jueves, 9 de marzo de 2017

Día Internacional de la Mujer

He dudado mucho y sí, voy a pronunciarme sobre el DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER.

En primer lugar, felicidades (y no a modo de festejo) a las que dignifican el género. A las que de un modo u otro tomaron el testigo de las Clara Campoamor, Carmen de Burgos, la Pasionaria y todas aquellas que en tiempos todavía más complicados iniciaron una lucha ante la más absoluta de las opresiones. Mi más sincera admiración por las mujeres combativas.

Por otra parte, mi más sincero respeto a las que tienen un salario menor por un mismo trabajo; a las que acceden a un puesto peor pese a contar con igual o mayor cualificación; a las que sufren el doble para acceder a cargos de responsabilidad; a las que de un modo u otro, en algún momento han sufrido violencia machista verbal o física por parte de sus parejas, aunque desgraciadamente algunas ni lo sepan; a las que han sufrido acoso laboral y a las que, aunque sea una sola vez, hayan tenido que aguantar lo de las "denuncias falsas". También para las discriminadas en los Juzgados cuando los jueces no son más que el reflejo de una sociedad machista y tienen que aguantar un último bofetón cuando se agarran al clavo ardiendo de la justicia como último aliento de esperanza.

Y como no, párrafo aparte por lo que me toca, a las deportistas que después de tantos años siguen su particular lucha en una sociedad que presume de igualdad de sexo, pero que legisla contra las mujeres hasta en materia deportiva. Basta echar un vistazo a la Ley General de la Comunicación Audiovisual, que en su artículo 20 recoge los "acontecimientos de interés general" y en ningún momento aclara qué acontecimientos son masculinos y cuáles femeninos. No lo hace como fruto de la normalización, ya que recoge, entre otros, "las semifinales y la final de la Eurocopa de fútbol y del Mundial de fútbol", pero solo son televisados los masculinos. Y como no, el prestigio. Serena Williams, Steffi Graf, Gisela Pulido, Laia Sanz, Maialen Chourraut, que el pasado verano se convirtió en la primera madre española en ser campeona olímpica, y tantas otras que se dejan la piel entrenando cada día por un reconocimiento que nunca llega.

Ya residualmente, para cerrar, mi indignación ante las feministas de Facebook e Instagram. No sobran mujeres en esta lucha y todo suma, pero compartir una foto en Facebook, un "vivas nos queremos" o un selfie en Instagram con una frase de Frida Kahlo o Angela Davis no es feminismo. Deseo que ese sea solo el primer paso y nos encontremos en las calles, piquetes, barricadas o huelgas generales. Ojalá sea el inicio de la suma a una lucha que necesita de todas. Pero, si no, por favor, un poco de dignidad, amor propio y, sobre todo, respeto a las mujeres que a cambio de nada luchan cada día en las calles por hacer de este un mundo más justo.

VIVA VUESTRA LUCHA y, a vosotras sí, FELICIDADES.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Censura

A esta situación tremendamente crítica solo ha sido posible llegar con el consentimiento de la ciudadanía. Una sociedad que se ha limitado a observar impasible como sus derechos eran recortados día tras día mientras clamaba al cielo por lo que, los que les recortaban sus derechos en España, les decían que ocurría en Venezuela. Nunca he creído en España como el “Estado social y democrático de Derecho” que proclama el artículo 1 de la Constitución. Pero, por una época, llegué a pensar que estábamos lo suficientemente lejos de la España de posguerra. Cuanto más tiempo pasa y más indiferentes nos mostramos ante cada puñalada asestada a nuestros derechos, más nos acercamos a la España a la que, en teoría, nadie quiere volver. El color de la papeleta hizo que, increíblemente, los que presumen de demócratas se posicionaran a favor de encarcelar a los titiriteros por una obra de teatro. Cuando estudiábamos el Franquismo nos hablaban de la censura palpable en las letras de Cecilia, Luis Eduardo Aute o Paco Ibáñez. En el Siglo XXI, en plena era de las comunicaciones, te mete entre rejas un maldito tuit. ¡Qué mal vamos!

