martes, 27 de agosto de 2019

El mundo patas arriba

GERMÁN EGUILIOR | TAMPERE | 27.8.2019

Estaba terminando de leer Ensayo sobre la lucidez (José Saramago) y tenía claro que el siguiente libro que leería iba a ser Las venas abiertas de América Latina (Eduardo Galeano). Acabé con la novela del escritor portugués una tarde de sábado y me asomé a la estantería del salón sobre la que reposa la obra de Eduardo Galeano. Tras agarrar «Las venas abiertas de América Latina» observé Patas arriba: la escuela del mundo al revés, del mismo autor. Tengo recuerdos de ese libro descansando sobre la mesilla de mi padre, allá por 1999 (recuerdo bien que lo compró durante un viaje a Argentina, a finales de 1998). Lo hojeé (me fascina que «hojear» y «ojear», con distinto significado, puedan utilizarse casi indistintamente) y me lo llevé a mi habitación. No tenía intención de ponerme a leer en ese momento, pero lo abrí y comencé a leer. Desde la primera página el libro me atrapó. ¿Quién podría no sentirse atrapado tras leer una afirmación como la siguiente? «La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas». Evidentemente, Eduardo Galeano estaba dispuesto a golpear duro.

Aunque debía prepararme para ir a entrenar primero y marcharme a un cumpleaños después, seguí leyendo. Tenía claro que sostenía entre mis manos una obra extraordinaria. Una sensación que, siempre pongo el mismo ejemplo, sentí cuando leí el prólogo de La ladrona de libros. Apenas leí un par de capítulos antes de irme a cumplir con mis obligaciones deportivas y sociales, pero estaba deseando volver a «encontrarme» con el autor uruguayo para leer aquello que había publicado hacía 20 años y que gozaba de total actualidad. 

Un par de días después el libro sería mi compañero de vuelo en un trayecto Alicante-Helsinki, en el cual ni me molesté en conectarme al generoso Wi-Fi que ofrece Norwegian, pues hay tradiciones que se deben conservar y la lectura cuando un aeroplano nos eleva a la altura del mismísimo K2 es una de ellas. Decía Toni Mejías (Los Chikos del Maíz) que cuando viajaba a algún lugar en vez de ‘souvenirs’ compraba música, que no tenía por qué ser autóctona, y que cuando posteriormente la escuchaba le transportaba a aquel lugar. Algo similar me ocurre con la literatura, pero no por haberla comprado en algún sitio sino por haberla leído. Así, Nanga (Simone Moro) me llevará siempre de vuelta a los Alpes franceses, en la resaca de la ascensión al Mont Blanc, y Patas arriba: la escuela del mundo al revés me portará a Finlandia una y otra vez, país en el que leí prácticamente la totalidad del libro. 

La obra de Eduardo Galeano no pierde ritmo en ningún momento, y con un estilo de escritura del que me declaro absolutamente admirador y un dominio de la ironía mediante el cual asesta golpes a diestro y siniestro, al «Norte» y al «Sur», el escritor uruguayo pone en evidencia la realidad social del mundo en que vivimos. En realidad, hacía reflexionar a nuestros mayores allá por 1998, cuando para un niño como yo nada era más importante que la Séptima Copa de Europa del Real Madrid.

21 años después, cuando el mundo se despedaza y las Copas de Europa son importantes, pero no hacen girar el planeta, el libro de Galeano no solo no ha perdido un ápice de vigencia sino que la sensación es que las desigualdades que denunciaba han ido a peor. Y si en 1998 nos atontábamos viendo la televisión, al menos con aquellos con quienes compartíamos salón podíamos intercambiar alguna opinión. La televisión ha perdido ahora protagonismo para que sean los ‘smartphones’ los dispositivos que absorben nuestro cerebro. Por lo demás, todo sigue al filo de la línea que separa el «igual» y el «peor». Al hilo de la vigencia, escribió Galeano, no sin su cuota de sarcasmo, que «Michele Sindona, preso en una cárcel de máxima seguridad, pidió un café con azúcar: le entendieron mal, y le sirvieron un café con cianuro». 21 años después, y hace apenas 21 días, ha sido noticia Clauvino da Silva, el narcotraficante que había intentado fugarse de una cárcel de Río de Janeiro haciéndose pasar por su hija, que apareció ahorcado en el interior de su celda. O respecto a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que en Latinoamérica nunca gozaron de la confianza del pueblo por su condición de corruptas, y en España cada vez gozan de menos confianza por parte de la ciudadanía. Empieza ahora a ser aplicable en España también una de las reflexiones que el escritor de Montevideo hace constar en su libro: «hasta los ateos nos encomendamos a Dios antes que encomendarnos a la policía».

Me pregunto qué diría hoy Eduardo Galeano sobre el «postureo», palabra que la RAE incluyó en el diccionario en 2017, dos años después del fallecimiento del escritor uruguayo. Si bien Eduardo Galeano no llegó a conocerlo como tal, además de que es un concepto actualmente empleado solo en España, este extracto del libro retrata a mi parecer el 'postureo' de la época. Entonces, la voluntad de aparentar se desarrollaba en la calles y no en las redes sociales: «En el otoño del 98, en pleno centro de Buenos Aires, un transeúnte distraído fue aplastado por un autobús. La víctima venía cruzando la calle, mientras hablaba por un teléfono celular. ¿Mientas hablaba? Mientras hacía como que hablaba: el teléfono era de juguete». 21 años después nadie simula una conversación telefónica, pero se graban acontecimientos para compartir en redes sociales y transmitir experiencias que distan sobremanera de lo que el emisor verdaderamente está viviendo. Y sí, también hay fallecimientos consecuencia única y exclusivamente por tratar de aparentar, y de hecho se han multiplicado. ¿Con cuánta frecuencia leemos sobre gente que fallece tratando de retratarse en lugares inhóspitos?

