En mi cabeza he asumido el que va a ser mi cuarto fracaso en la distancia de Filípides y solo quiero que llegue el domingo y termine la carrera. La noche antes del maratón me acuesto pronto y antes de las 23h estoy dormido. Nunca me había dormido tan pronto en la previa de un maratón.

El domingo a las 5 AM ya me he despertado y tras dar vueltas en la cama me levanto cuando pasan unos minutos de las 6 AM. Noto que estoy nervioso y me alegro. Es como si de repente he entrado en la carrera a nivel mental. Cumplo el protocolo con el desayuno que llevo conmigo desde España, aunque el estómago se cierra en un momento dado y no puedo comer nada más. La sensación no es agradable, pero es otro indicio de que estoy dentro. 

De camino a la carrera le doy muchas vueltas a qué debo hacer tras el pistoletazo de salida, y le hago un comentario en broma a mi amigo Santi: “soy tan ateo que tal vez Dios hoy me regale un 2:59 para hacerme dudar de su existencia”.

8:37 AM. No, no es un posado Instagrammer. Es el famoso "robado" real.

Ya en la línea de salida estoy listo para enfrentarme a los 42,195 km y no hay tiempo para posponer la decisión. Voy a salir a por las tres horas. Soy consciente de que se me puede venir la noche en cualquier momento a partir de la segunda mitad de carrera, y que como suceda antes del kilómetro 30 va a ser enormemente insoportable, pero si hay alguna opción de conseguirlo debo arriesgar. En la muñeca izquierda el reloj con GPS con una pantalla fija, que, como en cada maratón, no cambiaré en toda la carrera. La distancia de vuelta, el ritmo actual, el ritmo medio de vuelta, y el tiempo de vuelta es lo que voy a ir viendo en mi muñeca izquierda. Y cada vez que cubra un kilómetro, se reseteará y se pondrá todo a cero. Esa será mi referencia durante toda la carrera, tratando de aproximar cada kilómetro al máximo a 4 minutos y 15 segundos. En el reloj derecho, un cronómetro al uso que me marque el tiempo total de carrera con el que comprobaré cada cinco kilómetros que paso en los tiempos pretendidos.

La pantalla que visualizo durante toda la carrera con laps de 1 km

Si son ya varias las cosas en este relato que han pasado por primera vez, también lo será el pegarme a la liebre de tres horas desde la salida. En realidad, salgo unos 30 metros por detrás. La sigo, pero no tengo prisa por cazarla. Calculo que lo hago entre los kilómetros 3 y 4, que es cuando ya me pego a ella para no soltarla durante más de 20 kilómetros. Mi experiencia en el maratón me dice que los primeros kilómetros son muy llevaderos y que el cuerpo te pide correr más, pero hay que saber que esto es largo y se deben cuidar las energías al máximo. 4:15 min/km es un buen ritmo. De hecho, creo que es un ritmo más alto del que voy a ser capaz de mantener durante toda la carrera. Sin embargo, tengo claro que los problemas los afrontaré cuando lleguen, y de momento debo limitarme a pasar los kilómetros en 255 segundos. 

Salida junto al pelotón que busca las tres horas. Pelotón que se irá reduciendo conforme avance la carrera.

 De este modo, sin problema alguno mantengo el ritmo constante durante la primera mitad de la carrera y hago el paso por el medio maratón en 1:29:27 según el reloj que llevo en mi muñeca derecha. Es decir, voy 1,6 segundos/km más rápido del ritmo objetivo. Un margen lo suficientemente pequeño como para estar satisfecho. Aunque no quiero pensarlo, mi cabeza no puede evitar comenzar a hacerse la idea de que más pronto que tarde van a llegar los problemas físicos. Sabe que en el muro he sufrido siempre y que hoy no va a ser la excepción. Pero sí, hoy terminará siendo la excepción.

Hago el paso por el kilómetro 25 en 1:45:52, lo que supone haber corrido este parcial de 5 km ligeramente más rápido que los cuatro anteriores. De hecho, he tenido que moderarme un par de veces para no dejar a la liebre atrás. He volteado la cabeza más de lo que me gustaría y en el kilómetro 25 me siento fuerte. Creo que la liebre está ligeramente en apuros, y es demasiado pronto, así que tomo la decisión de seguir solo. Por primera vez en la mañana de hoy soy yo mismo quien debe controlar el ritmo. Sé que correr por encima de mi capacidad puede anular mi carrera, así que no dejo de mirar el reloj. Aun así, hago el parcial de 5 kilómetros en 20:54, y este parcial del km 25 al km 30 se convierte en el más rápido de mi carrera. A estas alturas soy plenamente consciente de que nunca había hecho este parcial tan rápido en ningún maratón. Pese a llegar a Berlín sin rodajes largos a mis espaldas y sin haber pisado el gimnasio, no hay indicios de calambres, me encuentro bien de piernas y empiezo a creer que estoy fuerte. Por eso, cuando estoy llegando al muro, creo que mantener el ritmo es la mejor opción. Este nuevo parcial de 5 kilómetros lo hago en 20:52, prácticamente calcando los tiempos del parcial anterior, y hago el paso por el kilómetro 35 en 2:27:38. El parcial de los kilómetros 30 a 35, donde hasta la fecha he acostumbrado a flojear, es hoy mi parcial más rápido del maratón, aunque sea solo dos segundos más rápido que el sector anterior.

Kilómetro 38.