viernes, 27 de enero de 2017

Caer y levantarse

Son más de 700 victorias y 150 derrotas en el circuito. Ya conoce todas las sensaciones, pero algunas hace tiempo que han quedado atrás. Un incombustible Nadal patina sobre la tierra batida del Foro Itálico para desquiciar a un Guillermo Coria que no encuentra lugar al que no pueda llegar para devolverle la pelota una vez más. Un atrevido joven de 22 años recién cumplidos desafía a Roger Federer en la Centre Court de Wimbledon para, ahora sí, quitarle el cetro al maestro de maestros. Hemos visto una y otra vez una derecha abierta que cae como un tomahawk bautizando ángulos desconocidos. Ese 'banana shot' made in Manacor capaz de hundir la moral del mismísimo Novak Djokovic. Y el puño apretado acompañado de una rodilla que sube a la altura del rostro del único tenista que junto a Andre Agassi puede presumir de haber ganado el Golden Slam. Atrás quedaron esas sensaciones de imbatibilidad forjadas a partir de 81 victorias consecutivas sobre una misma superficie para dar paso a un mundo desconocido. La impotencia, la inseguridad de qué pasará cada vez que saltaba a la pista son los recuerdos más recientes. Un revés cortado que se queda a mediapista en forma de harakiri. Un servicio indolente que hacía mirar con nostalgia la videoteca de los US Open 2010 o 2013. Unas piernas lentas incapaces de hacer de la línea de fondo un fortín. El imbatible Rey de la tierra hinca la rodilla ahora una y otra vez sobre el polvo de ladrillo. Pero no se rindió. Y tocó sufrir. Nadie sabe sufrir como el Rey de la tierra batida. Un paso adelante para restar y más peso en la raqueta para golpear más agresivo. Si el segundo saque era seña de identidad, Nadal se presenta en Australia con un primer saque para dominar los juegos al servicio. Y ahí vimos al combativo de Nadal de siempre, porque eso nunca lo perdió, con armas para salir a matar. Cayó Zverev, cayó Monfils y ha caído Raonic. Nadie podría volver del abismo si no se llama Rafael Nadal Parera. Una capacidad de sacrificio jamás antes vista y una cabeza robusta como una roca es el cóctel perfecto para no morir jamás. El mejor competidor de la historia de este deporte está en semifinales de un Grand Slam después de 965 días. Ganar es secundario. Sólo hay una cosa mejor que ver ganar a Rafael Nadal y es verle competir. Faltan nueve horas para que salte a la pista buscando una final en la que espera Federer. La vida se lo debe al tenis. Vamos, Rafael.

viernes, 1 de julio de 2016

¿Dónde quedó aquel rugby?

Echo de menos el rugby. El clásico. El amateur. El que empezó a morir hace no más de cinco años. Echo de menos el rugby en el que distinguíamos a delanteros y tres cuartos, por la forma de jugar y por la forma de ser. Echo de menos esos equipos en los que viendo bajar a los jugadores del autobús ya sabías cómo iban a formar. Y entrenando, ahí es donde más lo echo de menos. Echo de menos a los medios de meleé que querían ejercicios de pase, para agachar el culo, rozar la hierba y con la pierna totalmente recta poner un pase preciso tan lejos como puedan. Echo de menos al apertura que quiere patear, y que cuando el ejercicio acaba pone un 'up and ander', por lo que hubiera podido ser. Echo de menos a esos centros que le hacen un cambio de pie hasta a su propia sombra, casi hasta cuando el ejercicio es de chocar. Echo de menos esos alas con velocidad punta que superan al adversario y mientras el entrenador les grita "al suelo" siguen corriendo hasta el ingoal, porque aman esprintar. Y echo de menos a ese zaguero que se frota las manos ante los fallos de sus compañeros para ir a cerrar, aunque sea un 2 vs 1 que sabe que va a acabar en ensayo. Total, es un entrenamiento. Y los delanteros. Echo de menos esos primeras líneas que le piden al apertura que les pongan balones altos. Echo de menos esos segunda líneas que bajaban media hora antes para mejorar el pase. Y echo de menos a los terceras omnipresentes que quieren salir del ruck para doblar al zaguero y picarse en explosividad. Ese rugby. ¿Os acordáis? Un especialista en el pase, un especialista en la patada, un especialista en el juego de piernas, un velocista, algunos tipos duros... El primera que entrenando buscaba un cambio de pie y que prometía que antes de terminar la temporada iba a ensayar redoblando al ala. Echo de menos esos pequeños grupos dentro del equipo que en función de su condición física se juntaban para salir a correr. Echo de menos, sobre todo, cuando en el rugby se valoraba más el corazón y la habilidad jugando que lucir un cuerpo de gimnasio. Siempre seré más de Pichot que de Chabal.