Una canción de Nega («Mi novia es de derechas») citaba al escritor uruguayo antes de relatar aquella historia de amor que comenzaba en un after a las ocho de la mañana: «Como dijo Galeano, el mundo está patas arriba, el mundo es un desastre». Y es que si la esperanza es lo último que se pierde me pregunto si habremos perdido ya todo, porque esperanza siento que queda cada vez menos. Aunque quizá el propio Galeano encontrara la respuesta: «si el mundo está, como ahora está, patas arriba, ¿no habría que darlo vuelta, para que pueda pararse sobre sus pies?»

PD: Al artículo lo he llamado "El mundo patas arriba" por una sencilla razón -y un simple error-. Hasta que no empecé a leer el libro estaba convencido de que ese era el título del mismo (creo que la canción de Nega fue lo que me llevó al equívoco).

martes, 13 de agosto de 2019

Martes y 13

Años, muchos años intentando encontrarla. 18 años desde que la había visto por última vez. Entonces no reparé en que iba a ser la última vez, ni tampoco me preocupaba. Pasaron los años y no llegaba personal docente capaz de marcarme como lo había hecho ella antes. Simplemente, no había otra como ella. Traté de localizarla, pero ya no estaba en Calpe. Para encontrarla solo tenía un nombre: Lucía. Y no hubo manera. A veces aparecía en mis sueños y me levantaba con una sensación extraña, deseando poder encontrarla algún día. Creo que durante los primeros años necesitaba que siguiera mostrándome el camino y a partir de cierto momento, me conformaba con poder darle las gracias.

Hace dos meses, el 18 de junio, volví a soñar con ella y traté de encontrarla por enésima vez. Nada, como siempre. Y hace un mes, el 20 de julio, sin yo buscarlo cayó entre mis manos la pista que me podía llevar a ella. Se me encendieron los ojos y lo intenté sabiendo que, esta vez, no estaba dando palos de ciego. Ahora sí, la había encontrado. Había hecho lo más difícil y fue entonces cuando me di cuenta de que realmente no tenía nada. Probablemente, Lucía ni me recordara. En realidad, no era tan importante que se acordara de mi como poder agradecerle su enorme contribución en mi formación como persona, así como hacerle saber que con los años había comprendido muchas de las cosas que trataba de enseñarnos. Y es que Lucía nos educaba.

Así que le escribí y, para mi sorpresa, después de 18 años y cientos y cientos de alumnos Lucía me recordaba perfectamente. Y además quería verme. Nos hemos visto hoy. Ni puedo, ni quiero, ni es necesario relatar uno de los encuentros más increíbles de mi vida. ¡18 años! Creo que el más espaciado en el tiempo de toda mi vida. Hoy después de 18 años siento que he conocido realmente a mi maestra, y he llegado a casa fascinado. Después de toda una vida dedicada a la educación, Lucía habla de la enseñanza con una pasión que no soy capaz de imaginar en ningún maestro que se inicia en su periplo laboral. Creo que ahí he encontrado las respuestas que buscaba. Martes y 13, que nadie vuelva a hablar mal de ti.

Colegio Azorín. Clase de 6ºA. Curso 2000/2001.

miércoles, 31 de julio de 2019

[Crónica] Ascensión al Mont Blanc

GERMÁN EGUILIOR.-

◖ PARTE 1 - LA ESPERA ◗

Martes, 16 de julio de 2019.

El martes a las 8:43 AM llegamos al refugio de Goûter. Era el final de la cuarta etapa (sábado y domingo habíamos aclimatado en Gran Paradiso), pero nuestra sensación era que ahí comenzaba todo. Por delante, 18 horas a 3.835 metros de altitud antes de tratar de atacar los últimos 975 metros de desnivel que nos separaban de la cumbre del Mont Blanc.

8:03 AM. David y yo divirtiéndonos en el tramo final de la pared que une Tête Rousse con Goûter.

 La jornada, que había empezado a las 3:28 AM, había concluido su fase de ascenso. Sinceramente, nunca pensamos que entre Tête Rousse y Goûter hubiera nada que pudiera detener nuestro progreso. La lluvia de piedras en la «bolera» comenzó instantes después de que David y yo cruzáramos y no encontramos ninguna complicación significativa en nuestro camino a Goûter. Si bien, como no podía ser de otra manera, la pared que separaba Tête Rousse de Goûter iba acompañada de ciertos peligros, su ascensión no revestía una dificultad técnica especialmente complicada, y la presencia de cuerdas fijas mediante las cuales asegurarse aumentaba exponencialmente las posibilidades de éxito en ese segundo tramo. Una vez en Goûter teníamos por delante 18 horas en las que no sabíamos cómo responderían nuestros cuerpos. El plan estaba claro: comer y beber con frecuencia, dormir tanto como pudiéramos y dar un respiro a las heridas de nuestros pies. Ambos llevábamos dos etapas con los talones en carne viva y necesitábamos que las heridas se airearan hasta las 2 AM, cuando volveríamos a vendarlas para atacar la preciada cima. Pero, por economizar recursos, aguantaríamos todavía un par de horas con los vendajes del lunes. Nada más llegar a Goûter nos sentamos, comimos unos frutos secos y nos fuimos a dormir la primera siesta del día, desde las 11:00 hasta las 12:30. Entonces nos calzamos las botas y los crampones por segunda vez en la jornada y nos asomamos a la pendiente que, 15 horas después, nos pondría a prueba.