 Tengo 32 minutos y 21 segundos para recorrer los últimos 7,195 km, pero estoy lejos de sentir que lo tengo hecho. Por eso no aflojo lo más mínimo y de hecho el kilómetro 36 será el más rápido de todo el maratón. Lo recorro en 4:01, pero me trae el primer pinchazo en el gemelo derecho. Ahora sí, los fantasmas se han presentado y hay que lidiar con ellos. No me asusto, y sé que es momento de mantener la cabeza fría. He cometido un error al haber corrido 14 segundos más rápido que el ritmo objetivo. Si soy capaz de correr a 4:15 min/km de ahora en adelante, lo tengo hecho. Seis, tal vez, sean muchos kilómetros, pero si cubro en 17 minutos los próximos cuatro kilómetros lo tendré hecho. Así que bajo el ritmo y calco el kilómetro 37 en 4:15. De vez en cuando algún ligero pinchazo me avisa que los gemelos comienzan a estar bajo mínimos, y los dos siguientes kilómetros los recorro en 4:26 y 4:27. He empezado a perder 11 o 12 segundos por kilómetro. Llevaba un margen de unos 90 segundos, por lo que todavía estoy dentro, pero hace falta un último esfuerzo. Voy ahora con un minuto de margen y apenas quedan tres kilómetros. Tengo claro que, salvo calambre grave, debo conseguirlo. Y lo confirma el kilómetro 40 que recorro en 4:13, otra vez dentro del ritmo objetivo, y cuyo paso realizo en 2:49:41. Tengo algo más de 10 minutos para recorrer los últimos 2,195 km.

Kilómetro 40. Obsesionado con que no se escapen las tres horas.

 En el kilómetro 41 comienzan a ser más frecuentes los pequeños calambres en los gemelos (que es el único músculo que se ha visto afectado por la carrera) y ya hay una carrera sobre mis piernas y otra dentro de mi cabeza. No dejo de hablar conmigo mismo y de convencerme de que quiero sufrir. He soñado durante años con estar vivo para el sub tres horas en los dos últimos kilómetros de un maratón y hoy, aunque con dolores, lo estoy. Así que me empujo a seguir, que diez minutos en una carrera de casi tres horas son insignificantes. El último parcial de 2,195 km lo hago protegiendo las piernas y tardo 4:23 min/km. Cruzo la puerta de Brandemburgo y veo la meta a 200 metros. Sé que tras fracasar en Valencia 2017, París 2018 y Valencia 2018, Berlín me va a cumplir un sueño. Un sueño en el que sobre todo en 2018 y 2019 he pensado absolutamente cada día. Cruzo la meta en 2 horas, 59 minutos y 18 segundos. 

Parciales de 5 km durante el maratón de Berlín



Bajo la lluvia de Berlín, para recordar el deseado 'sub tres'.

jueves, 26 de septiembre de 2019

¿Quién mueve los hilos?

En las últimas elecciones solo la división del voto de la derecha tradicional brindó a la izquierda y al PSOE la opción de formar un Gobierno que, por otra parte, dudo que tuviera opción alguna de llevarnos a buen puerto. Tal vez, alguna mejora con cuentagotas como la subida del SMI, que sigue distando sobremanera de las condiciones laborales de un país que quiere ser primer mundo. En definitiva, destellos aislados de la sociedad que alguna vez anheláramos ser.

Mientras la derecha ha afrontado por sistema los comicios desde el pragmatismo, la izquierda ha solido pecar de un idealismo que junto a la Ley d'Hondt ha sentado las bases de su derrota en el juego de las urnas. Parece mentira y en cierto punto goza de cierta ironía que la derecha sea capaz de aunar fuerzas en pos del interés de su clase mientras la izquierda avanza -o retrocede- de la mano de la continua escisión.

No sé quién ha empujado a Íñigo Errejón a presentarse a las Elecciones Generales, pero el correctivo de Vistalegre II es un trauma que, a la vista está, no ha superado todavía y que ahora azotará a la izquierda. No tengo dudas de que la derecha aprenderá de sus errores y aglutinará sus votos en el partido que fundó el ministro franquista al que hace siete años se despedía con honores. Mientras tanto, la pataleta de un Íñigo Errejón que estaba para grandes cosas y termina aceptando el rol de títere fragmentará más si cabe el voto de la izquierda. El inminente fracaso de la izquierda ni siquiera se cuestiona. "Divide y vencerás" se aplican una y otra vez. La pregunta es, ¿quién mueve los hilos del pequeño imberbe?

martes, 17 de septiembre de 2019

Esperpento

Una extraordinaria cuota de pantalla del 46,5% convirtió la final del Mundial en el partido más visto de la historia del baloncesto español. Los protagonistas superaron con creces las expectativas y brindaron un espectáculo digno de una contienda por gobernar el globo terráqueo durante el próximo cuatrienio. Y entonces llegaron los que quisieron ser más protagonistas que los propios intérpretes de la película.

Hace muchos años que el periodismo perdió su esencia en todos sus géneros, pero ayer, desde mi punto de vista, se superó el mayor de los ridículos de una profesión venida a menos. Me imagino a Ramón del Valle-Inclán, creador del esperpento, dando aspecto literario a lo acontecido desde el momento en que el reloj se pone a cero y certifica que el seleccionado que dirige Sergio Scariolo es campeón del mundo. ¿Cómo hubiera descrito el autor de «Luces de Bohemia» el auténtico esperpento que desataron quienes tenían que narrar el histórico acontecimiento?

La costumbre nos ha llevado a normalizar que los agraciados que deben relatar 'in situ' un evento deportivo lo hagan con el atavío del deportista o equipo por el que simpatizan. En otros tiempos, periodistas apasionados escondían los colores y se comportaban con toda la neutralidad que su profesionalidad les permitía. Ahora se grita, se celebra y se ejerce como aficionado mientras se empuña un micrófono. Y súmese a esto un afán de protagonismo que ni el peor de los borrachos en la más cutre de las verbenas.