martes, 28 de junio de 2016

Imbéciles

Una de las cosas que más gracia me hace de la derecha es que consideren falta de respeto que desde la izquierda digamos que somos un país de imbéciles tras el resultado de las últimas elecciones. Y en algo tienen razón: en España somos 46 millones de habitantes de los que sólo 8 millones han votado al PP, más otros 10 millones han desperdiciado su oportunidad de acabar con este gobierno corrupto a través de abstenciones, votos en blanco y votos nulos. Es decir, sólo 18 millones de los 46 millones de habitantes son responsables de este resultado. Además, en el caso de los 8 millones de votantes del PP, no puedo catalogar a todos de imbéciles, pues hay una minoría a la que realmente le favorece que gobiernen (más allá de que en mi caso, por una cuestión de principios, ni aun beneficiándome podría votar a un partido homófobo, xenófobo o sexista como el Partido Popular). Algunos por intereses empresariales o financieros, dado que para explotar a un trabajador el respaldo de la reforma laboral de 2012 es una garantía; y otros por enchufismo. No es que el gobierno nacional les vaya a colocar en los Ayuntamientos o puestos de privilegio, pero bien es preferible que los que les dan esos magníficos puestos de trabajo estén contentos. Al fin y al cabo no iba a ser casualidad que se repitan tantos apellidos por el Ayuntamiento, y que el que no se repita sea primo/cuñado/amigo de.

Rectificando por tanto lo de que somos un país de imbéciles por un más apropiado "en España hay alrededor de 17 millones de imbéciles", sigue haciendome gracia que la derecha considere falta de respeto la catalogación de "imbéciles", algo que no es más que una definición objetiva.

Si llamarles "imbéciles" es una falta de respeto, me pregunto yo: ¿es una falta de respeto al resto de ciudadanos de este país respaldar a un gobierno corrupto? ¿y respaldar a un gobierno que ha recortado en sanidad? ¿y respaldar a un gobierno que está alejando a las clases populares de las Universidades? ¿y respaldar a un gobierno que ha dado la espalda a los niños autistas? ¿y respaldar al gobierno de la amnistía fiscal al servicio de los defraudadores? ¿y respaldar a un gobierno que ha recortado en ayudas a la dependencia? ¿y respaldar a un gobierno que ha permitido que niños indefensos duerman en la calle habiendo viviendas vacías? ¿y respaldar a un gobierno que ha recortado en pensiones? ¿y respaldar a un gobierno que incumplió, día tras día, su programa electoral con el que ganó las elecciones anteriores?

Sé que nuestros principios nos sitúan, afortunadamente, en extremos opuestos. Y afortunadamente, a mi lo que me parece una auténtica falta de respeto y motivo para la indignación es el haber respaldado a un gobierno responsable, entre otras cosas, de todo lo mencionado en el párrafo anterior.