8:31 AM. Arista de Goûter, a escasos metros del que sería nuestro hogar durante 18 horas.

8:43 AM. Llegada al refugio de Goûter

 La vuelta al refugio sirvió para extender nuestras provisiones sobre la mesa e hincar el diente al queso que portaba David y a las ciruelas pasas y frutos secos que cargaba yo. El día apuntaba a ser largo, pero nada más lejos de la realidad. Ni siquiera hubo que prolongar en el tiempo una charla con la que matar las horas. Apenas terminamos de comer nos fuimos a descansar. Los primeros malestares habían llegado a nuestras cabezas. No era un dolor de cabeza especialmente grave, pero si una extraña sensación, al menos en mi caso, como si algo fluctuara en el interior de mi cráneo. Nada que una buena siesta no pudiera mejorar.



Llegó el momento de desnudar los pies, quitar los vendajes y prepararnos para dormir. Apenas eran las 16h y la alarma no sonaría hasta las 18h, que nos levantaríamos para cenar. Antes de acostarme, desde mi propio teléfono, que era el único medio con el que podía escribir, quise inmortalizar la anécdota de la avalancha que habíamos presenciado por la mañana. Y entonces sí, una vez registrada en la memoria de mi dispositivo, segunda siesta del día. Tan productiva y del tirón como la primera. Sabía que por la noche me costaría más dormir, pero tenía la sensación de que ya había acumulado al menos el descanso imprescindible para afrontar la etapa decisiva. El descanso nos sentó especialmente bien a ambos, que nos levantamos encontrándonos mejor.

Sin darnos cuenta nos habíamos plantado en la fase final de un día que habíamos temido se hiciera excesivamente largo. Cenamos bien y bebimos lo suficiente. A mí me quedaban algo más de dos litros de los cuatro y medio con los que había llegado a la montaña. Eso, sumado a lo poco que le restaba a David, sería suficiente para las menos de 20 horas que nos quedaban en el macizo.


Dejamos todo listo para el día siguiente y nos acostamos en torno a las 21h, aunque a mí me costaría más dormirme. Calculo que lo hice cerca de las 23h. La última vez que abrí los ojos pasaban unos minutos de las 22h y aún entraba luz natural, aunque ya muy tenue. El gran día estaba a punto de llegar.


PARTE 2 - LA CUMBRE ◗

 Miércoles, 17 de julio de 2019.

A la 1:30 AM sonó la alarma al ritmo de “Camals mullats”, de La Gossa Sorda. Costó tan poco levantarse como los días anteriores, aunque los nervios se respiraban en el ambiente. No hubo tiempo para un protocolario “buenos días” cuando ya estábamos preguntándonos cómo nos encontrábamos. Ambos estábamos bien, descansados y sin dolor ni molestia alguna en nuestras cabezas. Tomamos el desayuno como parte de la ascensión. Muy serios, como no acostumbrábamos, y por mi parte bastante ligero, para sentirme ágil y por cierto temor a que al cuerpo no le sentase bien cuando superáramos los 4.300 o 4.500 metros de altitud.

Sobre las 2:30 AM llegó uno de los momentos más importantes del día. Nuestros pies destrozados, con los talones en carne viva, debían ser mimados para ese último esfuerzo. David cubrió sus talones antes de introducir los pies en las botas y se ocupó también de los míos. Con absoluto éxito, debo reconocer. La noche anterior apenas podíamos caminar y teníamos auténtico miedo de que las heridas comprometieran la ascensión. Habíamos desayunado ya con el arnés puesto, así que nos pusimos las botas, los crampones, los guantes, el casco y nos encordamos. Antes de comenzar a andar David me dijo algo. Sinceramente, no recuerdo qué. Seguramente porque lo importante no eran las palabras sino el abrazo que las acompañaba. Eran las 2:52 AM y comenzaba nuestro asalto a la cima del Mont Blanc.