Ayer, José Antonio Luque, el afortunado de poner voz al partido en Cuatro, decía "somos campeones del mundo" en primera persona, con el mayor de los descaros y la menor de las vergüenzas. Contrastaba con las palabras de Jorge Garbajosa, quien ganara el Mundial en 2006 como jugador y repitiera ayer como presidente de la Federación Española de Baloncesto. El que fuera campeón de la ACB con Unicaja renegaba ayer de la condición de campeón justificando que dicho honor correspondía a los jugadores que habían sudado sobre el parqué. A su vez, la Cadena COPE se convertía en una suerte de despedida de soltero en la que la conexión con Pekín hacía protagonistas a los periodistas de la emisora que conectaban con una teatral voz para concluir la jornada con un discurso de agradecimiento más propio de los jugadores campeones.

Siempre me chirriará que un periodista se refiera a un éxito deportivo en primera persona. Como me chirriará también que un titular no se limite a "subrayar lo más fielmente posible el contenido de los hechos y datos", tal y como exige el Código Deontológico. Quién diría que el periodismo estaba destinado a morir en plena era de las comunicaciones. Aunque entonces revisas la retransmisión y escuchas la voz de Antoni Daimiel, aportando sensatez, y te animas a postergar la defunción. Quizá, solo se trate de poner las retransmisiones en manos de periodistas que respeten la profesión.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Tormenta neoyorquina

Un huracán pone en jaque la ciudad de Nueva York y desata la locura. El vendaval, que viene desde Rusia, había advertido de su potencial durante el estío. Nadie se lo tomó tan en serio como merecía, excepto él. Al fin y al cabo, septiembre es época de tempestades donde se rinde pleitesía a las barras y estrellas. La tormenta aterriza en Flushing Meadows dispuesta a poner patas arriba el recinto tenístico más grande del planeta. Y, cuando en los interiores de la Arthur Ashe se acondiciona el fin de fiesta, el huracán abre sus alas y abraza el caos. No hay nada que hacer. Daniil Medvédev encarna ese vendaval que se manifiesta haciendo rebotar cada bola en la mitad de la pista que defiende el balear, y acumula una sucesión de voleas poco estéticas que multiplican el casillero de ‘winners’ del flamante líder de la Next-Gen. Enfrente, el hasta entonces campeón de 18 Grand Slams empieza su particular batalla. La que, desde hace unos años, es su favorita. El que antaño hiciera de sus incansables zancas su más poderosa arma tiene ahora menos piernas, pero una mente prodigiosa. Por eso Rafa se muestra tranquilo y ni el ‘warning time’ que condena su servicio logra apenas frustrar su expresión. Sumergido en el ciclón, Nadal sabe que solo una adecuada gestión de las emociones podrá sacarle con vida de esa tormenta. Por eso, donde tantos especialistas hubieran sucumbido a la vorágine, el líder de la ‘Race’ administra la vida que le queda y celebra cada síntoma que augura el fin de la tempestad como el que encuentra agua en el desierto. Desde un ‘winner’ propio hasta un ‘unforced’ de su rival. Sin soberbia, sin desafíos y sin retar a su oponente; pero sin privarse de darse a sí mismo el mensaje de que va a vivir. Y se lo cree. Y por eso vive. El reloj corre por encima de las cuatro horas y cincuenta minutos cuando Rafa mira a la tormenta por última vez y trata de dominar sus últimos coletazos. La esfera amarilla que durante las dos últimas horas ha herido como una jabalina cae ahora fuera de la pista. Nadal se desploma. La tormenta se va. El resto es historia.

Nadal cae al suelo tras ganar su décimo noveno Grand Slam

martes, 27 de agosto de 2019

El mundo patas arriba

GERMÁN EGUILIOR | TAMPERE | 27.8.2019

Estaba terminando de leer Ensayo sobre la lucidez (José Saramago) y tenía claro que el siguiente libro que leería iba a ser Las venas abiertas de América Latina (Eduardo Galeano). Acabé con la novela del escritor portugués una tarde de sábado y me asomé a la estantería del salón sobre la que reposa la obra de Eduardo Galeano. Tras agarrar «Las venas abiertas de América Latina» observé Patas arriba: la escuela del mundo al revés, del mismo autor. Tengo recuerdos de ese libro descansando sobre la mesilla de mi padre, allá por 1999 (recuerdo bien que lo compró durante un viaje a Argentina, a finales de 1998). Lo hojeé (me fascina que «hojear» y «ojear», con distinto significado, puedan utilizarse casi indistintamente) y me lo llevé a mi habitación. No tenía intención de ponerme a leer en ese momento, pero lo abrí y comencé a leer. Desde la primera página el libro me atrapó. ¿Quién podría no sentirse atrapado tras leer una afirmación como la siguiente? «La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas». Evidentemente, Eduardo Galeano estaba dispuesto a golpear duro.

Aunque debía prepararme para ir a entrenar primero y marcharme a un cumpleaños después, seguí leyendo. Tenía claro que sostenía entre mis manos una obra extraordinaria. Una sensación que, siempre pongo el mismo ejemplo, sentí cuando leí el prólogo de La ladrona de libros. Apenas leí un par de capítulos antes de irme a cumplir con mis obligaciones deportivas y sociales, pero estaba deseando volver a «encontrarme» con el autor uruguayo para leer aquello que había publicado hacía 20 años y que gozaba de total actualidad. 

Un par de días después el libro sería mi compañero de vuelo en un trayecto Alicante-Helsinki, en el cual ni me molesté en conectarme al generoso Wi-Fi que ofrece Norwegian, pues hay tradiciones que se deben conservar y la lectura cuando un aeroplano nos eleva a la altura del mismísimo K2 es una de ellas. Decía Toni Mejías (Los Chikos del Maíz) que cuando viajaba a algún lugar en vez de ‘souvenirs’ compraba música, que no tenía por qué ser autóctona, y que cuando posteriormente la escuchaba le transportaba a aquel lugar. Algo similar me ocurre con la literatura, pero no por haberla comprado en algún sitio sino por haberla leído. Así, Nanga (Simone Moro) me llevará siempre de vuelta a los Alpes franceses, en la resaca de la ascensión al Mont Blanc, y Patas arriba: la escuela del mundo al revés me portará a Finlandia una y otra vez, país en el que leí prácticamente la totalidad del libro. 