lunes, 27 de junio de 2016

Ya no creo

No puedo seguir creyendo en el cambio. Lamentablemente, vivimos en un país de imbéciles. Hoy, un trabajador que acaba de perder su trabajo, que estaba sin contrato y que ni siquiera sabe si va a cobrar lo que le deben, me ha dicho que va a votar en blanco. Va a votar en blanco porque el PP lo hizo mal, el PSOE lo hizo mal y Podemos... seguro que también lo hace mal. No le convence ninguno. Le he preguntado qué sabía de la última reforma laboral o de la ley mordaza con la que retuitear puede ser delinquir. Como era de esperar, no sabía nada. Tampoco sabe nada de la Ley D'Hondt. No sabe nada de las ayudas a la dependencia. En definitiva, sabe sólo tres cosas: que los que vengan serán como los que están, que no le gusta Venezuela y que el Coletas no le convence. Así que no puedo creer más, porque lamentablemente este no es un caso aislado. No paro de encontrarme situaciones similares. A la ciudadanía le han inoculado miedo, y aunque no sepa qué pasa en México, Burkina Faso o Sierra Leona, tiene claro que no quiere ser Venezuela. A la ciudadanía no le preocupa la sanidad, la educación, las amnistías fiscales, ni familias enteras que duermen en la calle en un país con más de tres millones de viviendas vacías. Sí, si en algo estamos a la cabeza en Europa es que somos el país con más viviendas vacías en todo el continente. Hay que saber perder y no queda otra que felicitar a la derecha porque haber adoctrinado a una aplastante mayoría imbécil no puede ser fácil. Hay un gran trabajo detrás en colegios, institutos, y medios de comunicación. Y ahora recogen los frutos del trabajo que han venido haciendo. La derecha de este país maltrata a un pueblo que, cuando tiene que pronunciarse, de manera expresa o tácita vuelve a entregarle los mandos. No hay peor ciego que el que no quiere ver, y ante un pueblo que no abre los ojos la derrota está servida una vez más.

miércoles, 22 de junio de 2016

Empate a necio

Veo que ahora la derecha se indigna ante la posibilidad de que con 16 años se tenga derecho a voto. Siempre he creido que la mayoría llegaba a los 18 sin el conocimiento mínimo para decidir en unas elecciones. Con el paso de los años me he dado cuenta que la mayoría no sólo llega a los 18 sin ese conocimiento mínimo, sino también a los 30, a los 40, a los 50... si no sería imposible que un partido que legisla contra los trabajadores, que oprime al pueblo y que protagoniza semanalmente un nuevo escandalo de corrupción sea el más votado elección tras elección. Pero ahí están y no hay Púnica, Gürtel, financiación ilegal, ni tarjeta Black que los pueda detener.

Son mayores de 18 los que no votan a Unidos Podemos porque "no quieren ser Venezuela" mientras no les preocupa ser México. Son mayores de 18 los que ven colas en Caracas como consecuencia de un desabastecimiento provocado mientras a unos kilómetros de aquí no tienen constancia de las huelgas generales de nuestros vecinos franceses. Tienen más de 18 años y votan recortes en educación y en sanidad, y una reforma laboral que les condena. Tienen más de 18 años los que votan en contra de su propia libertad con la Ley Mordaza y votan en contra del derecho a decidir de las mujeres sobre su propio cuerpo. Tienen más de 18 años y echan la culpa de la situación actual a inmigrantes ilegales y legales, y hasta a la posibilidad de acoger refugiados. Tienen más de 18 años y no cuestionan el dinero en paraísos fiscales, las puertas giratorias, las pensiones vitalicias, los sueldos desorbitados ni la amnistía fiscal a la que se acogió hasta la Familia Real (que, por cierto, ni mayores de 18 ni menores hemos votado).

¿En serio debe preocuparnos que voten los jóvenes de 16 años? Por más mal que lo hicieran sólo podrían empataros.

viernes, 25 de marzo de 2016

El legado de Cruyff


Artículo original en Nos-Comunicamos.com.ar.
No voy a hablar de finales de Copa de Europa aunque haya ganado tres. No voy a hablar de Balones de Oro por más que tenga otros tres. No voy a hablar de Mundiales por más que haya sido la figura más importante de dos: en uno por haber sido el mejor, en otro por haberse negado a jugar. No voy a hablar de camisetas aunque vistieras alguna de las más importantes del mundo.