Recordamos las dos máximas que nos habían llevado hasta ahí: beber a cada hora en punto y avanzar a un ritmo cómodo. La primera parte de la ascensión no revestía mayor dificultad que el desgaste de una pendiente bastante vertical. Había huella abierta y bastaba limitarse a progresar a través de ella. Pese a tratar de ir a un ritmo cómodo con el que cuidar nuestras energías, nuestro ritmo de progresión estaba bastante por encima de la media, con lo que constantemente debíamos abandonar la huella para adelantar. A modo de anécdota debo decir que en un momento adelantamos a una sucesión de cordadas que se habían juntado. En ese momento estaba yo de primero de cordada, y David me sugirió que los adelantáramos. Al ser mucha gente no fue un adelantamiento fácil, y cuando lo terminamos yo estaba exhausto. David me sugirió que suavizara el paso para recuperar energías y yo no pude hacer otra cosa que reírme dado que no tenía fuerzas para nada que no fuera casi detenerme. Una vez nuestro ritmo cardiaco volvió a la normalidad seguimos ascendiendo por la pendiente hasta dejar a la izquierda el Dôme de Goûter y llegar al Col du Dôme (4.237 metros). Rebasando al ecuador del desnivel a alcanzar en la jornada, las sensaciones eran muy buenas, pero la euforia escasa. Todo iba muy bien y contábamos con que la altura en cualquier momento podría golpear. Llegar al refugio de Vallot (4.362 metros) significaba que menos de 500 metros nos separaban de la cima del Mont Blanc. A partir de aquí la empresa se iría complicando. Como toda la ruta al Mont Blanc por Goûter, técnicamente no era difícil. Pero si bien la concentración debía ser absoluta a lo largo de toda la ruta, de ahora en adelante haría falta un plus para minimizar riesgos. Al asomar a la arista oeste se respiraba la alta montaña en su más pura esencia. La belleza de un extraordinario sol rojizo que empezaba a asomar fue una de los contados comentarios que nos hicimos y que no iban referidos a la ascensión a cumbre. De cualquier manera, observar mínimamente ese bello amanecer fue un pequeño y fugaz lujo que nos dimos antes de seguir avanzando. Para ese entonces, un error mío ascendiendo el glaciar que me había llevado a salirme de la huella nos había llevado a cambiar el orden, habiendo pasado David a ser primero de cordada y conduciéndonos ya él hasta la cima. Con David al frente alcanzamos los 4.480 metros, momento en el que le dije que apenas nos quedaba un Peñón de Ifach para alcanzar la cima. De este modo y rebasados los 4.500 metros, pequeños síntomas de la altitud alcanzada comenzaron a manifestarse en el interior de mi cabeza. Progresé por la arista sin levantar la vista de la nieve, siguiendo el ritmo cómodo que imprimía David. Cada vez que la cuerda se tensaba yo avanzaba con el piolet y pie izquierdo primero, y con el bastón y pie derecho posteriormente; dejando que la cuerda volviera a destensarse y esperando un nuevo paso de David para repetir exactamente los mismos cuatro movimientos.

David en la arista que conduce al Mont Blanc. Foto tomada a las 6:25 AM, descendiendo tras coronar.

 Eran muy pocas las cordadas que llevábamos por delante, y en todas ellas reconocíamos a algún guía con el que habíamos coincidido el día anterior en el refugio. David observó –yo no llegué a darme cuenta- que en muchos casos los guías tiraban de la propia cuerda para ayudar a clientes que estaban exhaustos. David y yo ascendíamos sin guía, por lo que recaía en nosotros toda la toma de decisiones -la aclimatación, la ruta, la estrategia, la longitud de la cuerda en cada tramo, el equipo y un largo etcétera- y las responsabilidades.

Físicamente seguíamos frescos y seguimos adelantando cordadas hasta que a las 6:05 AM enfilamos la explanada que tiene el Mont Blanc por cima. Recuerdo la piel absolutamente de gallina y una emoción que ahora, al escribirlo, me invade una vez más, aunque en mucha menor medida. David caminaba delante mía y éramos las únicas personas en la cima. Yo esperaba que en algún momento David se detuviera y se diera la vuelta, pero seguía avanzando, hasta que en un momento se giró y con una sonrisa me dijo “¿sabes dónde estamos, no?”. Nos fundimos en un abrazo una vez más, 3 horas y 13 minutos después de habernos abrazado al principio de la jornada. Habíamos alcanzado la cima y durante un par de minutos fue nuestra, hasta que dos cordadas se juntaron con nosotros ahí arriba.



Mi cabeza no pensó en nada en el momento de hollar la cima. Nada, al menos, ajeno al momento único e irrepetible que estaba viviendo. Tal vez algún día vuelva al Mont Blanc, pero no habrá otra primera vez en el emblemático pico de los Alpes. Alegría y felicidad son dos conceptos diferentes que tienden a ser confundidos. Entiendo la alegría como una sensación efímera, un estado de euforia que nos produce bienestar. La felicidad, sin embargo, no requiere estallar de júbilo. En la felicidad no hay euforia como tal, sino la sensación de hallarse en paz con uno mismo. Es, en resumidas cuentas, todo lo necesario para sentirse perfectamente bien. Y por eso es, generalmente, tan difícil ser feliz. Ahí arriba, a 4.810 metros sobre el nivel del mar, saboreé la felicidad. Mi cabeza no pensó nada más que saberse feliz, y lo hizo compartiendo un momento único con un amigo al que me une una amistad, se dice pronto, desde el siglo XX. El momento era inmejorable.

Por vez primera en la jornada sacamos la cámara e inmortalizamos un momento que, en esta ocasión, la cámara ha sido incapaz de reflejar. Las instantáneas en la cima tienen un significado muy especial para mí y atestiguan nuestra pequeña conquista, pero son otras muchas fotos de nuestra ascensión las que más logran aproximarse a la paz, tranquilidad, alegría o felicidad que nos fueron ocupando. En el techo de Europa occidental, reconozco, quizás no exprimí al máximo el mirador en que nos hallábamos. Y tampoco lo lamento. No deleitarme al 100% con las vistas que se posaban ante mis ojos es consecuencia directa de ese estado de felicidad que te llena al punto de no necesitar nada más.