La obra de Eduardo Galeano no pierde ritmo en ningún momento, y con un estilo de escritura del que me declaro absolutamente admirador y un dominio de la ironía mediante el cual asesta golpes a diestro y siniestro, al «Norte» y al «Sur», el escritor uruguayo pone en evidencia la realidad social del mundo en que vivimos. En realidad, hacía reflexionar a nuestros mayores allá por 1998, cuando para un niño como yo nada era más importante que la Séptima Copa de Europa del Real Madrid.

21 años después, cuando el mundo se despedaza y las Copas de Europa son importantes, pero no hacen girar el planeta, el libro de Galeano no solo no ha perdido un ápice de vigencia sino que la sensación es que las desigualdades que denunciaba han ido a peor. Y si en 1998 nos atontábamos viendo la televisión, al menos con aquellos con quienes compartíamos salón podíamos intercambiar alguna opinión. La televisión ha perdido ahora protagonismo para que sean los ‘smartphones’ los dispositivos que absorben nuestro cerebro. Por lo demás, todo sigue al filo de la línea que separa el «igual» y el «peor». Al hilo de la vigencia, escribió Galeano, no sin su cuota de sarcasmo, que «Michele Sindona, preso en una cárcel de máxima seguridad, pidió un café con azúcar: le entendieron mal, y le sirvieron un café con cianuro». 21 años después, y hace apenas 21 días, ha sido noticia Clauvino da Silva, el narcotraficante que había intentado fugarse de una cárcel de Río de Janeiro haciéndose pasar por su hija, que apareció ahorcado en el interior de su celda. O respecto a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que en Latinoamérica nunca gozaron de la confianza del pueblo por su condición de corruptas, y en España cada vez gozan de menos confianza por parte de la ciudadanía. Empieza ahora a ser aplicable en España también una de las reflexiones que el escritor de Montevideo hace constar en su libro: «hasta los ateos nos encomendamos a Dios antes que encomendarnos a la policía».

Me pregunto qué diría hoy Eduardo Galeano sobre el «postureo», palabra que la RAE incluyó en el diccionario en 2017, dos años después del fallecimiento del escritor uruguayo. Si bien Eduardo Galeano no llegó a conocerlo como tal, además de que es un concepto actualmente empleado solo en España, este extracto del libro retrata a mi parecer el 'postureo' de la época. Entonces, la voluntad de aparentar se desarrollaba en la calles y no en las redes sociales: «En el otoño del 98, en pleno centro de Buenos Aires, un transeúnte distraído fue aplastado por un autobús. La víctima venía cruzando la calle, mientras hablaba por un teléfono celular. ¿Mientas hablaba? Mientras hacía como que hablaba: el teléfono era de juguete». 21 años después nadie simula una conversación telefónica, pero se graban acontecimientos para compartir en redes sociales y transmitir experiencias que distan sobremanera de lo que el emisor verdaderamente está viviendo. Y sí, también hay fallecimientos consecuencia única y exclusivamente por tratar de aparentar, y de hecho se han multiplicado. ¿Con cuánta frecuencia leemos sobre gente que fallece tratando de retratarse en lugares inhóspitos?

Una canción de Nega («Mi novia es de derechas») citaba al escritor uruguayo antes de relatar aquella historia de amor que comenzaba en un after a las ocho de la mañana: «Como dijo Galeano, el mundo está patas arriba, el mundo es un desastre». Y es que si la esperanza es lo último que se pierde me pregunto si habremos perdido ya todo, porque esperanza siento que queda cada vez menos. Aunque quizá el propio Galeano encontrara la respuesta: «si el mundo está, como ahora está, patas arriba, ¿no habría que darlo vuelta, para que pueda pararse sobre sus pies?»

PD: Al artículo lo he llamado "El mundo patas arriba" por una sencilla razón -y un simple error-. Hasta que no empecé a leer el libro estaba convencido de que ese era el título del mismo (creo que la canción de Nega fue lo que me llevó al equívoco).

martes, 13 de agosto de 2019

Martes y 13

Años, muchos años intentando encontrarla. 18 años desde que la había visto por última vez. Entonces no reparé en que iba a ser la última vez, ni tampoco me preocupaba. Pasaron los años y no llegaba personal docente capaz de marcarme como lo había hecho ella antes. Simplemente, no había otra como ella. Traté de localizarla, pero ya no estaba en Calpe. Para encontrarla solo tenía un nombre: Lucía. Y no hubo manera. A veces aparecía en mis sueños y me levantaba con una sensación extraña, deseando poder encontrarla algún día. Creo que durante los primeros años necesitaba que siguiera mostrándome el camino y a partir de cierto momento, me conformaba con poder darle las gracias.

Hace dos meses, el 18 de junio, volví a soñar con ella y traté de encontrarla por enésima vez. Nada, como siempre. Y hace un mes, el 20 de julio, sin yo buscarlo cayó entre mis manos la pista que me podía llevar a ella. Se me encendieron los ojos y lo intenté sabiendo que, esta vez, no estaba dando palos de ciego. Ahora sí, la había encontrado. Había hecho lo más difícil y fue entonces cuando me di cuenta de que realmente no tenía nada. Probablemente, Lucía ni me recordara. En realidad, no era tan importante que se acordara de mi como poder agradecerle su enorme contribución en mi formación como persona, así como hacerle saber que con los años había comprendido muchas de las cosas que trataba de enseñarnos. Y es que Lucía nos educaba.