No hay una fecha concreta. Es una tarde cualquiera de un día cualquiera, en Ámsterdam. Década de los '60, o de los '70. De piernas delgadas, un joven predestinado a convertirse en fumador compulsivo conduce una pelota en un partido cualquiera. Impone un cambio de ritmo que impresiona, una velocidad de vértigo y un regate que, medio siglo después, está en peligro de extinción. Su visión de juego no es un detalle menor. No hace justicia con Cruyff hablar de aquella gran noche. Aquel campeonato. El legado de Johan Cruyff va mucho más lejos.

Revolucionó el fútbol, abrió las puertas del fútbol moderno y le aportó el "fútbol total". Para siempre.  Lo conoció sobre el terreno de juego bajo la batuta de Rinus Michels y lo perfeccionó desde el banquillo. Obsesión por la tenencia del esférico, presión alta sobre el adversario y triangulaciones para romper las líneas rivales. Fue el primer futbolista, y a día de su muerte el único, en haber sido leyenda primero como jugador, y alcanzar el grado de leyenda también como entrenador. No hay una tarde para resumir a Cruyff. Hay toda una vida. Un hombre de fútbol.

Hasta siempre, Johan.



lunes, 21 de septiembre de 2015

Cheste: diez años después

Hoy hace 10 años que Cheste puso en mi camino a algunas de las personas más importantes de mi vida. Pudo haber sido una etapa pasajera, pero no sé qué tiene que a nuestro cuarto de siglo ya superado pensamos casi unánimemente que fue la mejor etapa estudiantil de nuestras vidas. Madrugamos, estudiamos -quizás copiamos más que estudiamos-, comimos y cenamos en un comedor cinco días a la semana, entrenamos, compartimos alegrías y frustraciones... con 15 o 16 años, casi sin saberlo, nos convertimos en una familia y por eso hoy somos lo que somos.
El instinto de supervivencia nos enseñó a asaltar juntos el cuarto de la merienda o el papel higiénico. Bendito papel higiénico, seco o mojado. A trabar la habitación con una silla. A atrincherarnos. A rebelarnos, con portazos, pirotecnia o lanzando tubos. La guerra es la guerra. Y encubrirnos. Qué bonito fue encubrirnos. Ahí estábamos todos, a las 3am en el hall, sin decir una palabra sobre quién había lanzado ese petardo. Y los interrogatorios. Qué fácil hubiera sido ser chivato. Y ahí íbamos, pasando uno por uno por el despacho del educador. Las madrugadas de estudio. El compañerismo. Es brutal que nos quedáramos hasta las 3am o 4am para explicarnos entre nosotros las dudas de los exámenes. O para reírnos de los que tuvieran examen de Latín, que también vale. Reírnos. Esa fue la clave. Sólo así nos podía gustar levantarnos un lunes a las 6am para subirnos tres horas a un autobús. Sólo así nos podía gustar ir a clase. Pero si era mejor de lunes a viernes que el fin de semana. Por eso daba igual levantarse cada mañana a las 6:45 con la radio a todo volumen y con las luces deslumbrándonos los ojos. Vale, reconozco que eso no daba igual. Por eso cortamos el cable del maldito altavoz y por eso lanzamos 58 tubos por la ventana. Y tantas otras que ya han prescrito.
Menos mal que no había móviles inteligentes. No sé cómo será aquello hoy, pero muy lejos de lo nuestro. Afortunadamente, de lunes a viernes éramos nosotros y nadie más. No había WhatsApp ni Facebook para hablar con los de fuera. Por eso valía la pena el sacrificio de todo el día, por esa hora y media en terrazas o por las reuniones clandestinas desde que se apagaban las luces a las 23:00 hasta altas horas de la madrugada. Han pasado diez años y cada uno ha tomado un camino. En Cheste encontre el amigo que lo da todo, el que nunca falla. Ese del que hablan en las películas o los libros, pero que rara vez existe. Y no creo que sea casualidad que lo hallara en Cheste hace hoy diez años. Bendita etapa aquella y pobre de los que no han tenido la suerte de pasar por aquello. A veces escucho a gente hablar de la etapa universitaria y me compadezco de ellos pensando que desconocen lo que fue Cheste. Decían Los Rodríguez "diez años después quién puede volver atrás". Lamento no teneros a mi lado cada día a algunos de vosotros, pero me basta haberlo vivido, recordarlo con tanta claridad y que el mundo se pare cada vez que nos cruzamos. 
A ESTUUUUUUUDIO... CLAP, CLAP, CLAP... A E ESTUUUUUUUDIO...