David y yo en la cumbre del Mont Blanc.


sábado, 27 de julio de 2019

[Reseña] Nanga | Simone Moro

GERMÁN EGUILIOR.-

 Debo decir que no soy un habitual de la literatura deportiva. Ya no. Lo fui en su día, donde hasta los 'veintitantos' me empapé de libros de deporte en general y de fútbol en particular. De cualquier manera, la literatura sobre alpinismo es diferente. Son, como norma general, relatos sobre historias reales que bien podrían confundirse con novelas. El último libro que había leído sobre alpinismo había sido «K2. El nudo infinito», de Kurt Diemberger, en septiembre de 2018.

El libro «Nanga» lo tenía en carpeta desde hacía un par de años. De hecho, pretendía leerlo antes que aquel de Kurt Diemberger sobre la tragedia del K2 de 1986, pero el visionado de un espectacular documental (link) sobre la catástrofe del K2 en 2008 durante el verano pasado me hizo revolver en la historia del K2 y desear leer el relato sobre la otra gran desgracia del 'Chogori'.

Antes de hablar sobre el libro quiero decir que, si has llegado a estas líneas, además de que lo agradezco, no esperes una reseña libre de 'spoilers'. No me imagino a nadie leyendo este relato sin conocer, en líneas generales, qué ocurrió en el Nanga Parbat durante la temporada invernal de 2016. Asimismo, me gustaría destacar las razones que me llevaron a querer leer este libro. Una de las historias de montaña que más me fascinan fue la ascensión invernal al Nanga Parbat lograda por la expedición que conformaban Álex Txikon, Ali Sadpara, Tamara Lunger y el propio Simone Moro en febrero de 2016. En el momento de lograrlo, 12 de los 14 ochomiles ya habían sido ascendidos en la temporada invernal, restando solo el K2 y el Nanga Parbat, ambas en la cordillera del Karakórum. El alpinista italiano que relata y protagoniza esta historia era ya todo un experto en primeras ascensiones invernales, habiendo protagonizados las primeras ascensiones en la temporada más fría las cimas del Shisha Pangma (2005), Makalu (2009) y Gasherbrum II (2011). Mucha culpa tuvo de que me enamorara de la historia el exfutbolista Michael Robinson, quien presenta uno de los programas deportivos más interesantes de la televisión, y en Informe Robinson relató con maestría aquella primera ascensión invernal al Nanga Parbat (link). El protagonista de aquel documental fue Álex Txikon, aunque también participaron Simone Moro y Tamara Lunger. He visto el reportaje en innumerables ocasiones y desde entonces nunca he dejado de leer artículos y entrevistas publicados tanto durante la expedición como posteriormente. Por tanto, un libro sobre aquella histórica conquista contado por uno de sus protagonistas no había manera de que no deseara leerlo.
 
El libro está estructurado en capítulos muy cortos (86) de no más de dos o tres páginas por norma general, que hacen su lectura muy amena. Y, sobre todo, que facilita a posteriori el repaso a lo que, anuncio ya, me ha parecido un libro fantástico. El alpinista de Bérgamo introduce el libro contando cómo despertó su pasión por la «montaña asesina» y dejando claro que su estilo no se deja llevar por el "qué" sino por el "cómo". Algo que quien ha seguido mínimamente al italiano no puede dudar. Una vez introducido el lector a la montaña, Simone divide su libro en tres partes bien diferenciadas: el primer intento, el segundo y el tercero y definitivo. Como no podía ser de otra manera, los dos primeros intentos no dejan de conformar una especie de prólogo sobre el triunfo que compartieron Ali, Alex, Simone y Tamara en 2016. Y es que, después de leer el libro, me resulta imposible no incluir a Tamara Lunger en este cuarteto de triunfadores.

Simone Moro introduce magistralmente al lector entre las laderas del Nanga Parbat, haciéndole sentir incluso las gélidas temperaturas de la «montaña desnuda». La primera parte versa sobre el intento que acometieron Denis Urubko y Simone Moro, quienes juntos lograron las primeras ascensiones invernales al Makalu y Gasherbrum II. En el Nanga Parbat el tiempo no acompañó tal y como había vaticinado Karl Gabl, en quien el lector tendrá una sensación de confianza plena tras leer las hojas escritas por el alpinista italiano. Aquella vez, en 2012, no hubo más remedio que retirarse habiendo alcanzado una cota de 6600 metros. El segundo intento narra la acometida de Simone Moro junto a David Göttler, que tenía lugar un año después de los ataques terroristas que en el campo base del Nanga Parbat costaron la vida a 11 alpinistas en 2013.

La parte más interesante es, a mi criterio, aquello relacionado con el tercer intento. Y supongo que lo mismo pensará el autor, habida cuenta que ese intento con cumbre incluida es la auténtica razón por la que existe este libro. Es en la página 103 del libro publicado por Ediciones Desnivel cuando por fin aparece el nombre de Tamara Lunger y piensas "ahora empieza lo bueno". Fue la espectacular ascensión sin oxígeno de la sudtirolesa al K2, en el año 2014, lo que llamó la atención del reconocido ochomilista, quien contactó con Tamara para aunar fuerzas. Desde mi punto de vista, como lector, ha sido especialmente interesante conocer toda la intrahistoria entre los dos alpinistas italianos ya que, hasta la fecha, había conocido esta expedición con el foco puesto sobre Álex Txikon y, por tanto, no es hasta el final de la aventura en la «montaña asesina» cuando se unen ambas cordadas. De esta manera, me resultó especialmente interesante conocer en voz de su protagonista el intento por la vía Messner, que no se dejaría vulnerar, y que obligaría a la cordada italiana a cambiar de estrategia. La invitación de Txikon para unirse a la acometida por la Kinshofer configura la cordada que hollaría posteriormente la cima y que todos conocemos.