Así que le escribí y, para mi sorpresa, después de 18 años y cientos y cientos de alumnos Lucía me recordaba perfectamente. Y además quería verme. Nos hemos visto hoy. Ni puedo, ni quiero, ni es necesario relatar uno de los encuentros más increíbles de mi vida. ¡18 años! Creo que el más espaciado en el tiempo de toda mi vida. Hoy después de 18 años siento que he conocido realmente a mi maestra, y he llegado a casa fascinado. Después de toda una vida dedicada a la educación, Lucía habla de la enseñanza con una pasión que no soy capaz de imaginar en ningún maestro que se inicia en su periplo laboral. Creo que ahí he encontrado las respuestas que buscaba. Martes y 13, que nadie vuelva a hablar mal de ti.

Colegio Azorín. Clase de 6ºA. Curso 2000/2001.

miércoles, 31 de julio de 2019

[Crónica] Ascensión al Mont Blanc

GERMÁN EGUILIOR.-

◖ PARTE 1 - LA ESPERA ◗

Martes, 16 de julio de 2019.

El martes a las 8:43 AM llegamos al refugio de Goûter. Era el final de la cuarta etapa (sábado y domingo habíamos aclimatado en Gran Paradiso), pero nuestra sensación era que ahí comenzaba todo. Por delante, 18 horas a 3.835 metros de altitud antes de tratar de atacar los últimos 975 metros de desnivel que nos separaban de la cumbre del Mont Blanc.

8:03 AM. David y yo divirtiéndonos en el tramo final de la pared que une Tête Rousse con Goûter.

 La jornada, que había empezado a las 3:28 AM, había concluido su fase de ascenso. Sinceramente, nunca pensamos que entre Tête Rousse y Goûter hubiera nada que pudiera detener nuestro progreso. La lluvia de piedras en la «bolera» comenzó instantes después de que David y yo cruzáramos y no encontramos ninguna complicación significativa en nuestro camino a Goûter. Si bien, como no podía ser de otra manera, la pared que separaba Tête Rousse de Goûter iba acompañada de ciertos peligros, su ascensión no revestía una dificultad técnica especialmente complicada, y la presencia de cuerdas fijas mediante las cuales asegurarse aumentaba exponencialmente las posibilidades de éxito en ese segundo tramo. Una vez en Goûter teníamos por delante 18 horas en las que no sabíamos cómo responderían nuestros cuerpos. El plan estaba claro: comer y beber con frecuencia, dormir tanto como pudiéramos y dar un respiro a las heridas de nuestros pies. Ambos llevábamos dos etapas con los talones en carne viva y necesitábamos que las heridas se airearan hasta las 2 AM, cuando volveríamos a vendarlas para atacar la preciada cima. Pero, por economizar recursos, aguantaríamos todavía un par de horas con los vendajes del lunes. Nada más llegar a Goûter nos sentamos, comimos unos frutos secos y nos fuimos a dormir la primera siesta del día, desde las 11:00 hasta las 12:30. Entonces nos calzamos las botas y los crampones por segunda vez en la jornada y nos asomamos a la pendiente que, 15 horas después, nos pondría a prueba.

8:31 AM. Arista de Goûter, a escasos metros del que sería nuestro hogar durante 18 horas.

8:43 AM. Llegada al refugio de Goûter

 La vuelta al refugio sirvió para extender nuestras provisiones sobre la mesa e hincar el diente al queso que portaba David y a las ciruelas pasas y frutos secos que cargaba yo. El día apuntaba a ser largo, pero nada más lejos de la realidad. Ni siquiera hubo que prolongar en el tiempo una charla con la que matar las horas. Apenas terminamos de comer nos fuimos a descansar. Los primeros malestares habían llegado a nuestras cabezas. No era un dolor de cabeza especialmente grave, pero si una extraña sensación, al menos en mi caso, como si algo fluctuara en el interior de mi cráneo. Nada que una buena siesta no pudiera mejorar.



Llegó el momento de desnudar los pies, quitar los vendajes y prepararnos para dormir. Apenas eran las 16h y la alarma no sonaría hasta las 18h, que nos levantaríamos para cenar. Antes de acostarme, desde mi propio teléfono, que era el único medio con el que podía escribir, quise inmortalizar la anécdota de la avalancha que habíamos presenciado por la mañana. Y entonces sí, una vez registrada en la memoria de mi dispositivo, segunda siesta del día. Tan productiva y del tirón como la primera. Sabía que por la noche me costaría más dormir, pero tenía la sensación de que ya había acumulado al menos el descanso imprescindible para afrontar la etapa decisiva. El descanso nos sentó especialmente bien a ambos, que nos levantamos encontrándonos mejor.

Sin darnos cuenta nos habíamos plantado en la fase final de un día que habíamos temido se hiciera excesivamente largo. Cenamos bien y bebimos lo suficiente. A mí me quedaban algo más de dos litros de los cuatro y medio con los que había llegado a la montaña. Eso, sumado a lo poco que le restaba a David, sería suficiente para las menos de 20 horas que nos quedaban en el macizo.


Dejamos todo listo para el día siguiente y nos acostamos en torno a las 21h, aunque a mí me costaría más dormirme. Calculo que lo hice cerca de las 23h. La última vez que abrí los ojos pasaban unos minutos de las 22h y aún entraba luz natural, aunque ya muy tenue. El gran día estaba a punto de llegar.


PARTE 2 - LA CUMBRE ◗

 Miércoles, 17 de julio de 2019.

A la 1:30 AM sonó la alarma al ritmo de “Camals mullats”, de La Gossa Sorda. Costó tan poco levantarse como los días anteriores, aunque los nervios se respiraban en el ambiente. No hubo tiempo para un protocolario “buenos días” cuando ya estábamos preguntándonos cómo nos encontrábamos. Ambos estábamos bien, descansados y sin dolor ni molestia alguna en nuestras cabezas. Tomamos el desayuno como parte de la ascensión. Muy serios, como no acostumbrábamos, y por mi parte bastante ligero, para sentirme ágil y por cierto temor a que al cuerpo no le sentase bien cuando superáramos los 4.300 o 4.500 metros de altitud.