sábado, 5 de septiembre de 2015

Volverá

Es difícil de explicar. Ayer Nadal puso fin a una racha increíble. Desde 2005 hasta 2014, durante diez temporadas consecutivas, logró alzarse con al menos un Grand Slam por temporada. Ayer cayó en el cuarto grande del año, algo que todos sabíamos que más tarde o más temprano ocurriría. Y puso fin a un récord que veremos quién es el valiente que se atreve a arrebatárselo. Y lo hizo con un partido increíble. Ayer no sólo por primera vez no ganó un Grand Slam en una temporada, sino que por primera vez desperdició un 2-0 en un Grand Slam. Me fui a dormir casi a las siete de la mañana teniendo que trabajar hoy por la mañana. Frente al televisor, a ratos sentado, a ratos de pie. Sabía que el partido era complicado pero estaba disfrutando como hacía tiempo no podía en un partido de Nadal. Revés profundo al fondo de la pista y jugando por delante de la línea de fondo. Nadal escondió ese revés cortado al cuadro de saque con el que se ha hecho el harakiri durante toda la temporada. Abrió ángulos y se atrevió, prueba de ello la agresividad que mostró durante gran parte de los tres sets centrales del partido. La derrota es un palo durísimo, y más cuando tiene lugar a las siete de la mañana. Pero hay algo que me permite sonreír. Yo sí creo. Va a volver.


domingo, 25 de mayo de 2014

La Décima

Martes, 17 de septiembre de 2013. Han pasado 140 días desde la última decepcion europea. Y van 12 consecutivas. El Real Madrid salta al césped del Türk Telekom Arena donde no ha ganado nunca, con un 4-2-3-1 que nada tiene que ver con el 4-3-3 que 249 días después presentaría en Lisboa. Es el estreno del Real Madrid en competición europea bajos las órdenes de Carlo Ancelotti, y la presentación oficial de Casillas en la temporada. Breve presentación, pues a los 15 minutos se marcharía lesionado. El Real Madrid no había ganado nunca al Galatasaray a domicilio, y se impone contundemente con un 1-6 que parece sólo una goleada más a las que el club está acostumbrado en los últimos años. Y así, la fase de grupos se prolongó como un paseo para el Real Madrid. Un festival de exhibiciones en el que barrió a turcos, daneses e italianos. Cumplido el trámite, empezaba "la Champions en serio". A vida o muerte. Sin una fase de grupos que hace primar el marketing sobre la tradición eliminatoria de la Copa de Europa.

Y el sorteo fue generoso con un Real Madrid al que emparejó con el Schalke 04. Peligroso en otra época, tal vez. Pero este Real Madrid hacía ya tres años que había aprendido a competir, de la mano de José Mourinho. Los fantasmas de octavos de final volaron del Bernabéu una noche de marzo de 2011, cuando un 3-0 sobre el Lyon puso fin a siete años sin superar una eliminatoria europea. Siete años muy largos que comenzaron en una trágica noche  en el principado monegasco, donde el Mónaco de Morientes tumbó a un Real Madrid (2004) que ya no se levantaría. Juventus, Arsenal, Bayern, Roma, Liverpool y Olympique de Lyon se fueron pasando el testigo con el que asestar un golpe mortal al Real Madrid durante las siguientes seis temporadas. Pero esto había acabado tres temporadas atrás, y los teóricos segundos de grupo habían dejado de ser una amenaza para los de Chamartín. Así, un 1-6 en Gelsenkirchen fue la estelar presentación de Benzema, Bale y Cristiano como mejor ataque del continente. El Real Madrid liquidó la serie en Alemania y el 3-1 de la vuelta sólo sirvió para poner fin a la temporada de Jesé Rodríguez, jugador revelación hasta el momento.

