GERMÁN EGUILIOR | TAMPERE | 27.8.2019
Estaba terminando de leer Ensayo sobre la lucidez (José Saramago) y tenía claro que el siguiente libro que leería iba a ser Las venas abiertas de América Latina (Eduardo Galeano). Acabé con la novela del escritor portugués una tarde de sábado y me asomé a la estantería del salón sobre la que reposa la obra de Eduardo Galeano. Tras agarrar «Las venas abiertas de América Latina» observé Patas arriba: la escuela del mundo al revés, del mismo autor. Tengo recuerdos de ese libro descansando sobre la mesilla de mi padre, allá por 1999 (recuerdo bien que lo compró durante un viaje a Argentina, a finales de 1998). Lo hojeé (me fascina que «hojear» y «ojear», con distinto significado, puedan utilizarse casi indistintamente) y me lo llevé a mi habitación. No tenía intención de ponerme a leer en ese momento, pero lo abrí y comencé a leer. Desde la primera página el libro me atrapó. ¿Quién podría no sentirse atrapado tras leer una afirmación como la siguiente? «La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas». Evidentemente, Eduardo Galeano estaba dispuesto a golpear duro.
Estaba terminando de leer Ensayo sobre la lucidez (José Saramago) y tenía claro que el siguiente libro que leería iba a ser Las venas abiertas de América Latina (Eduardo Galeano). Acabé con la novela del escritor portugués una tarde de sábado y me asomé a la estantería del salón sobre la que reposa la obra de Eduardo Galeano. Tras agarrar «Las venas abiertas de América Latina» observé Patas arriba: la escuela del mundo al revés, del mismo autor. Tengo recuerdos de ese libro descansando sobre la mesilla de mi padre, allá por 1999 (recuerdo bien que lo compró durante un viaje a Argentina, a finales de 1998). Lo hojeé (me fascina que «hojear» y «ojear», con distinto significado, puedan utilizarse casi indistintamente) y me lo llevé a mi habitación. No tenía intención de ponerme a leer en ese momento, pero lo abrí y comencé a leer. Desde la primera página el libro me atrapó. ¿Quién podría no sentirse atrapado tras leer una afirmación como la siguiente? «La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas». Evidentemente, Eduardo Galeano estaba dispuesto a golpear duro.
Aunque debía prepararme para ir a entrenar primero y marcharme a un cumpleaños después, seguí leyendo. Tenía claro que sostenía entre mis manos una obra extraordinaria. Una sensación que, siempre pongo el mismo ejemplo, sentí cuando leí el prólogo de La ladrona de libros. Apenas leí un par de capítulos antes de irme a cumplir con mis obligaciones deportivas y sociales, pero estaba deseando volver a «encontrarme» con el autor uruguayo para leer aquello que había publicado hacía 20 años y que gozaba de total actualidad.
Un par de días después el libro sería mi compañero de vuelo en un trayecto Alicante-Helsinki, en el cual ni me molesté en conectarme al generoso Wi-Fi que ofrece Norwegian, pues hay tradiciones que se deben conservar y la lectura cuando un aeroplano nos eleva a la altura del mismísimo K2 es una de ellas. Decía Toni Mejías (Los Chikos del Maíz) que cuando viajaba a algún lugar en vez de ‘souvenirs’ compraba música, que no tenía por qué ser autóctona, y que cuando posteriormente la escuchaba le transportaba a aquel lugar. Algo similar me ocurre con la literatura, pero no por haberla comprado en algún sitio sino por haberla leído. Así, Nanga (Simone Moro) me llevará siempre de vuelta a los Alpes franceses, en la resaca de la ascensión al Mont Blanc, y Patas arriba: la escuela del mundo al revés me portará a Finlandia una y otra vez, país en el que leí prácticamente la totalidad del libro.