Sobre las 2:30 AM llegó uno de los momentos más importantes del día. Nuestros pies destrozados, con los talones en carne viva, debían ser mimados para ese último esfuerzo. David cubrió sus talones antes de introducir los pies en las botas y se ocupó también de los míos. Con absoluto éxito, debo reconocer. La noche anterior apenas podíamos caminar y teníamos auténtico miedo de que las heridas comprometieran la ascensión. Habíamos desayunado ya con el arnés puesto, así que nos pusimos las botas, los crampones, los guantes, el casco y nos encordamos. Antes de comenzar a andar David me dijo algo. Sinceramente, no recuerdo qué. Seguramente porque lo importante no eran las palabras sino el abrazo que las acompañaba. Eran las 2:52 AM y comenzaba nuestro asalto a la cima del Mont Blanc.

Recordamos las dos máximas que nos habían llevado hasta ahí: beber a cada hora en punto y avanzar a un ritmo cómodo. La primera parte de la ascensión no revestía mayor dificultad que el desgaste de una pendiente bastante vertical. Había huella abierta y bastaba limitarse a progresar a través de ella. Pese a tratar de ir a un ritmo cómodo con el que cuidar nuestras energías, nuestro ritmo de progresión estaba bastante por encima de la media, con lo que constantemente debíamos abandonar la huella para adelantar. A modo de anécdota debo decir que en un momento adelantamos a una sucesión de cordadas que se habían juntado. En ese momento estaba yo de primero de cordada, y David me sugirió que los adelantáramos. Al ser mucha gente no fue un adelantamiento fácil, y cuando lo terminamos yo estaba exhausto. David me sugirió que suavizara el paso para recuperar energías y yo no pude hacer otra cosa que reírme dado que no tenía fuerzas para nada que no fuera casi detenerme. Una vez nuestro ritmo cardiaco volvió a la normalidad seguimos ascendiendo por la pendiente hasta dejar a la izquierda el Dôme de Goûter y llegar al Col du Dôme (4.237 metros). Rebasando al ecuador del desnivel a alcanzar en la jornada, las sensaciones eran muy buenas, pero la euforia escasa. Todo iba muy bien y contábamos con que la altura en cualquier momento podría golpear. Llegar al refugio de Vallot (4.362 metros) significaba que menos de 500 metros nos separaban de la cima del Mont Blanc. A partir de aquí la empresa se iría complicando. Como toda la ruta al Mont Blanc por Goûter, técnicamente no era difícil. Pero si bien la concentración debía ser absoluta a lo largo de toda la ruta, de ahora en adelante haría falta un plus para minimizar riesgos. Al asomar a la arista oeste se respiraba la alta montaña en su más pura esencia. La belleza de un extraordinario sol rojizo que empezaba a asomar fue una de los contados comentarios que nos hicimos y que no iban referidos a la ascensión a cumbre. De cualquier manera, observar mínimamente ese bello amanecer fue un pequeño y fugaz lujo que nos dimos antes de seguir avanzando. Para ese entonces, un error mío ascendiendo el glaciar que me había llevado a salirme de la huella nos había llevado a cambiar el orden, habiendo pasado David a ser primero de cordada y conduciéndonos ya él hasta la cima. Con David al frente alcanzamos los 4.480 metros, momento en el que le dije que apenas nos quedaba un Peñón de Ifach para alcanzar la cima. De este modo y rebasados los 4.500 metros, pequeños síntomas de la altitud alcanzada comenzaron a manifestarse en el interior de mi cabeza. Progresé por la arista sin levantar la vista de la nieve, siguiendo el ritmo cómodo que imprimía David. Cada vez que la cuerda se tensaba yo avanzaba con el piolet y pie izquierdo primero, y con el bastón y pie derecho posteriormente; dejando que la cuerda volviera a destensarse y esperando un nuevo paso de David para repetir exactamente los mismos cuatro movimientos.

David en la arista que conduce al Mont Blanc. Foto tomada a las 6:25 AM, descendiendo tras coronar.

 Eran muy pocas las cordadas que llevábamos por delante, y en todas ellas reconocíamos a algún guía con el que habíamos coincidido el día anterior en el refugio. David observó –yo no llegué a darme cuenta- que en muchos casos los guías tiraban de la propia cuerda para ayudar a clientes que estaban exhaustos. David y yo ascendíamos sin guía, por lo que recaía en nosotros toda la toma de decisiones -la aclimatación, la ruta, la estrategia, la longitud de la cuerda en cada tramo, el equipo y un largo etcétera- y las responsabilidades.

Físicamente seguíamos frescos y seguimos adelantando cordadas hasta que a las 6:05 AM enfilamos la explanada que tiene el Mont Blanc por cima. Recuerdo la piel absolutamente de gallina y una emoción que ahora, al escribirlo, me invade una vez más, aunque en mucha menor medida. David caminaba delante mía y éramos las únicas personas en la cima. Yo esperaba que en algún momento David se detuviera y se diera la vuelta, pero seguía avanzando, hasta que en un momento se giró y con una sonrisa me dijo “¿sabes dónde estamos, no?”. Nos fundimos en un abrazo una vez más, 3 horas y 13 minutos después de habernos abrazado al principio de la jornada. Habíamos alcanzado la cima y durante un par de minutos fue nuestra, hasta que dos cordadas se juntaron con nosotros ahí arriba.