Ya en cuartos de final, se avecinaba una ronda impresionante con el mayor nivel futbolístico en esta instancia que yo recuerdo. Los ocho primeros de grupo, todos equipos potentes, no habían fallado en octavos y nos deparaban cuatro choques que, perfectamente, cada uno de ellos podía haber sido la final del torneo. El sorteo quiso de nuevo que la eliminatoria del Real Madrid tuviera acento alemán, y le concedió la revancha ante el subcampeón de Europa. El Borussia Dortmund de Klopp que un año atrás le había privado -por tercer año consecutivo- de jugar la final. Un 4-1 en Dortmund que el Real Madrid se quedó a un gol de remontar en el Bernabéu; pero si en 2011 desaparecieron los fantasmas de octavos, esa noche llegó a Madrid el fantasma de semifinales. El Real Madrid aprovechó la visita de un debilitado Borussia Dortmund que llegó a Madrid sin varios de sus estandartes y encarriló la serie con un 3-0 que le acercaba a semifinales. La vuelta debió ser un trámite, pero dos errores en la primera parte dejaron al Borussia Dortmund a un gol de empatar la eliminatoria. Al Real Madrid le tocó sufrir y resultó clave un Casemiro que saltó al Signal Iduna Park vestido de Fernando Redondo para evitar la tragedia. El Real Madrid no supo competir sin su líder y pareció quedarle grande el torneo. Pero cuando no sabes competir queda resistir. Y lo hizo. Con la cuota de suerte que necesita un campeón para levantar el título. La que años atrás le había sido esquiva.

Las semifinales tenían al Bayern, vigente campeón, como principal amenaza en el sorteo. Y el azar, entusiasmado con los rivales teutones, lo emparejó con el Real Madrid. Se presentaban aquí los fantasmas de semifinales que habían sido gestados en tres malos partidos de ida durante las últimas temporadas. Un 0-2 del Barcelona en el Bernabéu, y dos derrotas por 2-1 y 4-1 ante Bayern y Dortmund respectivamente. Al Real Madrid se le había atragantado la ronda que decide quién pelea por la gloria y quién comparte el podio. El poco nivel competitivo del Real Madrid en Dortmund sumado a que el Bayern era el principal favorito al título auguraba una complicadísima eliminatoria, poco esperanzadora para el Real Madrid. El equipo bávaro ya había vencido 4-0 y 0-3 al Barcelona en las semifinales del año anterior. La ausencia de Bale pudo ser la derrota casi segura del Real Madrid en el Bernabéu, pero terminó siendo el inicio de una serie histórica. Y lo fue porque Ancelotti pasó del asentado 4-3-3 a un 4-4-2 con Isco y Di María muy implicados en defensa. Dos líneas muy juntas que dieron una total solidez defensiva al Real Madrid, que supó eclipsar al equipo de Guardiola para mantener el cero en su portería. Vital. Además, un contragolpe 'made in Real Madrid' le permitió a los de Carletto viajar a Múnich con una ventaja mínima. Pero ventaja.

Los precedentes en Múnich eran desesperanzadores para el Real Madrid. Nueve visitas con ocho victorias y un empate. El Bayern había anotado en 22 de sus últimos 23 partidos de Champions League en el Allianz Arena, y sólo se había quedado sin convertir en la vuelta de la eliminatoria con el Arsenal, donde los goles de la ida le bastaban para pasar de ronda. El gol de los alemanes se daba por hecho y el Real Madrid, que no iba a oler el balón, tendría que marcar para estar en la final. Eso o ver su sueño frustrado por cuarto año consecutivo mientras los fantasmas de semifinales bailaban en el vestuario blanco. 15 minutos duró la tortura bávara. Los que necesitó Sergio Ramos para conectar un cabezazo al servicio de Luka Modric que obligaba a los alemanes a anotar tres. Un segundo cabezazo del sevillano liquidaría la serie, que ya sólo seguiría para convertirse en un partido histórico: la mayor goleada del Bayern en Europa (0-4), la primera victoria del Madrid sobre el Bayern como visitante, la primera vez que el Real Madrid encadenaba tres victorias seguidas sobre el Bayern; y el récord de Cristiano Ronaldo, que anotó dos goles con los que llegaba a 16 en el torneo, batiendo la anterior marca que compartían Messi y Altafini (14). El Real Madrid volvía a una final 12 años después, y lo hacía otra vez tumbando al campeón, que igual que 12 años atrás era el conjunto bávaro.