Tras la desgraciada muerte de Daniele Nardi este año, precisamente en el Nanga Parbat, cuando hacía un intento invernal por el espolón Mummery, se vuelve un poco extraña y triste toda la parte referida a los desencuentros de Nardi con Txikon y Moro, y da un poco de luz del asunto teniendo en cuenta siempre que son palabras de Simone Moro, uno de los involucrados. No vale la pena que yo profundice sobre esto, pues de nada sirve mi interpretación de unos hechos que ya he leído condicionado por la opinión de uno de los protagonistas.

En todo caso, y aunque la unión estuvo a punto de no producirse, el bergamasco y la sudtirolesa se unieron a la expedición que lideraba Álex Txikon. Ellos tres y Ali Sadpara configurarían el equipo de cuatro alpinistas, habiéndose marchado Daniele Nardi, que intentaría hollar la cima del Nanga Parbat en invierno. El relato del trabajo en equipo emociona y las noticias de Karl Gabl sobre la ventana de buen tiempo dibujo una sonrisa esperanzadora al lector, que se convence de lo que ya sabe: se puede llegar a cima. El mal estado físico de Tamara Lunger en el día de cumbre, que se encontraba afectada por el comienzo del ciclo menstrual, impidió que se convirtiera en la primera mujer con una primera ascensión invernal a un ochomil. Quizá sea eso el toque amargo que embellece la historia hasta convertirla en casi perfecta. Ese dolor que te deja que la sudtirolesa no hollara la cima. De cualquier manera, después de leer el libro se hace difícil dejar a Tamara fuera del exitoso equipo que hizo historia, pues se entiende que su aporte fue absolutamente determinante para que la empresa llegara a buen puerto.

Simone Moro decidió no solo poner su nombre sino escribir él mismo su libro, lo cual me parece la única opción válida para alguien que firma un escrito. Lo hace además con un estilo muy agradable para el lector, el cual se ve inmerso en el Nanga Parbat desde el primer momento. A todo aquel que alguna vez haya empuñado un piolet y caminado con crampones le recomiendo su lectura. Al que no esté tan próximo al mundo de la montaña no se lo recomiendo, pues probablemente le aburriría y no se acercaría al precioso mundo de las arrugas de la tierra. A ellos les invitaría a que vieran el documental de Informe Robinson, «Invierno en el Nanga Parbat», que habla sobre la misma historia que el libro de Simone Moro.


PD: Si alguien va a comprar el libro, le sugiriría que no lo hiciera en ninguna gran web que al día siguiente te lo entrega en casa. Que se acerque a una librería de su pueblo o ciudad y se lo encargue a la quiosquera o quiosquero. Quizás tarde unos días en recibirlo, y si tiene mala suerte una semana, pero estará contribuyendo a una economía más sostenible y ayudando a una trabajadora o trabajador que seguramente lo necesita mucho más.

miércoles, 17 de julio de 2019

Avalancha

GERMÁN EGUILIOR.-

 Mont Blanc. Martes, 16 de julio de 2019.

3:28 a.m. Llevo ya un rato dando vueltas y David abre los ojos. Me pregunta si es hora de levantarnos. Aún quedan dos minutos, pero técnicamente sí. Nos preparamos, desayunamos y salimos de Tête Rousse. A lo lejos se ve el Refugio de Goûter, pero la conocida «Bolera» del Mont Blanc y una vertiente de rocas se interponen en el camino. El mal agudo de montaña es siempre una amenaza, por lo que fijamos una norma: cada hora en punto paramos a beber. Sí o sí. Así llegan las 6 a.m. cuando nos detenemos a reponer líquido. De repente oímos un estruendo espectacular. Yo sugiero que puede ser un helicóptero que está llevando a cabo un rescate. David cree que es el glaciar que hemos dejado atrás, que está fragmentándose y dando lugar a una de las peores amenazas: las grietas. Entonces nos giramos y vemos que no hemos acertado ninguno de los dos. Detrás nuestra, a lo lejos, afortunadamente, la nieve y las rocas se precipitan, levantándose una nube de nieve que va ocultando la propia ladera. El ruido verdaderamente asusta. Uno no quisiera estar cerca de ahí. Es difícil pensar en algo tan bello a la par que aterrador como una avalancha. Goûter nos espera. Guardamos el agua y seguimos camino.

Foto tomada por David en la pared desde la que contemplamos la avalancha

jueves, 27 de junio de 2019

Empatía efímera

GERMÁN EGUILIOR.-

«Te entiendo, pero no mucho». «Lo siento, pero no tanto». «Me duele, pero poco tiempo». Y así, cada conjunción adversativa viste de insensibilidad a una especie que rehúye al dolor, sabiéndose incapaz de lidiar con él. En un mundo achacoso se suceden las tragedias y el ser humano se acoraza una y otra vez, temiendo quién sabe qué, y mostrando ante cada una de ellas su pobreza moral. Únicamente en ocasiones muy concretas un hecho puntual, por alguna razón, se adhiere a nuestras retinas y nos impregna de dolor, aunque sea momentáneo.