Mi cabeza no pensó en nada en el momento de hollar la cima. Nada, al menos, ajeno al momento único e irrepetible que estaba viviendo. Tal vez algún día vuelva al Mont Blanc, pero no habrá otra primera vez en el emblemático pico de los Alpes. Alegría y felicidad son dos conceptos diferentes que tienden a ser confundidos. Entiendo la alegría como una sensación efímera, un estado de euforia que nos produce bienestar. La felicidad, sin embargo, no requiere estallar de júbilo. En la felicidad no hay euforia como tal, sino la sensación de hallarse en paz con uno mismo. Es, en resumidas cuentas, todo lo necesario para sentirse perfectamente bien. Y por eso es, generalmente, tan difícil ser feliz. Ahí arriba, a 4.810 metros sobre el nivel del mar, saboreé la felicidad. Mi cabeza no pensó nada más que saberse feliz, y lo hizo compartiendo un momento único con un amigo al que me une una amistad, se dice pronto, desde el siglo XX. El momento era inmejorable.

Por vez primera en la jornada sacamos la cámara e inmortalizamos un momento que, en esta ocasión, la cámara ha sido incapaz de reflejar. Las instantáneas en la cima tienen un significado muy especial para mí y atestiguan nuestra pequeña conquista, pero son otras muchas fotos de nuestra ascensión las que más logran aproximarse a la paz, tranquilidad, alegría o felicidad que nos fueron ocupando. En el techo de Europa occidental, reconozco, quizás no exprimí al máximo el mirador en que nos hallábamos. Y tampoco lo lamento. No deleitarme al 100% con las vistas que se posaban ante mis ojos es consecuencia directa de ese estado de felicidad que te llena al punto de no necesitar nada más.

David y yo en la cumbre del Mont Blanc.


sábado, 27 de julio de 2019

[Reseña] Nanga | Simone Moro

GERMÁN EGUILIOR.-

 Debo decir que no soy un habitual de la literatura deportiva. Ya no. Lo fui en su día, donde hasta los 'veintitantos' me empapé de libros de deporte en general y de fútbol en particular. De cualquier manera, la literatura sobre alpinismo es diferente. Son, como norma general, relatos sobre historias reales que bien podrían confundirse con novelas. El último libro que había leído sobre alpinismo había sido «K2. El nudo infinito», de Kurt Diemberger, en septiembre de 2018.

El libro «Nanga» lo tenía en carpeta desde hacía un par de años. De hecho, pretendía leerlo antes que aquel de Kurt Diemberger sobre la tragedia del K2 de 1986, pero el visionado de un espectacular documental (link) sobre la catástrofe del K2 en 2008 durante el verano pasado me hizo revolver en la historia del K2 y desear leer el relato sobre la otra gran desgracia del 'Chogori'.

Antes de hablar sobre el libro quiero decir que, si has llegado a estas líneas, además de que lo agradezco, no esperes una reseña libre de 'spoilers'. No me imagino a nadie leyendo este relato sin conocer, en líneas generales, qué ocurrió en el Nanga Parbat durante la temporada invernal de 2016. Asimismo, me gustaría destacar las razones que me llevaron a querer leer este libro. Una de las historias de montaña que más me fascinan fue la ascensión invernal al Nanga Parbat lograda por la expedición que conformaban Álex Txikon, Ali Sadpara, Tamara Lunger y el propio Simone Moro en febrero de 2016. En el momento de lograrlo, 12 de los 14 ochomiles ya habían sido ascendidos en la temporada invernal, restando solo el K2 y el Nanga Parbat, ambas en la cordillera del Karakórum. El alpinista italiano que relata y protagoniza esta historia era ya todo un experto en primeras ascensiones invernales, habiendo protagonizados las primeras ascensiones en la temporada más fría las cimas del Shisha Pangma (2005), Makalu (2009) y Gasherbrum II (2011). Mucha culpa tuvo de que me enamorara de la historia el exfutbolista Michael Robinson, quien presenta uno de los programas deportivos más interesantes de la televisión, y en Informe Robinson relató con maestría aquella primera ascensión invernal al Nanga Parbat (link). El protagonista de aquel documental fue Álex Txikon, aunque también participaron Simone Moro y Tamara Lunger. He visto el reportaje en innumerables ocasiones y desde entonces nunca he dejado de leer artículos y entrevistas publicados tanto durante la expedición como posteriormente. Por tanto, un libro sobre aquella histórica conquista contado por uno de sus protagonistas no había manera de que no deseara leerlo.
 
El libro está estructurado en capítulos muy cortos (86) de no más de dos o tres páginas por norma general, que hacen su lectura muy amena. Y, sobre todo, que facilita a posteriori el repaso a lo que, anuncio ya, me ha parecido un libro fantástico. El alpinista de Bérgamo introduce el libro contando cómo despertó su pasión por la «montaña asesina» y dejando claro que su estilo no se deja llevar por el "qué" sino por el "cómo". Algo que quien ha seguido mínimamente al italiano no puede dudar. Una vez introducido el lector a la montaña, Simone divide su libro en tres partes bien diferenciadas: el primer intento, el segundo y el tercero y definitivo. Como no podía ser de otra manera, los dos primeros intentos no dejan de conformar una especie de prólogo sobre el triunfo que compartieron Ali, Alex, Simone y Tamara en 2016. Y es que, después de leer el libro, me resulta imposible no incluir a Tamara Lunger en este cuarteto de triunfadores.

Simone Moro introduce magistralmente al lector entre las laderas del Nanga Parbat, haciéndole sentir incluso las gélidas temperaturas de la «montaña desnuda». La primera parte versa sobre el intento que acometieron Denis Urubko y Simone Moro, quienes juntos lograron las primeras ascensiones invernales al Makalu y Gasherbrum II. En el Nanga Parbat el tiempo no acompañó tal y como había vaticinado Karl Gabl, en quien el lector tendrá una sensación de confianza plena tras leer las hojas escritas por el alpinista italiano. Aquella vez, en 2012, no hubo más remedio que retirarse habiendo alcanzado una cota de 6600 metros. El segundo intento narra la acometida de Simone Moro junto a David Göttler, que tenía lugar un año después de los ataques terroristas que en el campo base del Nanga Parbat costaron la vida a 11 alpinistas en 2013.