La obra de Eduardo Galeano no pierde ritmo en ningún momento, y con un estilo de escritura del que me declaro absolutamente admirador y un dominio de la ironía mediante el cual asesta golpes a diestro y siniestro, al «Norte» y al «Sur», el escritor uruguayo pone en evidencia la realidad social del mundo en que vivimos. En realidad, hacía reflexionar a nuestros mayores allá por 1998, cuando para un niño como yo nada era más importante que la Séptima Copa de Europa del Real Madrid.
21 años después, cuando el mundo se despedaza y las Copas de Europa son importantes, pero no hacen girar el planeta, el libro de Galeano no solo no ha perdido un ápice de vigencia sino que la sensación es que las desigualdades que denunciaba han ido a peor. Y si en 1998 nos atontábamos viendo la televisión, al menos con aquellos con quienes compartíamos salón podíamos intercambiar alguna opinión. La televisión ha perdido ahora protagonismo para que sean los ‘smartphones’ los dispositivos que absorben nuestro cerebro. Por lo demás, todo sigue al filo de la línea que separa el «igual» y el «peor». Al hilo de la vigencia, escribió Galeano, no sin su cuota de sarcasmo, que «Michele Sindona, preso en una cárcel de máxima seguridad, pidió un café con azúcar: le entendieron mal, y le sirvieron un café con cianuro». 21 años después, y hace apenas 21 días, ha sido noticia Clauvino da Silva, el narcotraficante que había intentado fugarse de una cárcel de Río de Janeiro haciéndose pasar por su hija, que apareció ahorcado en el interior de su celda. O respecto a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que en Latinoamérica nunca gozaron de la confianza del pueblo por su condición de corruptas, y en España cada vez gozan de menos confianza por parte de la ciudadanía. Empieza ahora a ser aplicable en España también una de las reflexiones que el escritor de Montevideo hace constar en su libro: «hasta los ateos nos encomendamos a Dios antes que encomendarnos a la policía».
Me pregunto qué diría hoy Eduardo Galeano sobre el «postureo», palabra que la RAE incluyó en el diccionario en 2017, dos años después del fallecimiento del escritor uruguayo. Si bien Eduardo Galeano no llegó a conocerlo como tal, además de que es un concepto actualmente empleado solo en España, este extracto del libro retrata a mi parecer el 'postureo' de la época. Entonces, la voluntad de aparentar se desarrollaba en la calles y no en las redes sociales: «En el otoño del 98, en pleno centro de Buenos Aires, un transeúnte distraído fue aplastado por un autobús. La víctima venía cruzando la calle, mientras hablaba por un teléfono celular. ¿Mientas hablaba? Mientras hacía como que hablaba: el teléfono era de juguete». 21 años después nadie simula una conversación telefónica, pero se graban acontecimientos para compartir en redes sociales y transmitir experiencias que distan sobremanera de lo que el emisor verdaderamente está viviendo. Y sí, también hay fallecimientos consecuencia única y exclusivamente por tratar de aparentar, y de hecho se han multiplicado. ¿Con cuánta frecuencia leemos sobre gente que fallece tratando de retratarse en lugares inhóspitos?
Una canción de Nega («Mi novia es de derechas») citaba al escritor uruguayo antes de relatar aquella historia de amor que comenzaba en un after a las ocho de la mañana: «Como dijo Galeano, el mundo está patas arriba, el mundo es un desastre». Y es que si la esperanza es lo último que se pierde me pregunto si habremos perdido ya todo, porque esperanza siento que queda cada vez menos. Aunque quizá el propio Galeano encontrara la respuesta: «si el mundo está, como ahora está, patas arriba, ¿no habría que darlo vuelta, para que pueda pararse sobre sus pies?».
PD: Al artículo lo he llamado "El mundo patas arriba" por una sencilla razón -y un simple error-. Hasta que no empecé a leer el libro estaba convencido de que ese era el título del mismo (creo que la canción de Nega fue lo que me llevó al equívoco).