Ha sido el caso de la terrible imagen de Valeria y Óscar, cuyos cuerpos yacían inertes en el Río Bravo. Porque, mientras unos esquivamos el dolor, otros huyen de la miseria. La imagen irremediablemente nos recuerda a la de Aylan, el niño sirio que unos años atrás golpeó nuestra conciencia desde la costa de Turquía y que también, de manera fugaz, caló en lo más profundo de nuestras miserias. ¿Qué cambió entonces? ¿Y qué cambiará ahora? 

Observamos el hecho, respiramos profundo, nos duele fugazmente y seguimos camino. Estamos tan habituados a transitar entre la desgracia ajena que casi nos hemos inmunizado por completo. Casi nada duele. Casi nada cala. Casi nada llega. La evolución nos ha puesto en un punto en el que la empatía tiene más tintes de defecto que de virtud. Empatizar se ha tornado signo de debilidad para una especia a la que nada importa más allá del «yo».

Quizá el dolor por la tragedia de Valeria y Óscar debiera hacernos pensar antes de abandonarnos una vez más, pero me temo que, definitivamente, el ser humano ha perdido. No hay resquicios para la humanidad. No cambió nada entonces y nada cambiará ahora. 



Imagen: @rodriguezmonos

martes, 25 de junio de 2019

Je suis nadie

No hay banderas a media asta, minutos de silencio, ni un mísero 'je suis' en su memoria. Son cifras, y solo cuando hay algún superviviente que lo pueda constatar. 22 personas que soñaban con otra vida a partir de alcanzar nuestras costas fallecieron la semana pasada como consecuencia de las políticas migratorias del Gobierno "socialista". La deshumanización ha llegado a tal punto que somos capaces de oponernos a la cooperación internacional para socorrer migrantes y refugiados. España ha optado por desentenderse de los naufragios en aguas marroquíes. Son ya 173 personas las que han perdido la vida en 2019 tratando de alcanzar suelo español. Y lo más doloroso es que ni siquiera duele.

jueves, 20 de junio de 2019

Precariedad laboral

191 muertos por accidente laboral en el primer cuatrimestre del año. La espeluznante tasa de mortalidad indica que la precariedad laboral sigue cobrándose más de una vida diaria en España. De cualquier manera, los 191 muertos, que son sin duda los accidentes de mayor gravedad, no deben restar importancia al hecho de que los accidentes laborales durante el primer cuatrimestre del año hayan superado los 200.000 (9.000 más que en el primer cuatrimestre de 2018). El debate sigue siendo si subir el salario de los pobres es perjudicial para la economía nacional, pero, ¿cuántas veces habéis escuchado hablar de qué se puede hacer para evitar los accidentes laborales? Ninguna, porque la vida del pobre no es tan importante como que las grandes empresas quieran instalarse en nuestras fronteras.

domingo, 9 de junio de 2019

Nadie como él

GERMÁN EGUILIOR.-

Nadie se mueve como él. Nadia Comăneci cuando logró la primera puntuación perfecta de 10 en unos Juegos Olímpicos se desplazaba por las barras con menos precisión que la que usa Nadal para moverse sobre la tierra batida. En cada desplazamiento, en cada golpe, en cada giro, Rafa se alía con una arena que no le patina como a la demás. La arcilla se sabe suya y juega para el balear.

Nadie resiste como él. Incluso Máximo Décimo Meridio, tras batallar en el Coliseo, acabó cayendo bocarriba y recibiendo la muerte sobre la arena. Dominic Thiem devolvía larga la última bola y Nadal caía de igual manera que el Gladiador sobre el polvo de ladrillo de la Philippe Chatrier. Pero solo unos segundos después se levantaba para saludar a quien por tercer año consecutivo había sentenciado en Roland Garros. Mariano Puerta, Roger Federer tres años consecutivos, Robin Söderling, Roger Federer de nuevo, Novak Djokovic, David Ferrer, Novak Djokovic otra vez, Stanislas Wawrinka y Dominic Thiem dos veces más. Pleno con 12/12 en finales de Roland Garros, de las cuales seis han sido contra quienes, junto a él, ostentan el privilegio de empuñar las mejores raquetas de todos los tiempos. Pero absolutamente nadie ha podido doblegar a Rafa Nadal en una final de Roland Garros.

Nadie resucita como él. El carácter extraordinario de Jesús al haber vuelto de la muerte al tercer día quedó reducido a lo anecdótico tras las extraordinarias resurrecciones de Rafa en 2013 y 2017. En 2013, Roland Garros volvía a ver a Nadal levantando un Grand Slam seis meses después de haber sido enterrado por algunas de las plumas más prestigiosas del ‘planeta Tenis’, y acabaría la temporada en lo más alto del ranking tres años después de la última vez. En 2017, tres cursos después de haber levantado su último ‘major’, el que firmara el récord de 10 temporadas consecutivas haciéndose al menos con un Grand Slam volvía a reinar en Roland Garros para, posteriormente, volver a mandar en el ranking ATP que a final de año sentenciaría a Rafa como la mejor raqueta del planeta; superando el anterior récord establecido por el mismo y gobernando el circuito a final de año después de cuatro temporadas.

Nadie gobierna como él. Quien con 18 años debutara en Roland Garros ganando el torneo, después de 14 años y con 33 primaveras en su regazo, sigue imponiendo su dictadura en la que desde hace ya un puñado de ellas es el más transparente y legítimo régimen dictatorial que la humanidad jamás ha conocido. Rafa Nadal vuelve año tras año a poner en juego su trono e invita a 127 osados a un cuadro en el que cada mes de junio intentan cambiar una historia que, a día de hoy, tiene a Rafa Nadal con un balance de 93-2 sobre la arcilla de París.