La parte más interesante es, a mi criterio, aquello relacionado con el tercer intento. Y supongo que lo mismo pensará el autor, habida cuenta que ese intento con cumbre incluida es la auténtica razón por la que existe este libro. Es en la página 103 del libro publicado por Ediciones Desnivel cuando por fin aparece el nombre de Tamara Lunger y piensas "ahora empieza lo bueno". Fue la espectacular ascensión sin oxígeno de la sudtirolesa al K2, en el año 2014, lo que llamó la atención del reconocido ochomilista, quien contactó con Tamara para aunar fuerzas. Desde mi punto de vista, como lector, ha sido especialmente interesante conocer toda la intrahistoria entre los dos alpinistas italianos ya que, hasta la fecha, había conocido esta expedición con el foco puesto sobre Álex Txikon y, por tanto, no es hasta el final de la aventura en la «montaña asesina» cuando se unen ambas cordadas. De esta manera, me resultó especialmente interesante conocer en voz de su protagonista el intento por la vía Messner, que no se dejaría vulnerar, y que obligaría a la cordada italiana a cambiar de estrategia. La invitación de Txikon para unirse a la acometida por la Kinshofer configura la cordada que hollaría posteriormente la cima y que todos conocemos.

Tras la desgraciada muerte de Daniele Nardi este año, precisamente en el Nanga Parbat, cuando hacía un intento invernal por el espolón Mummery, se vuelve un poco extraña y triste toda la parte referida a los desencuentros de Nardi con Txikon y Moro, y da un poco de luz del asunto teniendo en cuenta siempre que son palabras de Simone Moro, uno de los involucrados. No vale la pena que yo profundice sobre esto, pues de nada sirve mi interpretación de unos hechos que ya he leído condicionado por la opinión de uno de los protagonistas.

En todo caso, y aunque la unión estuvo a punto de no producirse, el bergamasco y la sudtirolesa se unieron a la expedición que lideraba Álex Txikon. Ellos tres y Ali Sadpara configurarían el equipo de cuatro alpinistas, habiéndose marchado Daniele Nardi, que intentaría hollar la cima del Nanga Parbat en invierno. El relato del trabajo en equipo emociona y las noticias de Karl Gabl sobre la ventana de buen tiempo dibujo una sonrisa esperanzadora al lector, que se convence de lo que ya sabe: se puede llegar a cima. El mal estado físico de Tamara Lunger en el día de cumbre, que se encontraba afectada por el comienzo del ciclo menstrual, impidió que se convirtiera en la primera mujer con una primera ascensión invernal a un ochomil. Quizá sea eso el toque amargo que embellece la historia hasta convertirla en casi perfecta. Ese dolor que te deja que la sudtirolesa no hollara la cima. De cualquier manera, después de leer el libro se hace difícil dejar a Tamara fuera del exitoso equipo que hizo historia, pues se entiende que su aporte fue absolutamente determinante para que la empresa llegara a buen puerto.

Simone Moro decidió no solo poner su nombre sino escribir él mismo su libro, lo cual me parece la única opción válida para alguien que firma un escrito. Lo hace además con un estilo muy agradable para el lector, el cual se ve inmerso en el Nanga Parbat desde el primer momento. A todo aquel que alguna vez haya empuñado un piolet y caminado con crampones le recomiendo su lectura. Al que no esté tan próximo al mundo de la montaña no se lo recomiendo, pues probablemente le aburriría y no se acercaría al precioso mundo de las arrugas de la tierra. A ellos les invitaría a que vieran el documental de Informe Robinson, «Invierno en el Nanga Parbat», que habla sobre la misma historia que el libro de Simone Moro.


PD: Si alguien va a comprar el libro, le sugiriría que no lo hiciera en ninguna gran web que al día siguiente te lo entrega en casa. Que se acerque a una librería de su pueblo o ciudad y se lo encargue a la quiosquera o quiosquero. Quizás tarde unos días en recibirlo, y si tiene mala suerte una semana, pero estará contribuyendo a una economía más sostenible y ayudando a una trabajadora o trabajador que seguramente lo necesita mucho más.

miércoles, 17 de julio de 2019

Avalancha

GERMÁN EGUILIOR.-

 Mont Blanc. Martes, 16 de julio de 2019.

3:28 a.m. Llevo ya un rato dando vueltas y David abre los ojos. Me pregunta si es hora de levantarnos. Aún quedan dos minutos, pero técnicamente sí. Nos preparamos, desayunamos y salimos de Tête Rousse. A lo lejos se ve el Refugio de Goûter, pero la conocida «Bolera» del Mont Blanc y una vertiente de rocas se interponen en el camino. El mal agudo de montaña es siempre una amenaza, por lo que fijamos una norma: cada hora en punto paramos a beber. Sí o sí. Así llegan las 6 a.m. cuando nos detenemos a reponer líquido. De repente oímos un estruendo espectacular. Yo sugiero que puede ser un helicóptero que está llevando a cabo un rescate. David cree que es el glaciar que hemos dejado atrás, que está fragmentándose y dando lugar a una de las peores amenazas: las grietas. Entonces nos giramos y vemos que no hemos acertado ninguno de los dos. Detrás nuestra, a lo lejos, afortunadamente, la nieve y las rocas se precipitan, levantándose una nube de nieve que va ocultando la propia ladera. El ruido verdaderamente asusta. Uno no quisiera estar cerca de ahí. Es difícil pensar en algo tan bello a la par que aterrador como una avalancha. Goûter nos espera. Guardamos el agua y seguimos camino.

Foto tomada por David en la pared desde la que contemplamos la avalancha