25 eternos días de espera para, a un partido, decidir qué equipo gobernará Europa durante los próximos 12 meses, y la capital española durante la eternidad. Por primera vez dos equipos de la misma ciudad cara a cara en una final de Copa de Europa. 25 días para vengar 11 temporadas hincando la rodilla en Europa y las lágrimas derramadas en los tres últimos años, que es cuando más cerca estuvo. Especialmente tras los penaltis frente al Bayern y el amago de remontada contra el Borussia Dortmund. 25 días para que jugadores que se lo habían ganado por derecho propio, inscribieran su nombre en la leyenda del mejor club de la historia. La ausencia de Xabi Alonso -clase magistral suya en la ida de cuartos de final-, que debía cumplir ciclo de tarjetas, condicionaba al Real Madrid. Pepe, lesionado, tampoco sería de la partida. Sí lo serían Benzema y Cristiano, aunque con unas molestias que no les permitiría rayar a su mejor nivel. Y empezó una final que se iba a poner cuesta arriba tras el gol de Godín, como consecuencia de un error garrafal de Casillas. Isco y Marcelo tuvieron que entrar al partido para cambiar el aspecto de un Real Madrid maniatado por la medular rojiblanca. Y con Isco y Marcelo llegó la mejoría pero no los goles. En tiempo de descuento y mientras la mitad colchonera cantaba "que se enteren los vikingos quién manda en la capital" se repitió lo de Múnich. Córner por la derecha que botó Luka Modric para que Sergio Ramos le diera una vida más al Real Madrid en esta Copa de Europa. No fue el gol del año, sino el paracaídas de Baumgartner. El elemento que determina si haces historia o mueres en el intento. Habían pasado 92 minutos y 48 segundos del pitido inicial, y el equipo que nunca muere estaba más vivo que nunca. Prórroga. 30 minutos que el Real Madrid no desaprovecharía. Una galopada de Di María, el jugador con mejor eslalon de la plantilla, provocó un rechace con el que a Bale le bastaba usar su poderío físico para desequilibrar el marcador a favor del Real Madrid. Marcelo aprovechó un pasillo que abrió la zaga rojiblanca para sentenciar el título y Cristiano remató la goleada desde los 11 metros, con un histórico gol que dejaba el récord de tantos en una edición en 17; y que servía para que el mejor jugador del mundo rompiera las redes de los siete rivales a los que se midió el Real Madrid en esta Liga de Campeones.

Y llegó la Décima. La ansiada Décima. La tan deseada Copa de Europa que le dio la espalda al Real Madrid durante 12 años, siendo la segunda que más paciencia requirió, tras los 32 años que se hizo esperar la Séptima. Así, con 4-1, se acababa un partido que devolvía la corona al Real Madrid, que en 1956 había sido el primer club en ganar una final entre dos clubes de distinto país, en el 2000 había sido el primer club en ganar una final entre dos clubes del mismo país, y en 2014 se acababa de convertir en el primer club en ganar una final entre dos clubes de la misma ciudad.

El pitido final abrió un pasillo blanco, sin paredes ni puertas, pero que sólo quien tuviera la llave de la eternidad podría atravesarlo. Y hacia él se encaminó Cristiano Ronaldo. Cinco Copas de Europa a cada lado marcaban la dirección, y al fondo se vislumbraba la figura de un anciano y dos hombres, algo mayores que él. Alfredo Di Stéfano, Raúl González y Zinedine Zidane ocupaban tres de las cuatro sillas e invitaban al astro portugués a sentarse en una mesa reservada para los mejores jugadores de la historia del club.