Y es que, con 12 títulos de Roland Garros, tampoco nadie ha ganado nunca tanto como él. Ni siquiera en un torneo menor, lo cual viene a evidenciar una de las hazañas más grandes de todos los tiempos. Don Rafael Nadal Parera, amo y señor de la tierra.
Rafa Nadal, instantes después de lograr su 12º Roland Garros.

viernes, 7 de junio de 2019

Tregua al disfrute

Hace ya más de tres años, cuando el final parecía inmediato, me prometí limitarme a disfrutar del tenis de Nadal cada vez que saltara a pista. O lo que quedaba de él, que parecía no ser más que la resaca de lo que algún día había sido.

El enésimo milagro en forma de resurrección ha traído desde entonces cinco finales más de Grand Slam -con tres títulos- y ocho finales de Masters 1000 -con siete títulos-, además de un oro olímpico y haber vuelto a dominar el circuito desde lo más alto del ranking ATP. Y hablando de 'disfrutar', me resulta imposible obviar aquel último Wimbledon de 2018, donde mis ojos se deleitaron con dos de las más preciosas batallas que jamás han contemplado: victoria sobre Del Potro y derrota ante Novak Djokovic en el All England Club. Y es que ganar ya no importa tanto.

Hoy, Nadal, que no somete a Federer desde hace más de cinco años y con quien acumula cinco derrotas consecutivas, vuelve a medir fuerzas con el suizo por un lugar en la final del domingo. Hoy, la Philippe Chatrier vuelve a cruzar a los dos hombres que reescribieron la historia, ocho años después de que se enfrentaran por última vez sobre el polvo de ladrillo parisino. Hoy, por primera vez en los últimos tres años y medio, pido tregua para no solo "disfrutar de Rafa". Esto es París, es la tierra batida, es Territorio Nadal y hoy hay que ganar.

Imagen: ATP

jueves, 30 de mayo de 2019

Suicidar a otra persona

No sé por dónde empezar a escribir sobre este hecho que, por enésima vez, nos retrata como sociedad. El suicidio de Verónica es consecuencia de la vileza de esta especie, capaz de todo lo que ninguna otra. Humillar y destrozar la vida de alguien no es límite alguno para el ser humano, y lo demostramos día tras día por más vidas que se queden por el camino. Da igual que sea a bordo de una patera en el estrecho, durmiendo en las calles o provocando el suicidio de aquellas cuya dignidad es ultrajada a cambio de una sonrisa burlona o de una cruel perversión.

Puede que desde un punto de vista penal solo sean responsables aquellos que han difundido el vídeo de Verónica, pero desde un punto de vista moral lo es toda una sociedad que ha normalizado la difusión sin consentimiento de vídeos de esta índole; y que llenan las galerías de los teléfonos móviles, con mayor éxito si hay una cuenta de de alguna red social que distinga a la protagonista. ¿Quién para esto? ¿Dónde se educa?

Verónica no verá crecer a sus hijos y ya no vivirá ninguna experiencia más, tras solo 32 años. Sus hijos vivirán sus vidas enteras con un vago recuerdo de lo que fue su madre. Desgraciadamente Verónica no va a ser lo última.

Qué tristeza que no hayas encontrado otra alternativa para hallar la paz.
Lo siento, Verónica.



La noticia en el Diario Público.

viernes, 17 de mayo de 2019

La ingratitud de Mauro Zárate

A lo largo del día de hoy he leído de todo para referirse a él, pero no sé si se ha inventado ya el adjetivo que califica con precisión a un impresentable como Mauro Zárate. Un tipo que eligió quién sabe qué en lugar del cariño de una hinchada incondicional que le abrió los brazos cada vez que volvía a casa tras fracasar en sus periplos por el mundo. Y en Vélez, al César lo que es del César, su rendimiento siempre fue bueno; pero eso solo era un agregado a la hora de devolver el cariño a aquel que había jurado amor eterno a la institución que siempre le había dado todo.

Aquel recibimiento a Mauro en Ezeiza, antes de iniciar su tercera etapa en Vélez, me sigue emocionando a día de hoy y sigo estando tremendamente orgulloso de aquello. No por él, por nosotros, o más propiamente dicho, por vosotros. Cuando aparece el desagradecido entonando el «Todos los momentos que viví...» se me dibuja una sonrisa de decepción, fruto de la pena que me genera que, después de toda una vida, no haya sido capaz de entender qué significa esta institución.



Muchas veces traté de encontrar una explicación a su paso a Boca entendiendo que, si las razones eran económicas, podía haberlo hecho mucho antes. Y que, con 31 años bien entrados, tenía que haber una verdadera razón de peso para faltar a la fidelidad del más sincero de los amores. He sentido cierta suerte de vergüenza ajena al ver las imágenes de Zárate celebrando con euforia un tanto en una tanda de penaltis, o metiendo con calzador un "pasó el equipo grande" cuando nadie le preguntó; desafiando a los que estuvieron siempre y queriéndose ganar ahora a una hinchada que ha disfrutado de los jugadores más ganadores de América Latina. El hincha de Boca no necesita que le digan que su equipo es grande, al hincha de Vélez no le puede ofender lo que diga este ingrato y Mauro Zárate sigue igual de perdido que cuando ponía morritos frente al espejo o cuando hacía el saludo nazi junto a los 'tifosi' de la Lazio.

Foto: Goal.com